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Aires berlineses en el Parlament

Catalunya se dispone a abrir una nueva etapa con un marcado vector berlinés, previo visto bueno de la CUP. Tras más de medio año sin autogobierno toca analizar el escenario que deja el 155. Si consigue arrancar la legislatura, el conflicto catalán vivirá un punto y seguido, con un Govern de inspiración bicéfala que abrirá un buen número de interrogantes. Si por el contrario se va a elecciones, será una suerte de ruleta para todos los partidos

Jesús Barcos - Domingo, 13 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 11:50h

Manifestación en Barcelona en favor de la República catalana el pasado mes de marzo.

Manifestación en Barcelona en favor de la República catalana el pasado mes de marzo. (EFE)

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Manifestación en Barcelona en favor de la República catalana el pasado mes de marzo.

Barcelona dista 1.875 kilómetros de Berlín, pero ayer parecieron espacios más próximos. Independientemente de las ideas expresadas, o de la cal o arena que cada cual encuentre en su exposición, Quim Torra mostró ayer un discurso bien estructurado y leído, que complica a la CUP bloquear su investidura, a pesar del maximalismo cupaire. En el discurso de Torra había mucho de Puigdemont entrelíneas, además de alusiones claras y explícitas. El candidato, hasta hace unos días un desconocido fuera de Catalunya englobó lo mejor y lo peor del Procés. Por un lado, apostó por la resiliencia y la resistencia ante la excepcionalidad y los desmanes del Estado. Por otro, mostró la tendencia a negar los aspectos más inconvenientes de la realidad o a esconderlos con retórica.

En definitiva: la correlación de fuerzas, la pluralidad existente o la falta de apoyo suficiente para la independencia en forma de república. En caso de ser investido, Torra sin embargo tendrá que acompasar su pretendida acción de Gobierno a ERC y a todos los sectores del PDCat. Comparar ayer el discurso del candidato con la llamada de Joan Tardà a "superar la fase de confrontación con el Estado" tenía su miga, por la discordancia existente. El tiempo dará y quitará razones, pero el carácter de provisionalidad del nuevo Govern que se perfila puede ayudar a alejarlo de los partidos y a mantener la fidelidad a Puigdemont. En cualquier caso, el nuevo president deberá revisar aún más su lenguaje. No ya solo por las necesarias disculpas por unos tuits pasados que ya había borrado en su momento, sino por ejemplo por su insistencia improcedente en llamar crisis humanitaria a la situación de los políticos encarcelados, por muy denunciable que sea o aceptándose incluso su condición de presos políticos. A un editor se presupone mayor rigor en el uso de las palabras.

Independentismo recosido

Fracturado en estos meses hasta llegar al estrépito, la división independentista también ha alargado la interinidad, y con ella el 155. Pero como suele ocurrir en Catalunya, los puntos de giro llegan en el último momento, in extremis, y en este caso también parece que se ha pergeñado un acuerdo sobre la bocina. El independentismo se debate de nuevo entre qué es y no es realista. Y si bien no se dan en absoluto las condiciones para pensar en una independencia, tampoco se ve factible que de aquí a un tiempo el Estado se lance a la senda de un referéndum pactado. Así que no hay república, no puede haberla, como tampoco un regreso suave y dócil a la autonomía en este contexto actual. De ahí de nuevo la oportunidad y la necesidad del diálogo.

De deshielo, aunque sea por agotamiento. Por la envergadura histórica del asunto. Por tantear y explorar. Por hacer lo que se espera de la política. Si alguien soñó con una claudicación del independentismo, estaba equivocado, por lo que se puede abrir un escenario donde Albert Rivera se escorará aún más a la derecha, lindando ya en ciertos puntos con Vox. Será una oportunidad para el PP y PSOE para marcar un perfil más centrado y alternativo.

