Flamenco

El cuerpo como escenario

Por Teobaldos - Jueves, 17 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

daniel Doña coloca al público en el escenario;lo quiere cerca, respirando con él. Rompe la cuarta pared para que todos sientan que el verdadero escenario es el cuerpo, sobre el que recae una danza honrada, sin engaños, novedosa y abierta, pero perfectamente cimentada en una gran preparación técnica y de conocimientos clásicos y flamencos. Baile nuevo con zapatos viejos (Tábora). Doña y Cristian Martín, dos excelentes bailarines, nos ofrecen un espectáculo fascinante: bailes de ida y vuelta, de la vanguardia a la tradición, y viceversa.

Una corta proyección, a modo de preámbulo, nos ofrece la arriesgada investigación de Doña sobre el movimiento con aparato -al estilo Mómix-. A continuación, se presenta solo, con su figura no especialmente estilizada de bailarín, y que, sin embargo, transmite una fuerza, naturalidad y bonhomía que imanta. Rompe las costuras de los movimientos convencionales para investigar otros nuevos;sobre todo con los brazos. Suena música alejada del flamenco, pero siempre hay poses que lo recuerdan;y, sin ningún estrépito por el cambio, se pasa al puro fandango, cantado por su abuelo, el Orijillo, en una antigua grabación, y que baila en su recuerdo. En la siguiente sección se incorpora Cristian Martín, más estilizado y juncal. Hacen una pareja que se complementa a la perfección. Grandísimo baile. Un potente paso a dosde alta tensión, sin resuello, marcando una impecable simetría pero diferenciando, cada uno, su estética corporal. Da gusto verles. Hay poses y braceos muy flamencos. Suenan, el martinete, la saeta, seguiriyas (quizás también tonás). Pero la libertad de los movimientos de estos bailarines les lleva a bailar sobre la música minimalista, incluso sobre el silencio, con austeridad;entonces se gana en profundidad porque no hay adorno ni aspaviento donde agarrarse;y surge la esencia de la tradición. Es más, la apreciamos mejor. Así, los brazos trazan ángulos y cartabones novedosos;rectilíneos y esquinados, que, sin embargo, se descomponen en suaves ondulaciones del baile de muñeca;de los ángulos firmes, al vuelo. No hay límites. Hay intuición, prestancia, exploración, riesgo, cuñas de danza contemporánea, soltura para interpelar al baile femenino desde la masculinidad, belleza, siempre belleza. Tras algunas certeras explicaciones sobre su arte, Doña ofrece un espectáculo callejero, estrenado ya hace unos años, y que sigue vigente. Delimita el espacio -muy importante para él- con unas naranjas;en ese escenario incorpora al baile con su partenaire, las castañuelas, los crótalos y el bastón. Es una lección y una delicia. Con las castañuelas siguen investigando, Martín se las coloca al revés para obtener un sonido un poco más opaco, Dueñas las contrasta con los crótalos. El solo de éste con el bastón es impresionante. E incorporan el taconeo, ya adornado, que, también, dominan. Sevillanas (quizás también garrotín). Para finalizar con ambos en un baile de indudable potencia, con un cuerpo a cuerpo que disuelve la violencia en encuentro amatorio. Siempre estas poses, partiendo de lo masculino, infunden ternura. Se apaga la luz enfocando a ambos en un paso coreográfico muy hermoso: de pié, tranquilos, apoyan las cabezas uno en el hombro del otro.

En estos encuentros universitarios hay pedagogía y reivindicación. Dueñas reivindicó la danza, cada vez más arrinconada a públicos minoritarios, como arte primigenio del hombre. Y agradeció a las instituciones -la Universidad entre ellas- que la siguen programando.

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