Música

El Orfeón Donostiarra en Tafalla

Por Teobaldos - Lunes, 28 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Orfeón Donostiarra

Pedro José Rodríguez, piano. José Antonio Sáinz Alfaro, dirección. Programa: Obras de Urñuela, Sorozábal, Olaizola, Laboa, Matamoros, Gardel, Velásquez, Tradicional mexicana, L. Cohen, Rodgers, Manzini, Madina, Busto, Casals, Brahms y Rossini. Programación: Federación de Coros de Navarra. Ayuntamiento de Tafalla. Lugar: Casa de Cultura de Tafalla. Fecha: 26 de mayo de 2018. Público: lleno, se agotaron las entradas (12 euros). Incidencias: DIARIO DE NOTICIAS, patrocinador, entre otros, del concierto.

No vamos a descubrir ahora la indiscutible calidad del Orfeón Donostiarra, ampliamente demostrada en las grandes obras sinfónico corales;sin embargo, pocas veces -aquí, en Tafalla, por primera vez-, le escuchamos en un concierto a voces solas pergeñado por su titular -Sáinz Alfaro- para mostrar la extraordinaria flexibilidad, maleabilidad y eclecticismo del coro con todo tipo de músicas. Fue una delicia de concierto porque, precisamente por los tiempos que corren, Sáinz Alfaro resaltó valores del director inteligente: la libertad de programación que da la calidad, el sentido del humor, y la universalidad de la música. En un programa que va de lo más autóctono de la música vasca, al ensoñador mundo del cine;de la cadenciosa copla, a la severa simetría de la fuga;de lo sagrado a lo profano, cuya línea siempre es difusa (Aleluyade L. Cohen). No hay músicas pequeñas cuando se hacen bien, cuando el maestro matiza cada compás;va y viene por los reguladores con la intención de decir algo más que las simples notas;alimenta acentos contundentes con mínimos gestos de manos;estira fraseos con rubatos cadenciosos (Bésame mucho);o, simplemente, deja correr las melodías más gozosas y conocidas (La Adelita): eso sí, polifónicamente adornadas y llevadas a la dimensión de sala de conciertos.

El coro deslumbra en su cuerda de sopranos. El timbre de altos también es de aterciopelado colorido. Y los hombres quedaron un poco más en segundo plano por la acústica, un tanto seca, del auditorio, por otra parte espléndido, pero que, como casi todos los auditorios de nuestras casas de cultura, necesitan caja acústica. El Orfeón responde en todo momento con una precisión absoluta al gesto. Su sonoridad fue contenida hasta el susurro en todas esas canciones dedicadas a la intimidad de las relaciones, con preciosos matices en piano, y una regulación abierta al matiz fuerte sin estridencias (El día que me quieras), con progresiones naturales, atentas al sentido del texto;por cierto, muy bien pronunciado por los cantantes. En los temas más famosos y universales, como Moon River o Edelweiss, -en la memoria de todos- se agradece el empaste sentimental, que no cae en la cursilería, precisamente por el tempo elegido y la versión del director: si ese Edelweiss -quién no recuerda la azucarada Sonrisas y Lágrimas-, no se hace con el increíble matiz pianísimo del comienzo, y no se le anima con una dinámica luminosa y alegra, se derrite en la nada. Y, así, todo: también la contundente y un tanto pedagógica, por su claridad expositiva, Wie Lieblich Brahmsiano;o la comprometida -a todos los niveles- fuga del final de la Misa de Rossini. Magnífico, sin paliativos, el piano de Pedro José Rodríguez, absolutamente metido, no ya en el compás, sino en la intención del director y la respiración del coro. Y de propina una canción vasca y el popurrí de música de anuncios, que tanto impactó en aquel congreso de publicidad en Donosti.