El escritor e historiador estellés Juan Retana

‘22 de septiembre, San Fermín’

El escritor e historiador estellés Juan Retana vuelve su mirada hacia los Sanfermines del 78, poniendo en negro sobre blanco, a través de Pamiela. DIARIO DE NOTICIAS adelanta hoy en exclusiva parte de lo relatado en el libro.

Domingo, 20 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

El escritor Juan Retana.

El escritor Juan Retana.

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El escritor Juan Retana.

Era temprano para ser seis de julio, como si hubiera días que tuvieran que amanecer bien entrada la mañana. Seis de julio y me estaba enfundando unos pantalones negros de tacto áspero. En el salón reposaban siete pares de mudas blancas, pero yo blanca solo escogí la camisa. Por primera vez en diecisiete años el pantalón lo elegí negro. Me consolé pensando que ese era el precio de la emancipación y me vestí. Pantalón negro el seis de julio. Hay que joderse. También zapatos y calcetines negros. El pañuelo rojo, doblado en pliegues de bandera, me lo introduje en el bolsillo de la camisa. Del cinto me despedí con un guiño. Este año tú y yo estamos castigados, le dije. El precio de la emancipación.

Mi madre me observaba desde la puerta del pasillo con aire de conmiseración, mis hermanos todavía dormían y mi padre había bajado a por el periódico como si no aceptase verme de esa guisa. «Quiero independizarme», le había dicho tres semanas atrás, y él me había respondido lacónicamente con una frase inesperada. «Con lo puesto», me dijo. Seguro que lo hizo a bote pronto, sin pensarlo, como se devuelven las pelotas blandas en el frontón antes de que toquen el suelo. Pero lo hizo. No se opuso. Tampoco me dio permiso. Solo me espetó que si me iba de casa, lo hiciera con lo puesto y yo para ese órdago tenía mis cartas.

Desayuné un tazón de sopas de leche como si quisiese deshacerme de mi infancia, me miré al espejo con cara de extraño y me despedí de mi madre con un beso cándido de los que deben darse cuando uno marcha a la guerra.

La mañana era diáfana, algo más fresca de lo normal, pero era la mañana del seis de julio. Cuatro horas más tarde sonaría el cohete y yo no estaría descorchando el champán en la plaza del Ayuntamiento sino sirviendo chiquitos detrás de la barra del Roma, una cafetería del ensanche demasiado cercana al Gobierno Civil donde, mira por donde, acabaría girándose mi vida.



No es descabellado pensar que se acercara a la cárcel de manera consciente aunque su cita estuviera en el parque de la Taconera para acabar de organizar la barraca. Sabemos que llevaba el pelo largo y una barba con bigote de esas que parecen predestinadas al sacerdocio o a la guerrilla, lánguida y rala, aunque retorcida como si el pelo fuese de esparto. Había participado en primera persona en los sucesos de mayo, en los que murió el subteniente Eseverri y por los que fueron encarcelados los ocho presos de los que se reclamaba su libertad, porque era militante de la LKI y fue a defender la sede de la organización cuando supo que había sido asaltada por una banda fascista. No participó en los disturbios de la tarde porque fue detenido junto a medio centenar de compañeros que acudieron a proteger el local de la calle Zapatería, pero sin duda se sentiría partícipe.

Se habían reunido poco más de doscientas personas en la puerta de la prisión, que él conocía por dentro y por fuera, y es posible que se acercara a saludar a los conocidos y a preguntar novedades. Había corrido el rumor de que iban a soltar a los presos antes del cohete en un intento de distender un ambiente que parecía sembrado de polvo de vidrio, pero no existía ninguna confirmación oficial.

Lo cierto es que si hubiera estado en ese momento en los alrededores de la cárcel de Pamplona, hubiera podido ver la llegada de las cuatro furgonetas de la Policía Armada que aparecieron por la cuesta de la Reina para entrar en el recinto carcelario hacia las once de la mañana y compartir la indignación que esa aparición provocó, después de tantos días de enfrentamientos, cuando lo que allí esperaban era la puesta en libertad de los detenidos.



