la carta del día

15-M. Siete años después: cenizas o brasas

Por José R. Loayssa Lara - Domingo, 13 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

El 15 de mayo de 2011 se produjo un acontecimiento que tendría un impacto político inmenso, desencadenando una crisis política en nuestro país que todavía sigue abierta. Las decenas de miles de personas que salieron a la calle y acamparon en las plazas eran la respuesta espontánea al empobrecimiento generalizado y a la descomposición de las clases medias que habían sido el factor de estabilidad del régimen del 78. El descontento amplio en las capas populares y medias de la sociedad del Estado español encontró su expresión en el 15-M y sus eslóganes: No nos representan, No somos mercancía en manos de banqueros y políticos, No es una crisis es una estafa... De esa forma dirigían la responsabilidad de la gestión de la crisis y del deterioro de la democracia a las élites económicas y políticas encabezadas por los partidos del Régimen, fundamentalmente el PP y el PSOE. Eso cortocircuitó la posibilidad de que el descontento y el enfado se dirigieran hacia los inmigrantes en claves racistas, como ha sucedido en otros países de nuestro entorno.

El movimiento de los indignados tuvo repercusión en términos de clima social, significó un encuentro colectivo, la gente descubrió que no estaba sola, que había mucha gente que experimentaba la misma frustración y rabia, y de ese encuentro surgió un momento de optimismo, de sí se puede. Sus reivindicaciones, aunque suene a tópico, desafiaban al orden establecido. No eran propuestas concretas que pudieran ser convertidas en proposiciones de ley, sino que cuestionaban el propio modelo de representación política y exigían su reformulación en claves democráticas, participativas y transparentes. Era un grito que reclamaba la vuelta de la ciudadanía a la política frente a los que limitaban y limitan su participación a votar cada cuatro años, proponiendo abrir espacios nuevos de participación directa y deliberación democrática. En suma, representaba una apuesta destituyente que solo podía ir seguido del correspondiente proceso constituyente, aunque no se formulara esta consigna como tal.

En el 15-M fueron mayoritarios los jóvenes, muchos de ellos estudiantes y recién licenciados, la mayoría con su substrato social de clases medias. Pero sus padres no permanecieron ajenos a la protesta, también muchos, desencantados de la transición y los participantes en los movimientos antiglobalización se incorporaron con presteza. Fue una reacción imaginativa y airada pero no carente de limites. A diferencia del mayo del 68 francés, la convergencia con el movimiento obrero no se planteó, a pesar de que éste estaba sufriendo en sus carnes las consecuencias de la crisis de forma durísima, y que mayoritariamente miró con simpatía el movimiento de las plazas. No es éste el espacio para analizar las razones de esta distancia y desentendimiento mutuo.

Si bien sus señas de identidad suponían una crítica radical del poder político y económico, aunque tampoco pudo convertir esta crítica en un intento de constitución de órganos de democracia directa que pudiera actuar de contrapoder frente a la putrefacta y falseada democracia constitucionalista. El 15-M no planteó tampoco una apuesta por un modelo social diferente, no fue socialista, pero sí que reivindicó una democracia radical y auténtica cuando el capitalismo hoy día es incompatible con cualquier democracia genuina y exige que la soberanía de los pueblos sea sometida a las reglas de un derecho privado centrado en proteger los intereses de la gran propiedad. Pero también la izquierda tradicional, incluso aquella más radical, fue cuestionada por el 15-M. Su simbología, sus discursos, su cultura, su estilo no conectaban con grandes sectores de los explotados y excluidos del siglo XXI, sus propuestas no servían para expresar la reacción de los desposeídos, de las víctimas del capitalismo global frente a la alienación, la opresión y la explotación. Una razón es que aparecían como parte consustancial del paisaje político, como un agente más en un tablero de juego con las cartas marcadas, jugando pero sin cuestionar el propio juego y sus reglas. El 15-M ha sido desde prácticamente su inicio un movimiento de todo tipo de intentos de borrar y deformar su significado para convertirlo en una algarabía de jóvenes airados pero sin mucha cabeza, o peor aún, una bandera para captar votos. Porque debemos recordar que sus mensajes no pueden ser más actuales. Sin esperar una imposible repetición, sí que persiste la necesidad de movimientos abiertos, masivos, sin grandes definiciones ideológicas previas, capaces de conectar con la gente común y sus problemas cotidianos en claves de participación directa, con un programa por el reparto de la riqueza y la democracia real. Un movimiento sin liderazgos avasallantes, sin maniobrerismo político interno y externo, sin abandonos del sí se puede para apostar con alianzas con partidos del del Régimen, sin conformarse con unas propuestas de embellecimiento del programa de la oligarquía. Pensamos que del 15-M no solo quedan cenizas sino también brasas, el tiempo lo dirá.

El autor es miembro de Podemos y militante de Anticapitalistas