Música

La tensión permanece;el lenguaje se suaviza

Por Teobaldos - Martes, 15 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

concierto orquesta sinfónica de navarra

Intérpretes: Tiziana Tagliani, arpa. Xavier Relats, flauta. Charles Olivieri-Munroe, director. Programa:Gárgolas para orquesta de arcos de A. González Acilu. Concierto para arpa, flauta y orquesta de Mozart. Quinta sinfonía de Dvorak. Programación: ciclo de la orquesta. Fecha: 10/05/2018. Lugar: sala principal del Baluarte. Público: tres cuartos.

no es por hacerme el interesante y llevar la contraria a mis compañeros de butaca;tampoco por chauvinista, pero es que para mí, lo más interesante del penúltimo concierto de nuestra orquesta, fue el estreno de Acilu. Enseguida me metí en la frondosa sonoridad -de un viento cortante, sí, a veces- que el maestro alsasuarra consigue de la orquesta. Y, sin pensarlo, me vinieron a la mente las serenatas para cuerda de Dvorak o Tchaikovski. Acilu se sitúa en ese mismo terreno de esplendoroso tratamiento de la cuerda, eso sí, con golpes rasgados de arco inmisericordes. Y sentí la misma fuerza sonora de esa tradición clásica y siempre subyugante, pero transformada y traída a una contemporaneidad actualísima, que, realmente, afronta sonidos de nuestro tiempo, estados de ánimo cambiantes: a ratos, punzantes;otros más llevaderos;siempre vertiendo caudal, más o menos fuerte, pero sin abandonar la densidad del fraseo, con una continuidad de música que nunca decae. La tensión de lo que fluye, incesantemente mantenida por los profesores de la orquesta que, salvo alguna pequeña imprecisión -o me lo pareció a mí, en una primera audición-, hizo la versión poderosa requerida.

Para mí, el concierto para flauta, arpa y orquesta de Mozart es, fundamentalmente, barroco. Aquí si que hay que ver al genio saldsburgués viniendo del barroco -(ya está el Don Govanni para llevarlo, si se quiere, al romanticismo)-. Por eso, y, quizás, también, porque hemos escuchado mucho a Mozart con instrumentos historicistas, la versión de este conocido, único y precioso concierto me pareció, sobre todo por el planteamiento de la orquestal, de una sonoridad un poco gorda. No se trataba sólo del volumen -que hay que cuidar al máximo, sobre todo por el arpa en la zona aguda-, sino, sobre todo, de esa sensación de falta de volatilidad de una partitura que se nos antoja especialmente etérea, que lanza sus maravillosos temas con la claridad y tactus de un clavecín. Nada que reprochar a los solistas: no vamos a descubrir ahora la calidad del titular Relats, demostrada cada día en la orquesta. Y la arpista Tagliani, demostró dominio, y delicadeza en los planos sonoros, aunque quizás se perdía algo de volumen en la zona aguda. Pero, por lo dicho, lo mejor fueron las cadencias, donde la compenetración a dúo, el adorno nada exagerado y bien hecho, y la claridad tímbrica de ambos instrumentos, sobresalieron. Una preciosa aria del Orfeo de Gluck, de propina, agradeció los aplausos entusiastas del público. Nos gusta que los profesores de la orquesta suban al proscenio.

Donde más se lució el titular de la velada, Olivieri-Monroe, fue, a mi juicio, en la sinfonía. La quinta de Dvorak. Una obra no espectacular, a excepción del último movimiento, y que el joven director diseccionó con claridad en sus tranquilas tres primeras partes, y resaltó, con especial ímpetu pero sin aturdir, en la última, con una soberbia intervención de la orquesta.