-Entonces se jodió Navarra, Jacinto -dijo Arza como cincelando una frase para la historia sin saber que plagiaba a un peruano-. Cuando pusieron la bandera vasca en el ayuntamiento de Pamplona.

Una cuadrilla de cincuentones vestidos de blanco, con bandurrias, guitarras y otros instrumentos de cuerda, entonaba una canción que para ellos tuvo que ser de cuna cuando Jacinto comenzó su respuesta, que fue subiendo de tono conforme la rondalla de cincuentones se calentaba.

-No me líes Periquín, que Navarra ya viene jodida de atrás. Algunos están jugando una timba del copón utilizando nuestra tierra de tapete, pero no Tomás Caballero, que cada vez que apuesta la caga. Y no se están utilizando dados. ¿Repasamos el curso? Sin irnos muy lejos. Sin hablar de Montejurra. Empecemos en mayo del año pasado. Semana Pro-amnistía. Una intervención policial que todos convinimos en calificar de excesiva y el primer muerto: José Luis Cano. ¿Se murió de un infarto? No. Lo mató una bala gubernativa. No te escuezas, que hay para todos. Cano era de unos. De los otros vinieron después. En noviembre la ETA se carga al comandante Imaz, jefe de la 64ª Bandera Móvil de la Policía Armada. En enero la policía mata a dos de la ETA y la ETA mata a un policía en un tiroteo, como si San Jorge fuera el OK Corral y a nuestro ministro, a tu ministro, no se le ocurre otra gracia que decir que ganamos dos a uno. En abril otra vez la ETA jodiendo. Pone una bomba en Larraina y se carga al guardia civil Manuel López. En sus funerales los descontrolados se descontrolan y entran a tiros por lo viejo. Por poco se cargan a Patxi Urrutia de un tiro. Y por la tarde los del otro bando le pegan una puñalada al subteniente Eseverri. ¿Qué coño estaba haciendo un subteniente de la Guardia Civil de paisano con los fascistas de Fuerza Nueva? Otro muerto, aunque Eseverri se muriera diez días después. ¡Si llevamos un año de infarto Periquín! ¡Siete muertos! ¡Cuatro a tres! ¡¿Hay que poner otro muerto sobre el tapete para igualar la apuesta?! ¡¿Eso piensa tu ministro?!

La rondalla de cincuentones, que había acometido un intenso rasgueo de cuerda cuando Jacinto andaba por los funerales del guardia civil Manuel López, acabó la pieza en el mismo instante en que Jacinto subrayaba el marcador y en el silencio que sobrevino, las dos últimas frases del periodista, dichas, como toda su perorata, a gritos, resonaron como un trueno bíblico.



