Iglesias contra los suyos

Por Víctor Moreno - Domingo, 27 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

La palabra que más se ha utilizado en el asunto de la compra de una casa por parte de P. Iglesias e I. Montero, convertido en asunto de Estado por intereses partidistas, ha sido la de coherencia. No recordaré aquello de que “quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra”, porque aquí, de tirar piedras y pedruscos contra los susodichos no se han librado ni los mancos del lugar. Incluso, los propios protagonistas tampoco han estado muy finos a la hora de justificar su delito de lesa incoherencia. Asombroso espectáculo. Porque, si de algo sabe la sociedad española, es que vive en un sistema político y social incoherente. A pesar de eso, hay que reconocer que la sociedad española está viva. Sigue rebotándose contra lo que considera un atentado contra la dignidad ofendida.

¿Cuántas promesas incumplidas después de haberlas prometidas no fueron ni han sido satisfechas por quienes en estos momentos cortan el bacalao de nuestras vidas? ¿Cuántos artículos de la Constitución siguen todavía sin estrenarse después de haber asegurado su puesta en vigor por los políticos de turno? Desde luego, en este campo de inculpaciones unilaterales, quienes no deberían haber abierto la boca son quienes más la han abierto: los que nos han gobernado durante estos años, tanto los gerifaltes del PSOE como del PP. Son los grandes incoherentes de España. Con diferencia.

Es inquietante constatar que tanto los políticos y tertulianos de derecha como de la izquierda se han conjurado al alimón para ponderar la coherencia elevándola a categoría universal del comportamiento y a condenar el cinismo como actitud impropia de los políticos. Al parecer, nadie ha visto la propia viga en su mirada, pero qué finura la suya para señalar la paja en el ojo ajeno. Es a la única fraternidad a la que llega cierta izquierda y la derecha. La de la bajeza política para aniquilar la credibilidad del otro.

Pero no hay que entristecerse. Al contrario. Tanta acusación y vejación contra la incoherencia de los demás, tendrá, supongo, unas consecuencias maravillosas. A partir de ahora, la incoherencia de los políticos, de todos ellos, desaparecerá y lo que prometan hacer, lo harán;y lo que piensan y digan será lo que hagan. El caso de Iglesias y Montero no habrá sido inútil. Felicidades.

Después de haber escuchado los comentarios tan crueles y tan feroces contra dicha pareja, ojalá que la clase política se mirase dentro de sí misma, hiciera examen de coherencia y, sobre todo, de incoherencia y, a partir de este momento especular, intentar ser más congruente que un silogismo de Kant. ¿Lo harán? Porque tendría maldita gracia que después de haber flagelado a la pareja podemita, los políticos volvieran a caer en, según ellos, el mismo deterioro ético, el denostado cinismo.

Desde luego, tontos, muy tontos, tendrían que ser los políticos, sobre todo los pertenecientes a la clase política adinerada y que todavía son unos cachorros, para no deducir la enseñanza derivada de este affaire: callarse como un muerto. Tenemos ya sobrados ejemplos de políticos en la historia reciente de este país que han prometido ser más puros que una hostia de comulgar y, tras pertinentes investigaciones, descubrir que pertenecían al monipodio de la corrupción. Mayor incoherencia que esta no la ha superado hasta la fecha nadie. Ni Iglesias, ni Montero. Nos guste o nos joda un montón constatarlo.

Lo más llamativo es que quienes han intervenido a la hora de poner los puntos sobre las íes en el asunto, dan la imagen de que todos ellos son perfectos representantes de la coherencia y enemigos acérrimos del cinismo, lo que no se corresponde con la realidad. No se lo creen ni ellos mismos, menos todavía, el ministro de Hacienda, Montoro, el de Educación, Méndez Vigo y la de Bienestar y Trabajo, Báñez. Las veces que fueron pillados en contradicción o en incoherencia han sido innumerables. Y dejo sin hollar los nombres de todos aquellos que ya han abandonado toda esperanza de seguir en la senda de la política, porque ya demostraron ser unos perfectos sinvergüenzas coherentes con su idea de lo que era el bien y el mal.

¿A quién le importa, de verdad, la coherencia? Se alaba la coherencia sin más, como si se tratara de una de las virtudes más importantes que puede adornar al ser humano. De hecho, cuando alguien se muere se suele decir de él como el mayor de los elogios: “fue coherente durante toda su vida con sus ideas”. ¡Pues vaya! ¿Y con qué principios o ideas fue coherente? Porque hay coherencias que dan grima y que son muy peligrosas para la convivencia social. Nadie podrá negar que la coherencia del PP con sus principios de inmovilismo social y político es un asco. ¿Y qué me dicen de la inconsútil coherencia de Franco? ¿Y la de Hitler? Todos los dictadores han sido escrupulosos coherentes. Hasta Jack el Destripador. Incluso hay coherencias que parecen oler a santidad y dejan mucho que desear. Pensemos en Teresa de Calcuta. Para mantener su coherencia al servicio de los pobres no hizo ascos al dinero que le proporcionaron ciertos dictadores y corruptos. Pero ya se sabe que, desde Vespasiano y su hijo Tito, el dinero no huele.

Nos molesta que los nuestros no sean tan virtuosos como somos nosotros. Que nos prometan que serán siendo como nosotros y que, luego, nos la claven con una traición. Es verdad. Hace daño. Es doloroso. Iglesias tenía que haber dicho desde el primer momento que entró en política que lo primero que había que hacer era comprarse una casa como la que Guindos compró a su hija. ¿Por qué había de ser él menos que los políticos de derechas o como el socialista González que se compró una casa en Tánger por valor de 2,5 millones? Iglesias tenía que haber aclarado desde el primer momento que tenía la misma alma de cabrón capitalista que el resto de la casta política odiosa y que, incluso, la superaría, y no hacernos creer que era una paloma blanca, pura, inocente y limpia como un carrizo de regadío.

En fin. ¿Qué quieren que les diga? Pues la verdad. A mí lo que me molesta de toda esta historia no es que estos políticos adinerados sean coherentes, incoherentes, cínicos o ingenuos. La coherencia o el cinismo son pretextos, banales pretextos, para ocultar la esencia del problema con el que seguimos enfrentados y que no resolvemos ni por fas ni por nefas.

Lo que llena de coraje es que esta gente tenga un poder adquisitivo descomunal y el resto de los mortales viva en la precariedad. Lo que produce viva irritación no es que esta gente se compren casas millonarias, sino que utilicen, no dinero negro, sino los dineros públicos de los contribuyentes, ese dinero del erario que es con el que se paga el salario a los políticos. Lo que ganan ciertos políticos en activo y lo que siguen ganando tras su jubilación sí que es una incoherencia diabólica, una incoherencia que, a diferencia de la de Iglesias, permanecerá incombustible incluso cuando la pareja que se compró una “casa normal” -Echenique dixit-, desaparezca de la escena política.

¿Seguirá la sociedad permitiendo esta incoherencia mayúscula, origen de tantas injusticias?