Un relato olvidado: Nervacero, HB y Leizaola

Iñaki Anasagasti Olabeaga - Sábado, 2 de Junio de 2018 - Actualizado a las 17:08h

Pocos saben que el estatuto catalán, una vez aprobado, se rubricó en la Diputación de Gipuzkoa en 1932. Hacían honor al Pacto de San Sebastián, dos años antes, y a dicha firma viajó desde Madrid el Presidente de la República Niceto Alcalá Zamora así como los líderes republicanos y nacionalistas, entre ellos el donostiarra Leizaola que era diputado y que cuando vio en el balcón la bandera republicana y la catalana, pero no la vasca, consiguió una inmensa ikurriña y salió al balcón enarbolándola entre el aplauso enfervorizado de los que abajo seguían la ceremonia.

En tiempos de González de Txabarri como Diputado General, le encargaron al escultor azkoitiarra Sebas Larrañaga, el autor de la estatua de Sabino Arana sita en Albia que esculpiera una escultura dedicada al segundo lehendakari de Euzkadi y antiguo secretario de la Diputación. La escultura se hacía, como en Bilbao con Aguirre, para colocarla a pie de calle mirando al mar ya que Leizaola decía que la política era como el mar en su movimiento inestable siendo difícil pisar tierra firme. Parece ser que al alcalde Odón Elorza no le gustó aquella iniciativa para ser colocada en la Zurriola y la obra quedó dentro de la Diputación en la antesala al despacho del Diputado General, pero su lugar era fuera, nunca encerrada y para ser vista solo por minorías.

Traigo a colación este hecho al recordar al ex Lehendakari Leizaola enfrentándose con argumentos a los obreros de Nervacero en la Diputación de Bizkaia, cuando allí funcionaba el Parlamento Vasco al cumplirse este mes el 38 aniversario de aquel esperpéntico y grave suceso.

Y es que creo que no podemos ir olvidando pasajes de lo ocurrido, porque al final todo este mundo que apoyó la violencia va a terminar recibiendo el Premio Nobel de la Paz y a los que apostamos inmediatamente por la convivencia y las instituciones se nos va a decir que rompimos nuestra “palabra de vasco” argumento utilizado estos días contra el PNV sin el menor sonrojo.

El año 1980 fue un año clave y terrible. Elegimos el segundo gobierno vasco de nuestra historia, nos ausentamos de las Cortes a cuenta del bloqueo al estatuto y el concierto, ETA mató a una persona cada tres días, el partido del gobierno español (UCD) se desangraba en peleas diarias, los militares incubaban el golpe de estado, y los obreros de Nervacero invadían el Parlamento Vasco que funcionaba en la sala de juntas de la Diputación de Bizkaia. Demasiado para un bebé recién nacido.

Estábamos los parlamentarios en nuestros pupitres cuando la irrupción imprevista y violenta en el Pleno de varios cientos de tra­bajadores de Nervacero que, visible­mente alterados y profiriendo insultos: "¡Fascistas!", “¡Cabrones!", a miembros del Gobierno Vasco y parlamentarios vascos, dio lugar, el 26 de junio de 1980, a graves incidentes. Eso originó la escena sicodélica de la llegada de cuatro números de la policía (no existía la Ertzaintza) que, en persecución a los trabajadores de Nervacero irrumpieron a porrazos en el recinto donde estábamos a punto de iniciar el Pleno, produciendo una gran tensión. Parte de los trabajadores habían tomado ya posiciones sobre las mesas y habían alcanzado la tribuna, en la que se situaba la mesa del Parlamento, cuando los miembros de las FOP (un cabo y tres números) actuaron violentamente arrastrando hacia fuera de la sala a los trabajadores que quedaban a su alcance, produ­ciéndose enfrentamientos que dieron lugar a varios heridos de diversa consideración.

Inmediatamente la Mesa del Parlamento exigió a los números que abandonaran el recinto, cosa que hicieron, mientras en las proximidades de la Diputación montaba vigilancia una importante dotación en una decena de furgonetas. La primera interpelación de los trabajadores, muy alterados y sin que se distinguiese ningún portavoz, fue exigir que se fuera la policía de las inmediaciones del palacio. Se había producido ya un notable desorden en la sala y los trabajadores, subidos a las mesas, increpaban incesantemente al Parlamento y al Gobierno Vasco.

