Algunos retos ambientales

Por Julen Rekondo - Sábado, 2 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

El 5 de junio se celebra el Día Mundial del Medio Ambiente, instaurado en 1972 con ocasión de la celebración de la primera conferencia internacional que tuvo lugar en Estocolmo sobre el medio ambiente. Se trata de una buena ocasión para hacer algunas reflexiones en torno a nuestras ciudades y municipios, en un momento en que se va a elaborar un Plan Estratégico Urbano (PEU) para Pamplona que servirá para saber hacia dónde quiere ir la ciudad y qué es lo prioritario para su futuro.

Hasta hace poco, el progreso se asociaba al creciente dominio de la naturaleza y toda la carrera de la civilización se limitaba a convertir lo salvaje o lo silvestre en territorio de lo racional. Parecía ser nuestra salvaguarda contra las asechanzas de lo salvaje, de lo que todavía se encontraba en estado crudo, sin cocer, en estado natural. Hoy, sin embargo, somos conscientes de que nuestra misma supervivencia depende de un buen tratamiento de lo natural y la interdependencia armónica que establezcamos con ello.

Sólo desde los años sesenta del siglo XX el ambientalismo vino a alumbrar la necesidad de incorporar las inquietudes de la humanidad, aquello que, no siendo humano, formaba parte de la vida planetaria. En unos momentos en que cundió la defensa de los derechos de otras culturas, la pluralidad y las vindicaciones multipolares, apareció también la demanda de la diversidad biológica o biodiversidad. De la misma manera se ganó consciencia en el respeto de las diferencias, en la sexualidad, en las religiones, en las culturas, en las razas, y surgió la sensibilidad hacia los derechos de la naturaleza. Desde entonces, la idea que animó los derechos humanos se extendió, como una vindicación humana más, a los derechos de las aguas, de un aire limpio, de los bosques, etcétera, en definitiva, al medio ambiente.

Los últimos años han supuesto en los países más industrializados del planeta una etapa en la que la conciencia ambiental se ha impuesto como una de las prioridades futuras, al menos en las tribunas ambientales. Pero es precisamente en estos países donde la riqueza ha despreciado habitualmente el respeto al marco natural, a su conservación, habiendo sido ya muchas las consecuencias que este maltrato ha generado en cuanto a la calidad de vida.

Quizá sea pecar de euforia o de ingenuidad si asignamos de forma general a la sociedad esa nueva conciencia ambiental, ya que es verdad que queda lejos aún el momento en que todos y cada uno de los pilares que edifican el desarrollo urbano y rural estén presididos por la sostenibilidad.

No nos podemos creer hoy en día que exista una conciencia ambiental suficiente para hacer frente a los problemas actuales, en los que el cambio climático es considerado como la principal amenaza. Un ejemplo es la última Cumbre del Clima de París, que se celebró en diciembre de 2015, en la cual los 195 países presentes en ella firmaron un compromiso para mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °C, reconociendo que ello reduciría considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático. Sin embargo, la implementación del citado acuerdo lleva un retraso considerable.

Por otra parte, otro gran reto es el de ciudades en las que vivirán dentro de cuatro décadas el 70% de los habitantes del planeta. Las ciudades, paradigma del esfuerzo de civilización del ser humano, se han convertido en el principal obstáculo para la sostenibilidad. Avanzar hacia unos municipios y ciudades más sostenibles en Navarra requiere acometer una profunda renovación de los criterios con que éstas se han venido orientando en los últimos tiempos. Junto al imperativo central de trabajar en el marco de una visión integrada y con escenarios de medio y largo plazo, van emergiendo toda una serie de nuevos valores y referencias en torno a cada uno de los grandes campos clave de desarrollo urbano. Así, en el campo de la calidad medioambiental habría que destacar la necesidad de minimización en el consumo de recursos y generación de residuos. Se trata de impulsar medidas más drásticas aún encaminadas a reducir el consumo de suelo, agua, energía, y emisiones de gases de efecto invernadero.

La adaptación de la estructura urbanística a las condiciones espaciales y ambientales locales es otro aspecto clave del desarrollo urbano. Es necesario superar la idea del crecimiento sin límites, como paradigma para plantear otras bases del desarrollo urbano. Se trata de optar por un escenario alternativo que, sin ignorar las necesidades sociales, centre sus prioridades en otra forma de vivir la ciudad, aplicando el principio de la economía circular -repensar, rediseñar, reparar, redistribuir, reducir, reutilizar, reciclar…-, frente a la práctica de crecer, usar y tirar, todavía dominantes en nuestras ciudades y municipios. También es necesaria racionalidad en la resolución espacial de las necesidades sociales en relación al nuevo crecimiento y rehabilitación del patrimonio edificado. Se trata de evaluar, en función de las condiciones concretas, las alternativas entre crecimiento y rehabilitación desde perspectivas integradas y más amplias que las estrictamente inmobiliarias.

Finalmente, en el campo de la economía local, se trata de conseguir una escala y nivel razonable de interrelación con el desarrollo local, considerando la adecuación de los equilibrios básicos entre la actividad económica y la sociedad local a nivel de actividad, sinergias y empleo.

El autor es experto en temas ambientales y Premio Nacional de Medio Ambiente