Los agentes de guardia se cuadran ante su llegada y él les saluda con un breve movimiento de la mano derecha. En el interior del Hospital Militar, convertido en cuartel, prescinde del pañuelo rojo con el que ha pretendido camuflarse y cruza el patio donde permanecen aparcados los vehículos de la 64ª Bandera Móvil, la unidad que comanda desde hace unos meses, desde que escribiera al inspector de la Policía Armada pidiendo ocupar el puesto que dejaba vacante su camarada y compañero de armas Joaquín Imaz, asesinado por la ETA. Fue un impulso visceral, pero un impulso domado por años de disciplina castrense, el impulso que obliga a enarbolar la bandera del caído sin parar en mientes. El impulso leal de la milicia. La bandera. Seguir empuñando la bandera, la 64ª Bandera, su unidad. La noticia resultó difusa. Un atentado en Pamplona contra un mando de la Policía Armada. Solo fueron necesarias tres llamadas para confirmar la mala nueva. Habían matado a su compañero de promoción, que quiso volver a su tierra convulsa a pesar de los riesgos que encaraba. Toda su vida castrense en la legión paracaidista para volver al inicio, donde sus caminos se bifurcaron: la academia militar de Zaragoza, la promoción del 63. Tenía que desandar el camino andado para culminar la tarea dejada inconclusa por su inmediato superior. Abandonar Canarias, dejar la legión y pedir destino en la 64ª Bandera Móvil de la Policía Armada. Su mujer lo entendió de inmediato. No fueron necesarias muchas palabras porque las decisiones en caliente no necesitan meditación. Su segundo sale a su encuentro y le comunica la insistencia con que el gobernador civil ha intentado ponerse en contacto con él. Dice que se verán en la plaza de toros. Hoy es el ensayo general del despliegue. No le gusta que metan la nariz en sus asuntos civiles de medio pelo, como tampoco le gusta que civiles de medio pelo sean ministros de defensa e interior. Cuánto daño nos hizo, piensa, la muerte del almirante también asesinado por la ETA. Hay dos cuentas pendientes. Se viste de uniforme, deja la gorra de plato y elige el casco antidisturbios.



-Venga, fuera, que en dos horas tenemos que estar otra vez abiertos.

Eran siete los que quedaban, resistentes de la noche, pertinaces, vocingleros.

-¿Unos churros en la Mañueta?

-Si nos echan del bar…

Siete retales desgajados de sus cuadrillas y vueltos a hermanar en esas horas que preceden al encierro, horas de noche o de madrugada, vísperas o colofones, horas de transición en que se diluye la voluntad de encontrar la cama.

-Somos más guapos que el copón.

Siete náufragos que salían del Baserri como almas en pena de pasos inciertos y rompían a bailar en cuanto escuchaban el sonido estridente de las gaitas. Siete cantamañanas que cumplían a rajatabla la regla logarítmica de Alberto caminando por Zapatería en dirección a Mañueta.

Los párpados caídos, la risa floja y el blanco acribillado de manchas como lienzos de Tapies, o Millares, o Saura.

-¿Quiénes son esos?

-Miembros de El Paso.

-Ah.

Abatidos en la acera del callejón, o deambulando con equilibrio incierto, brindando con los churros y buscando con la boca el chocolate como si la mano no fuera capaz de encontrar la boca.

-¿Vamos al mercado?

Alberto arrastrando a su amigo que buscaba echar un sueño relámpago compuesto de muchos sueños, un sueño de cabezada y ronquido único, un sueño visto y no visto en el que sin embargo se sueña.

-¿Para qué?

-Se me ha ocurrido una idea mala.



Henri se fijó en un muchacho que permanecía quieto en la esquina del ayuntamiento, en el interior del recorrido, mientras los demás corredores pasaban junto a él mirando siempre hacia atrás, como si no tuviesen la certeza de que una decena de bestias los estaban persiguiendo. Un muchacho que se golpeaba el muslo con el periódico mientras saltaba, que comenzaba a caminar de lado, como las figuras de las tumbas faraónicas, que se dejaba atropellar y aguantaba estoicamente los empellones, que comenzaba a correr al trote, que pasaba al galope al acercársele peligrosamente un animal de piel moteada, que corría como alma que lleva el diablo cuando pasaba por debajo del balcón donde se hallaban, moviendo siempre la cabeza de adelante hacia atrás como lo haría un badajo desbocado, que perdía terreno segundo a segundo, aunque todo fuera tan rápido que resultaba difícil mesurar el riesgo que asumía, que parecía quedar emparedado entre los pitones del toro que comandaba la manada, que intentaba infructuosamente, aunque en la lejanía su cabeza se confundía con multitud de cabezas, tomar la curva cerrada de Estafeta, que resbalaba, tropezaba, se caía y se perdía entre la negritud de tres de los animales que derrapaban tras él, estrellándose contra el vallado y perdiendo el pie para después levantarse con torpeza y continuar la carrera con cierta sensación de aturdimiento. Henri se acabó el consomé y preguntó si podía tomar otro. Lo que tenía en el estómago era un inesperado vacío en forma de nudo.



