El rincón del paseante

De cosos, partos y comercios

Por Patricio Martínez de Udobro - Domingo, 13 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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Hola personas, el paseo de hoy no ha sido muy largo pero ha sido intenso en información, en recuerdos y en historia, incluida la nanohistoria de mi vida.

He empezado, como siempre en mi querido II Ensanche, mi “barrio” de toda la vida. He tomado la calle de Aralar desde su final, calle un poco Cenicienta y un poco triste, tranquila para vivir como la que más, pero dueña de escasa vida propia como la que menos.

Acaba en un colegio mayor para varones de cierta organización religiosa, un poco más adelante están las peculiares casas de Ruiz de Alda, las llamadas Protegidas, con su patio interior abierto a la calle que tenía vida casi de ciudad aparte cuando sus vecinos pasaban las horas bajo sus porches, luego hay unos pequeños chalets de los años 30-40 que me gustan, luego otros menores, adosados y enfrente de éstos hay unos bloques que no entraré a calificar por no ofender a nadie, pero no es fácil que ganen el Pritzker. Pasada Baja Navarra la calle se adentra en terrenos de docencia, con los Salesianos, el CP Vázquez de Mella y los Escolapios, una vez rebasados semejantes pozos de sabiduría he llegado a mi meta : la Plaza de toros Monumental de Pamplona.

La he tomado por la parte de atrás, por las tapias de los corrales y he llegado a la puerta del patio de caballos, delicioso patio lleno de recuerdos, ahí ensayábamos mis hermanas y yo algunos bailes vascos con el Mutiko porque mi madre se empeñó en que fuésemos dantzaris, pero no cuajó, el arte nos no llamó por esa vía, no sé ni bailar la jota. En ese patio hemos pasado muy buenos ratos en los aperitivos sanfermineros con mi llorado amigo y presidente, aquel inolvidable pamplonés de Milán llamado Carlo Crosta. Le invitaban al cuartico de la Meca y todos le conocían, se fotografiaba con todo pichipata en el apartao, le encantaba verse al día siguiente en los periódicos con ganaderos y apoderados, saludaba, besaba, abrazaba, bromeaba, se reía, era grande Carlo.

Muchas tardes, los momentos previos a la corrida yo los pasaba deambulando y fotografiando entre caballos, mozos de espadas, señoritos, chicas guapas y picadores de luces y pata de hierro.

He seguido mi camino por el paseo de Hemingway dejando la plaza a mi izquierda y, mirándola con calma, he visto que pide a gritos un lavado de cara, parece una fábrica bilbaína de los años 60, La Meca, propietaria, debería de hacer algo. Una vez salvado el callejón de los sustos he llegado a la puerta principal de nuestro Gran Coso. Neoclásica ella.

La historia de las plazas de toros en Pamplona es, cuando menos, curiosa, es extraño que habiendo, como había, semejante afición, no fuese hasta el año de 1844 cuando se construye la primera plaza fija, de obra. Hasta entonces se celebraban corridas y espectáculos taurinos en la Plaza del Castillo, con un curioso sistema de propietarios de los balcones-palcos que tenían derechos mayores para ver los toros que los propietarios de las viviendas. Y en ocasiones se utilizaron plazas portátiles. La primera plaza duró solo 5 años y en 1849 fue demolida por insegura, inaugurándose la siguiente en el mismo solar el año de 1852. Ésta duró hasta 1921 cuando un incendio con un “fuerte olor a gasolina” la hizo desaparecer, si bien ya estaba abocada al derribo para que naciese la avenida de Carlos III. Durante el cerco carlista de 1874-75 los tablones del callejón y burladeros de esta plaza y todas sus puertas y portones sirvieron para dar calor a las chimeneas de los pamploneses.

En 1922 se inaugura la nueva y sólida plaza que el arquitecto Francisco Urcola diseñó para Pamplona. Su cartel inaugural se vistió de luces el 7 de julio de dicho año y lo formaron: Julián Díaz “Saleri II”, Juan Luis de la Rosa, y Marcial Lalanda, que despacharon un encierro del hierro de D. Vicente Martínez.

En 1967, con planos de D. Fernando Redón, se recreció por la parte de arriba y se amplió considerablemente su entrada llegando a 19.721 localidades lo que la convierte en la 4ª mayor del mundo después de La Mexico, Valencia (Venezuela) y Las Ventas del Espíritu Santo en Madrid.

