Diluvio de rock

No hay mejor manera de sacudirse de encima la resaca de un concierto que asistiendo a otro. Para ser precisos: tras los diez conciertos de la jornada inaugural del Iruña Rock 2018, nada mejor que meterse otros diez entre pecho y espalda el sábado.

Un reportaje de Javier Escorzo. Fotografías Unai Beroiz - Lunes, 28 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Disfraces y accesorios protagonizaron un ambiente ‘festivalero’.

Disfraces y accesorios protagonizaron un ambiente ‘festivalero’.

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Disfraces y accesorios protagonizaron un ambiente ‘festivalero’.Actuación de Lendakaris Muertos.La M.O.D.A., en plena actuación.Bourbon Kings, en una de sus interpretaciones.La Raíz cerró el festival haciendo vibrar al público.
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Era el último día, el momento de darlo todo. Los pronósticos meteorológicos no hacían presagiar nada bueno, anunciando lluvias, tormentas y diluvios. Por la mañana del sábado, de hecho, cayó agua hasta asustar. Afortunadamente, la cosa mejoró a mediodía y a las tres de la tarde el cielo azul cubría los verdes jardines de la Ciudadela. La temperatura también era óptima y la organización del festival se había dejado la piel para que todo estuviera a punto.

Los más puntuales pudieron disfrutar a las 15.00 de Attikus Finch, de quienes ya hablamos en estas mismas páginas hace unas semanas, cuando telonearon a Boni en la sala Indara. Los de Pamplona demostraron que cualquier hora, incluso la de la siesta, puede ser rockera si hay canciones y actitud, y de ambas cosas ellos andan sobrados. Después salieron los chicos de Zoo, que repetían tras el buen sabor de boca que dejaron en la edición del año pasado. Se notó que el sábado era el día fuerte, y cuando los valencianos ofrecieron su actuación, la Ciudadela mostraba ya un magnífico aspecto, con miles de personas disfrutando de su mezcla de rock, rap, ska y ritmos electrónicos. Del mismo buen ambiente pudieron disfrutar los chicos de Impedanzia, que siguen presentando en directo su primer álbum, Estrellados, con el que aspiran a posicionarse dentro del panorama del rock. Desde luego, argumentos no les faltan para conseguirlo.

De vuelta en el escenario grande llegó la hora de nuestros Dead Keneddys particulares, los Lendakaris Muertos. Salieron mientras el himno de la URSS sonaba a todo trapo por los altavoces y aprovecharon sus setenta y cinco minutos de actuación para ofrecer un máster acelerado en música punk y letras sarcásticas. Canciones como Último resort, Ikastoleroso Veteranos de la kale borrokahicieron bailar, cantar y sonreír al respetable. Por si fuera poco, Aitor se comportó como un gran agitador, trepando por la estructura del escenario y bajando a cantar entre el público en Héroes de la clase obrera. Terminaron con una versión de La vida sigue igual, de Tijuana In Blue, con Rubén Domeño, guitarrista de Escarabajos (parece que a partir de ahora el grupo se llamará La Txatarra) y antiguo componente de Tijuana. Después, en el escenario pequeño, tomaba el relevo uno de los grupos más grandes del festival: Bourbon Kings, que estuvieron imparables con temas tan directos como Tienes mucho que callar. Invitaron a cantar a Iker Piedrafita, productor de su apabullante Performance, que hizo con ellos Desaparecer. No les hacía falta, pero si quedaba algún escéptico, le sobornaron con los tragos de bourbon que compartieron con el público.

Tras un parón de media hora, que fue bien aprovechado por la concurrencia para hacer uso de las barras, saltaron al escenario principal los miembros de La Maravillosa Orquesta del Alcohol (La M.O.D.A.). La banda burgalesa era uno de los grandes reclamos de este Iruña Rock y no defraudó. El folk acelerado y apasionado de canciones como La inmensidad o Una canción para no decir te quiero conquistó al público que, ya sí, llenaba totalmente la explanada. Cerraron con uno de los temas más conocidos de su último disco, Héroes del sábado. La música siguió con Governors, que antes de salir pusieron un fragmento del discurso de Charles Chaplin en El gran dictador (el mismo fragmento que, por cierto, ya utilizó la banda bilbaína Ornamento y delito para abrir uno de sus discos). Los guipuzcoanos desplegaron sus argumentos (sonidos duros, pero muy melódicos), en canciones como Diabolus, Ihesio Harrien, esta última con disparos de fuego en el frontal del escenario.

En cuanto Narco pisó el escenario, comenzó a llover con bastante fuerza. Hubo quien se refugió en los pequeños toldos de las barras o debajo de los árboles, pero la mayor parte del público permaneció en la explanada, saltando y cantando con el rap metal de los sevillanos, desde temas recientes, como Suicídate o Mi madre es una yonki (con el que abrieron), a otros más antiguos (Juerga, mambo y jaleo o La hermandad de los muertos). Por suerte, la tormenta duró poco y cuando los miembros de Mala Reputacion salieron al escenario pequeño, ya había escampado. Los asturianos, que saludaron en bable, llevaban demasiado tiempo sin visitarnos y había ganas por volver a escuchar sus canciones, especialmente en las primeras filas, donde se corearon cortes como En el andén del sacrificio, Para que jueguen los gatos. El suyo es un rock más tranquilo y callejero que brilló especialmente en la balada Tus palabras o Abriendo camino, con la que se despidieron.

El honor de cerrar el festival recayó sobre La Raíz, que también repetían presencia en el festival (como Narco y Zoo). Por cierto, el cantante de este último grupo es hermano del de La Raíz, y ambos comparten el gran tirón popular. Antes de que salieran al escenario, el público comenzó a cantar entera la letra de Entre poetas y presos. Casualmente, ese fue el tema elegido por los valencianos para abrir su actuación, que siguieron con las festivas Borracha y callejera o Muérdeles. Fue un modo perfecto de afrontar, con una sonrisa en los labios y mucho ritmo en los pies, una doble despedida: por un lado, la de La Raíz, que decía adiós a su público antes del parón indefinido que recientemente han anunciado, y por otro lado, la de esta segunda edición del Iruña Rock, que finalmente pudo burlar a la lluvia y hacer vibrar a miles de personas con veinte bandas y veintidós horas de música. Se dice pronto, pero tardará mucho en olvidarse.