-¿Iba solo?

-Solo y hecho un cromo. Ha debido tener un percance serio en el encierro y no ha debido curarse como es debido. Le he preguntado si había pasado por el hospital y me ha respondido, creo, porque iba bastante tartaja, que solo el alcohol y la pólvora cauterizan las heridas.

Un erizo de hielo le recorrió a Andrés el espinazo.

-¿Llevaba su mariconera?

Beitia reaccionó con asombro, como si no hubiera entendido la pregunta, pero respondió que no. Marquitos nunca la llevaba en Sanfermines. ¿Por qué se lo preguntaba?

-Por nada. Me extraña que estuviera tan borracho.

¿De verdad le extrañaba? Entró en el Delicias y le llamó a Bibí a Erro, pero Bibí no contestaba. Tenía que hablar con ella antes de que a Fernando se le acabaran de cruzar los cables. ¿Qué podía hacer? Lo habían visto en el Noé hacía una hora. A güisquis. Cocido como una rata. Pidió un café y se restregó la frente. Si supiera que no iba armado iría a su encuentro, le aguantaría la bronca y si se terciase, los golpes, mejor golpes de borracho si el borracho boxeaba, pero no sabía si Fernando habría cogido su pistola. ¿Por qué fue lo primero que pensó cuando Marta le contó lo que había hecho? Estúpida Marta. Volvió al Roma, indagó sobre el percance que su amigo había tenido en el encierro, logró sacar en claro que no había sufrido herida de asta aunque el revolcón debió ser considerable, volvió a llamar a Erro, de nuevo infructuosamente, salió de la cafetería sin tomar nada, merodeó por casa de Fernando y decidió coger el toro por los cuernos. Llamó al timbre desde la calle, esperó, volvió a llamar, se acercó a la tienda de marcos sin saber muy bien por qué y decidió, en medio de la desazón, cribar Pamplona entera hasta dar con Fernando. Tenía que encontrarlo antes de que Fernando lo encontrara a él. Tenía que pillarlo por sorpresa. Tenía que saber si llevaba encima la puta mariconera.



Mintxo accedió a las gradas cuando los clarines anunciaban el paseíllo. Alguien le había quitado el sitio y tuvo que hacer valer su autoridad y utilizar algo de mala leche para recuperarlo. Bastante tenía con estar yendo y viniendo del tendido al patio de caballos y del patio de caballos al tendido como para que le ocuparan su localidad. Encima de él, un par de filas más arriba, un torero de pega con un impecable traje de luces de taleguilla desorbitada, hacía un pase de muleta con la montera y recibía la ovación de todo el tendido de sol.

-¿Y este, de dónde ha salido?

-Palomo Linares, que al final se ha dignado a venir.

-Pues lo ha hecho con dos huevos.

Suescun trepó por las gradas con una botella de champán en la mano, la agitó con genio, regó al torero con parsimonia y le sirvió una copa en la montera. El diestro se la brindó a una muchacha rubia que no sabía dónde meterse y bebió el líquido como pudo. La charanga había comenzado los compases de Son tus perjúmenes mujer y todo Dios levantaba el culo de las almohadillas y se ponía a bailar la canción de aquellos sanfermines.

Artemio puso a salvo la olla del ajoarriero y le preguntó a Mintxo qué se había decidido en la comisión. La barahúnda era descomunal y era difícil entenderse.

-Normalidad absoluta. Mañana salen los encerrados, los detenidos están en libertad y la gente tiene ganas de fiesta. Se acabó la protesta.

-¿Ni un chiflido?

-Chiflidos los que quieras, pero salimos todos con la pancarta desplegada y la música a todo tren.