Republicanismo sin república

No hay república en Catalunya, por muchas apelaciones que se hagan, pero sí hay un marcado republicanismo, dividido entre los que anhelan una república catalana y quienes desearían una española. Mientras la república se presenta polisémica, la monarquía española es la institución peor valorada por los catalanes, según acaba de publicar el CEO, con una valoración de 1,74 sobre 10, por detrás de la Policía Nacional y la Guardia Civil (3,87) o el Ejército (3,08). Felipe VI tiene un problema agudo. La sombra de su discurso del 3 de octubre le acompañará en Catalunya mientras dure su reinado.

Sube el independentismo

La última encuesta del CEO es un varapalo para los partidarios del 155 y un suspenso a la gestión que han hecho de los resultados del 21-D. El independentismo, a pesar de sus problemas, improvisaciones y contradicciones, ha subido más de 7 puntos desde febrero. Un 48% de los catalanes quiere un Estado independiente frente a un 43,7% que apuesta por la permanencia en España. En febrero, transcurridos los primeros meses del 155, el porcentaje de independentistas había bajado al 40,8%. Ahora vuelve a los niveles de octubre de 2017. Mientras, según el CIS ningún ministro de Rajoy aprueba y solo Sáenz de Santamaría supera el 3. En concreto alcanza un 3,34 de valoración.

Carles Puigdemont

Sin duda es el principal nombre propio de todos estos meses. Un president convertido en enemigo público número 1 por parte de un Estado congestionado por su orgullo. Puigdemont parecía un hombre derrotado por los suyos en febrero. El día de su ingreso en la prisión de Neumünster algunos le dieron por muerto políticamente. Ayer, en el discurso de Quim Torra la marca Puigdemont asomó triunfante, con mando interno en plaza. El Estado español no parará hasta quitarlo de en medio, por utilizar la terminología de Rubalcaba. Pero el coste de imagen en esa persecución comienza a acumular una factura nada desdeñable al propio Estado. Hay sed de venganza y un brote autoritario, que nos ha devuelto a inercias añejas, tan descorazonadoras como peligrosas. Pero pase lo que pase con Puigdemont, sean cuales sean las andanzas del juez Llarena, Quim Torra se presenta y se perfila como un nuevo alfil.

Constitucionalismo: entre la reafirmación y las grietas

El Estado ha demostrado estos meses su poder duro, y el nacionalismo español se ha reafirmado dentro y fuera de Catalunya. Pero la fractura social se ha acrecentado. Visualizada por ejemplo entre quienes ponen lazos amarillos y quienes aplauden y quieren premiar los porrazos del 1 de octubre. La falla interna es enorme, y el trabajo por la convivencia necesario. Para ello, el papel de los medios de comunicación se antoja clave. En estos meses se ha acrecentado la percepción del poder que aún conservan los periódicos de papel. Con una diferencia sustancial, mientras los radicados en Madrid no han hecho autocrítica, se han situado a la derecha de Rajoy o ha abrazado el sensacionalismo más abrupto, en la mayoría de los medios catalanes, más plurales, sí que ha habido además una modulación de posiciones con el transcurso del tiempo.

Posible distensión

Ahora está por verse el alcance de la mano del PNV en su entente con Rajoy, o si la competición entre PP y Cs entierra las posibilidades de desescalar el conflicto. La incontinencia de Rivera comienza a incomodar. Pero Rajoy es rehén de su propio desgaste y no ha conseguido fortalecerse con el 155, aunque el paso del tiempo le ha servido tradicionalmente de escapatoria. En el PNV tiene un apoyo crítico. A ver cómo lo gestiona

El 155 como "precedente"

Rajoy ha dicho que el 155 "quedará para el futuro si es necesario". Y aunque confía en que no vuelva a utilizarse hay quien ya lo contempla como un comodín o una especie de goma de mascar que se estira al antojo. Hay sed de más intervención en una parte del nacionalismo español, y ganas descaradas de marcar músculo y elevar la moral de la tropa en otros territorios, como por ejemplo Navarra.