Nihilismo y nadedad patrimonial

Por Julio Urdin Elizaga - Lunes, 28 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Nihil obstat. Nada impide, o al menos debe impedir, el que la sociedad adopte la decisión que ella misma determine para con el futuro del poco afortunado edificio del Monumento a los Caídos, salvo, tal vez, esa rémora, que para algunos motivados por el militantismo de uno u otro signo, hace considerar en su fuero interno, el que pueda estar contemplado como un valor a conservar de índole patrimonial, entre otras cuestiones debido a la personalidad de sus autores, ahora que, por añadidura, sorprendentemente, se encuentra dentro del dominio público. Lo que no ocurre con buena parte de ese mismo patrimonio que a la jerarquía eclesiástica le ha dado por “inmatricular”. Y dicho sea de paso, en una sociedad cada vez más alejada del compromiso religioso, convendría recordar que el deber de nuestras instituciones es aquél de garantizar la supervivencia de dichos bienes que mayoritariamente, directa e indirectamente, han sido posibles gracias al esfuerzo comunitario.

Cabe recordar aquí como bienes del patrimonio cultural, en la formulación dada por Ignacio González-Varas, vienen a ser todos aquellos que “forman parte de la memoria colectiva y contribuyen a la formalización de la identidad histórica de una nación, de un pueblo o de una comunidad. Pero la identidad -habrá de añadir- es una elaboración intelectual y emocional compleja y cambiante que busca su autoafirmación en el patrimonio cultural a través de una lectura crítica que provoca la activación de mecanismos simbólicos que atribuyen a dicho patrimonio esta capacidad de representación de la identidad.” Y es más que evidente que si bien el hecho histórico que diera lugar a su construcción existió, no pudiendo ser negado, tampoco lo es menos el que lo fuera de una parte de la sociedad navarra, a costa de la otra, y que para nada constituye la parte del símbolo presente que sirve en unión de la ausente para el fortalecimiento del vínculo representacional identitario.

Es decir, este es un edificio cuyo simbolismo necroesférico, donde muerte y vacío se dan la mano, en modo alguno nos une sino todo lo contrario, divide desde su nihilista circularidad en una aspiración al eterno retorno de heroicas gestas pasadas de una declinada visión. Y en modo alguno puedo participar del rechazo que en arquitectura Fernando Espuelas manifiesta respecto del tratamiento abstracto del vacío como reflejo del absoluto para nuestro caso . Aquí la nada (nihil) expresiva representa al todo de una idea que oculta a lo Absoluto en su contenido. Muy al contrario que en Parménides, quien la planteara por primera vez como noción, donde la nada es justo lo contrario del ente y por ello mismo ni se puede pensar ni expresar. En su sección apreciamos la presencia de al menos tres mundos: el del cielo o alter mundo de la bóveda, el del mundo desde la encrucijada presidida por la proyección circular de la misma sobre la planta y cripta, y, finalmente, el inframundo donde descansaban los recién exhumados restos, lugar que si contara con un fuego permanente bien pudiera asimilarse al averno. Esta nada por tanto ha estado, en su simbolismo, muy llena de ausentes presencias y lo que no es menos seguro, y hasta lamentable, es que continúe estándolo, al menos en espíritu.

Ahora bien, convendría que desde esta concepción con tintes ciertamente fetichistas se tomara en consideración la apreciación realizada por el filósofo japonés de la nada, Keiji Nishitani, referida a la acción de anulación identitaria en que consiste la nihilidad, respecto del impacto simbólico de la personalidad de este edificio: “Anular no quiere decir que simplemente todo esté aniquilado, sino que la nihilidad aparece en la base de todo lo existente, el campo de la conciencia con su separación de lo interior y de lo exterior es superada subjetivamente y la nihilidad se revela en la base de lo interior y lo exterior.” Se trataría por tanto de conseguir una condición absolutamente neutral. Tal es así que una vez fuera despersonalizado a este edilicio paciente convendría trasladarle a algo así como al diván de un psicoanalista. Hasta el momento, nuestras autoridades, que se sepa, no han optado por hacerlo. Es más, en un principio la argucia procedimental ha principiado con la estrategia del ocultamiento y tras el vaciamiento de los restos físicos yacentes en su interior se ha decidido convocar un concurso de ideas para la dilucidación de un futuro sometido a refrendo.

Tal vez, para iniciarnos, pueda servir el que vocacionalmente un panteón en la tradición greco romana lo era de todos los dioses. Y que el concepto de panteísmo, donde divinidad y mundo coinciden en una hierofanía difícil de superar, al menos conseguía nos alejásemos de la personificación de la deidad con connotación nacional: por ejemplo el del dios judío, o también, porqué no, de aquél al que le adjudicaran liderar la Cruzada. En esto la filosofía tal vez nos pueda servir de guía y ayuda. Así el filósofo alemán Peter Sloterdijk nos aporta en su elaborada trilogía sobre la “esfera”, marcada por la dinámica basada en el par interno-externo, muy propio de lo arquitectónico, su condición de geometría vital que implosiona. Lo que hace tan sugerente este mundo de geometrías circulares en forma de bóveda celestial y rotonda circulante abierta a los cuatro puntos cardinales consiste en ser la toma de conciencia de que cuando ocurre la implosión desparece el “espacio común como tal”. Añade: “Lo que Heidegger ha llamado ser para la muerte no significa tanto la larga marcha del individuo hacia una última soledad, anticipada con determinación pánica, sino la circunstancia de que todos los individuos han de abandonar alguna vez el espacio en que estuvieron aliados, en fuerte conexión con otros. Por eso la muerte importa en definitiva más a los supervivientes que a los difuntos. Así, la muerte humana tiene siempre dos caras: una, que abandona un cuerpo helado, y otra, que muestra restos de esferas: algunos de estos restos son asimilados en espacios superiores y vivificados de nuevo, mientras otros quedan abandonados como basura caída de antiguos espacios de animación. Lo que se llama fin de mundo significa estructuralmente muerte de esferas”. Y en este sentido la destrucción de esta monumental necroesfera en forma de edificio funerario que contempla en sí ambos estadios corre el riesgo de suponer una implosiva toma de conciencia vivificadora de ese mundo ausente, enterrado y abandonado a su suerte por mor de la voluntariosa desidia de quienes lo crearon. Nihil novum sub sole.

El autor es escritor