Alberto ha recordado la película La aventura del Poseidón cuando ha caminado, a la cola de un pequeño grupo, por las entrañas de las estructuras de hormigón que sostienen las escaleras de la plaza hasta desembocar en uno de los huecos que se abren en la fachada circular del edificio a la altura del primer piso. Ayudándose unos a otros y utilizando las blusas como sábanas de prófugos, han podido descolgarse hasta el suelo por un punto que queda ciego a las dotaciones de antidisturbios que permanecen estacionadas entre el parque de bomberos y las murallas del Labrit, dando la espalda al parque de la Media Luna. Alberto está furioso y pedo, pedo y furioso y siente, al pisar la calle, una profunda irritación que le sube de la ingle a la garganta como si fuera una arcada de músculos y vísceras. No recuerda a Diegrune porque su mente es puro fango, albero y alcohol, bilis y humo. Tiene los ojos hinchados, más hinchados de lo normal, y hace rato que no mueve los párpados detenidos en una foto fija que solo puede concordar con una quijada rígida y convulsa. Su mirada es torva, demente;un torrente de odio o desprecio que hierve de puro hielo. La pasma se encuentra a treinta metros y les da la espalda, ocupada como está en protegerse de la andanada de botellazos que le llueve desde los pisos altos de la plaza. Ellos son pocos, veinte, quizás treinta, pero ocupan una posición privilegiada como los vascones en Roncesvalles. ¿Qué le decían los ojos del hombre que taponaba con su mano la brecha de la niña por donde se escurría la sangre camino de la enfermería? La policía había cargado cuando se abrían los portones para que entraran las secciones infantiles de las peñas. ¿Eso le decían aquellos ojos? Hay una obra junto a los Escolapios, un edificio en esqueleto apenas protegido por unas vallas descuajeringadas de metal y Alberto tiene una idea que en ese trance no puede ser buena.

el libro y su autor

22 de septiembre, San Fermín

Pamiela

Año: 2018/ 400 pp. 17x24 cm

22.00 eurosJuan Retana. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Barcelona, reside en Sabadell. En 1981 obtuvo el Premio Villa de Bilbao por el relatoEpitafio del desalmado Alcestes Pelayo, que fue enviado a la hoguera por el primer edil de la villa. Desde entonces ha recibido diferentes premios, entre los que destacan el Max Aub y el Kutxa Ciudad de San Sebastián de cuento, y el Cristóbal Zaragoza y el Francisco Umbral de novela. Entre sus publicaciones recientes están las novelasDel rencor y la memoria (2005),Gentes de otro lugar (2008) y El libro que Helga no llegará a leer (2009), así como el volumen de cuentosPreguntádselo a Katherina Meier, cuentos del siglo corto(2012).

Sinopsis. El 6 de julio de 1978, en el ecuador de la convulsa transición de la dictadura franquista a la democracia, comienzan los Sanfermines más cortos de la historia reciente. Asediadas por la tensión política y social vivida en los meses anteriores, las fiestas de Pamplona durarán tan solo tres días. Y en esos tres días, en los que la presión política impuesta por los últimos coletazos de la dictadura echará un pulso a la juerga, a las ansias de libertad expresadas en la calle, toda una galería de personajes, todo un fresco social irá trenzando sus historias en la parte vieja pamplonesa, esa a la que el sociólogo Mario Gaviria -otro más de los muchos personajes reales y de ficción de esta novela coral, que junto con el también sociólogo Henri Lefebvre trata de teorizar a pie de calle sobre una explosión festiva que le desborda- llamaría por entonces “el espacio de la fiesta y la subversión”. Sus vidas tomarán otros derroteros cuando el día ocho los antidisturbios irrumpan a tiros y se revelen los secretos que algunos ocultan. En septiembre, en unos Sanfermines extraños que la ciudad vivirá como revancha de lo

que le habían arrebatado en julio, acabarán de cerrarse las historias cruzadas que quedaron abiertas tras la brutal interrupción de las fiestas.

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