Qué buenos ratos hemos pasado ahí dentro, de niños viendo las charlotadas o la lucha libre en sanfermines, que era siempre un tongo de libro;ya de menos niños pillando unas mangas divertidísimas en la solanera con las peñas;y ya en la “madurez” disfrutando, en entradas más formales y tranquilas, de toros, merienda y amigos.

Al girar sobre mis talones me he colocado de frente a la Avenida de Roncesvalles, calle especialmente querida por mí por varias e importantes razones. Digamos que era mi segundo barrio ya que en ella vivían mis abuelos, estudiaban mis hermanas, en su colegio fui monaguillo, sus tiendas formaban parte de mi vida, la botería-zapatería de un señor con peluquín;el sastre Peñas, una sastrería a la antigua usanza, con sus cortes de alpaca y de franela en el escaparate, donde te hacían un frac con chistera y todo;una tiendecita de souvenirs con toda clase de cachivaches;la cristalería La Veneciana y la pequeña carnicería de Senosiain con sus dos “setter irlandés” siempre en la puerta. Enfrente había una imprenta, un pequeño estanco, la mercería Avelina y en la esquina Zucitola donde mi abuela nos compraba unas palmeras dobles con mantequilla en medio que estaban cojonudas.

Una vez cruzado Carlos III había una manzana de grandes chalets, en la esquina estaba el del Sr. Muniain y a continuación un poco retranqueado con un jardincillo delantero estaba la Clínica Nuestra Señora del Pilar, más conocida como la clínica del Dr. Alcalde, donde este “pobrecito hablador” vio la luz hace ya algunas décadas. A esto se debe que esta Avenida me caiga tan bien y le tenga especial cariño, ¿cómo no se lo voy a tener si salió a recibirme? Para mí es única en el mundo. En la actualidad esa manzana está ocupada por bancos, no me preguntéis cuales que ya no me aclaro, uno en cada esquina. Enfrente se levanta el monumento al encierro que…, no sé yo si me acaba de camelar. Pero, bueno, es seña de identidad de la ciudad y al turismo le encanta.

La avenida forma parte también de la historia más triste de Pamplona ya que en ella la terrible noche del 8 de julio del 78, la policía mató de un certero disparo en la frente a Germán Rodríguez Saiz en unos acontecimientos que jamás deberían de haber sucedido y por los que nadie respondió jamás. Con sus idas y venidas pero siempre hay una estela de piedra en su memoria.

Recuerdo la esquina con Paulino Caballero donde había una lechería de Kaiku que me encantaba, con su vaca lechera en azul cobalto y con un diseño geométrico avanzadísimo para la época. Vendían yogures, una cosa rarísima entonces.

Siguiendo hacia el final hay un lugar que para mí siempre ha sido de culto: la tienda de antigüedades Mikeleiz, siempre me ha gustado, siempre he pegado la nariz a su escaparate y lo sigo haciendo, y, si tengo tiempo, entro como Pedro por su casa, porque son amigos y me lo permiten y salen Javier Cía y su madre, Teresa Alcorta, encantadores, y siempre hay una animada charla y una pieza nueva que admirar y un soplo sottovoce de uno que vende no sé qué y un libro de una rara edición que ha recibido. Cuando la tienda era gobernada por ella era clásica y de una calidad alta, mueble asequible pero de calidad, con época, sin petachos ni rehechos y con una seriedad y una palabra que iban a misa, ahora, que la gobierna Javier y que es un hippie de la segunda edad, tiene una maravillosa mezcla de lo clásico que siempre han tenido y nuevas piezas del mundo de la antigüedad moderna (oxímoron). Pero lo que a él le gusta y tiene un buen fondo a la venta es el libro antiguo. Le pierde la honradez. En Pamplona los que tenemos afición a eso tan raro que son los libros viejos, no podemos meter la nariz más que en Mikeleiz y en la tienda del gran Kike Abárzuza en la calle del Carmen. Poco es.

Remata la Vía con dos preciosas esquinas, las dos obra del mismo arquitecto, D. Víctor Eusa: a la derecha el edificio de la Vasco Navarra y a la Izquierda el chalet que mandó levantar D. Sebastián Goicoetxea, llamado en ciertos círculos pamploneses Le Petit Palais.

Dejándolos a mis espaldas he tomado Bergamín y a casa.

El próximo domingo nos volvemos a ver.

Besos pa’tos.