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Tierra sobre ataúd

Por Víctor Goñi - Viernes, 1 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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Rajoy estaba sentenciado políticamente por la página 155 de la resolución de la Audiencia Nacional que acredita la caja b del PP. El párrafo ajusticiador reza literalmente que “entre el Grupo Correa y el Partido Popular se creó un auténtico y eficaz sistema de corrupción institucional mediante mecanismos de manipulación de la contratación pública central, autonómica y local”. Ante tan contundente y vergonzante verdad judicial, sobraban las palabras en la tribuna del Congreso. A no ser unas de despedida antes de coger la puerta.

Pero no tratándose de Rajoy, el adiestrador de tiempos y experto anecdotizador de la realidad cuando le desaira, incluido el reproche de un tribunal que desacredita sus argumentos por inverosímiles. Con la misma estrategia escapista implementada con la publicación de los papeles de Bárcenas, en los que constan 35 apuntes indiciariamente a su nombre por más de 300.000 euros. O cada vez que se le menta que en los litigios ligados al PP se hallan procesadas o investigadas casi mil personas. Ese ilusionismo mariano volvió ayer a tornarse en táctica política mediante el manejo de las tres falacias predilectas del PP. La primera con la ficción de que la fuerza más votada es la única legitimada para gobernar, la segunda consistente en enarbolar las urnas como prueba de inmunidad pese a las trapacerías que puedan cometerse y la tercera articulada sobre la manipulación dialéctica de criminalizar el voto soberanista si sirve para aprobar una moción de censura contra uno pero de blanquearlo cuando vale para mantenerle a ese mismo en la poltrona.

Las arteras maniobras de Rajoy no le iban a salvar en esta ocasión, fuera hoy o en la moción de censura que de fracasar la del PSOE hubiera planteado Podemos al objeto del adelanto electoral. Respecto a la encarnada por Sánchez, su éxito comenzó a mascarse en las filas populares en cuanto el proponente se comprometió a garantizar la aplicación de los 540 millones consignados por el PNV en los Presupuestos de Rajoy para este ejercicio y garantizó la restauración del diálogo institucional con el Govern que el PP dinamitó tras recurrir artículos del Estatut vigentes en Andalucía o Aragón, propiciando un procés por decantación. Formulados los guiños exigidos, Sánchez atisbaba su camino expedito porque ni el PNV ni el nacionalismo catalán desean unas elecciones inmediatas por el riesgo de que entronicen a Ciudadanos, ese nacionalpopulismo jacobino cuya idea-fuerza es la erradicación de los hechos diferenciales consagrados por derechos históricos, justo la amenaza de la eventual moción de censura de Podemos.

Degollado políticamente Rajoy, aún podría morir matando si presenta la dimisión, lo que abriría una ronda de consultas con el Rey y la posibilidad al menos teórica de que el PP conservara la Moncloa con otra presidencia, con la derivada de cortocircuitar a Sánchez mientras él sigue como jefe del Ejecutivo en funciones. Si no digna, esa salida trasluciría al menos coherencia y en un doble sentido: para empezar, porque aseguraría el a su juicio interés superior de que las siglas rupturistas no determinen el Gobierno central;y, para continuar, por congruencia con su reclamación a la madrileña Cifuentes y al murciano Pedro Antonio Sánchez de que se apartaran por el bien del partido. Sin embargo, Rajoy es también en este caso pasto de su natural tendencia a postergarlo todo, en el sentido de que al no haber encarrilado su sucesión la nueva candidatura a la presidencia desataría un cataclismo orgánico. Así que por efecto de su secular parsimonia, Rajoy se ve ahora atado a la bancada de la oposición para pilotar con plenos poderes la transición interna. Y concatenándose impactos sobre la corrupción del PP cual gota malaya, toma estabilidad. Lo que se dice más tierra sobre el ataúd.