Los trabajadores continuaban pi­diendo a gritos que el Gobierno Vasco hi­ciese la gestión de que se fueran las FOP. Un grupo acompañó al recién elegido Lehendakari Garaikoetxea hasta la calle (momento antes en tono amenazador nos habían dicho ¡de aquí no sale nadie!) donde el lehendakari, parlamentó con el mando de la dotación solicitándole que se marcha­ra y mientras varios parlamentarios hablaban con la policía Garaikoetxea, dirigiéndose a los trabajadores en la sala de sesiones del Parlamento, declaró que era evidente que la comunidad autónoma no tenía competencias y, si el propio presidente del Go­bierno vasco no podía ordenar la reti­rada de las FOP, era evidente que todavía las decisiones no estaban en sus manos.

Los trabajadores de Nervacero, a través de varias intervenciones, exigieron explicaciones de García Egocheaga y Mario Fernández, los dos directamente implicados en las negociaciones en el conflicto de Nervacero. El consejero de Industria, entre in­sultos e improperios, inició su explicación del proceso. Recordó las ges­tiones en el mes de marzo para conseguir los 1.100 millones necesarios para llevar a cabo un plan de viabili­dad y la presentación de la necesaria documentación para obtener el cré­dito del Banco de Crédito Industrial. Aludió a las irregularidades halladas en los procesos administrativos de la empresa, lo que dio lugar a retrasos en la solución.

Nuevamente los trabajadores, que seguían en pie sobre las mesas del Parlamento, insultaron a García Egocheaga, llamándole mentiroso y gritando: “¡Estamos hasta los cojones de que los políticos vivan de puta madre a nuestra costa y encima nos engañen constantemente”. Los trabajadores empezaron a poner condiciones para salir de la sala y “permitir que se reuniera el Parlamento y resolviera su problema" y mientras una comisión de la empresa vigilaba el desarrollo de la sesión.

En esa clima tomó la palabra Jesús María de Leizaola - interrumpido en varias ocasiones por los improperios de los presentes, que no reconocieron al tantos años lehendakari - para recordar los difíciles momentos de la anteguerra, en los que fueron precisos muchos sacrificios para sobrevivir, lo mismo que en las etapas posteriores. “Por mi edad debería haberme retirado, pero si algo me impulsó a seguir en la brecha, fueron precisamente los graves problemas de la crisis y el paro. Os digo ahora: el Parlamento vasco no puede deliberar en estas condiciones;tiene que adoptar los acuerdos con libertad”. Recordó que precisamente uno de los primeros puntos del orden del día del abortado Pleno era relativo al empleo, y que lo más grave en democracia era interrumpir la labor de un parlamento que siempre debe deliberar sin coacciones de absolutamente nadie.

Lo más ignominioso de aquella tarde aciaga fue la llegada de representantes de HB y EMK que, como buitres carroñeros, ya que no acudían al parlamento, hicieron su valoración de la situación. Los grupos que, habitualmente desarrollábamos la política parlamentaria mostramos nuestro desa­grado por la irrupción de aquellos antisistema y de la interpretación que los mencionados grupos intentaban hacer de los hechos. Los trabajadores les dieron la palabra pero también tuvieron que oír que nunca les habían interesado los problemas de Nervacero ni iban a colaborar en la solución de su situación.

Eran ya casi las diez de la noche y, mientras los trabajadores decidían en qué orden irían a la calle para comer bocadillos, el Gobierno se reunía con la Junta de Portavoces y con el Co­mité de Fábrica. Los partidos se reunían también, por su parte, tratando de salir de la difícil situación.

La profunda preocupación y amar­gura de la mayoría de los políticos era evidente. Mitxel Unzueta valoraba lo sucedido como un verdadero test al convencimiento democrático del pue­blo. "En el templo, en el que la única fuerza que debe imperar es la de los argumentos expresados con entera libertad, se produce una colisión de dos fuerzas que ejercen la coacción física". Al final por agotamiento, por el llamamiento hecho por parte del PNV a su servicio de orden que rodeó la Diputación, y al temor a ser procesados el caso es que salimos de allí a las tres de la madrugada, incrédulos y entristecidos.

Fue todo de principio a fin un despropósito fruto de aquel año ochenta, de la incultura política, de la crisis, del no tener instrumentos el gobierno para abordar situaciones como las de Nervacero enconadas por dirigentes sindicales insolventes, y que dio lugar a una manifestación a los pocos días en defensa y apoyo de las instituciones vascas donde, como consecuencia de una patada, mataron al afiliado del PNV, Ramón Begoña.

Afortunadamente no se ha vuelto a repetir nada semejante quedándome de aquel día grabados en la retina la imagen de la irrupción de los dirigentes de HB Javier Onanidia y Jon Idígoras junto a Rosa Olivares, en plan destructivo y la dignidad del Lehendakari Leizaola recordando sus años de diputado durante la República dando una lección magistral a los presentes desde la autoridad de su magisterio ciudadano y democrático.