El rincón del paseante

De gente, barquillos y amoríos

Por Patricio Martínez de Udobro - Domingo, 3 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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hola personas, ¿cómo va la primavera? Mojada, imagino. Hoy he vuelto a lo Viejo, en él siempre hay un rincón de la historia grande que traer a este rincón de la historia menuda.

He llegado a la Estafeta y nada más entrar, como sabéis, hay una famosa tienda de camisetas con un reloj que cuenta hacia atrás el tiempo que falta para que un cohete explote en el cielo pamplonés y los pañuelos anuden el rojo de la alegría y de la juerga durante 9 días de… “unas fiestas sin igual, riau, riau”. Cuando he llegado marcaba 35:12:12. Es decir, que queda poco más de un mes para que empiece la locura;pero, a juzgar por lo que en ese momento había en la calle, parecía como si todo el mundo hubiese ido ya a coger sitio. ¡Qué gentío!

Ese invento del juevintxo ya de por sí es exitoso, y se nota en lo Viejo durante todo el año, pero si a ello le sumamos el final de las clases en las universidades, el buen tiempo reinante y las ganas que la peña tiene de quitarse el moho del invierno, el resultado nos da unas calles y unos bares abarrotados de gente bebiendo, riendo, viviendo... Estafeta y Mercaderes bullían de ruido y movimiento. A mí, que me gusta pegar la oreja en conversaciones ajenas, me ha resultado imposible diferenciar una palabra de otra, una frase de otra, era un puro tronar de voces lo que se oía. Al llegar a Navarrería me ha quedado patente que todo lo que puede aumentar, aumenta. En los terrenos del viejo barrio de Zugarrondo no se podía ni andar, todos los chicos y chicas se sientan en el suelo a tomar sus consumiciones sobre porquería, sobre pises y comidas pisoteadas, rodeados de una alfombra de platos blancos de plástico, en los que no sé que les sirven pero que siembran todas y cada una de las calles por las que paso, sobre botellas y vasos rotos, colillas, cascaras de pipas, servilletas arrugadas y latas de cerveza. Las hay que se sientan en semejante vergel con pantalones vaqueros o similares pero otras lo hacen ¡con minifalda!, posando sus jóvenes muslos y pantorrillas sobre todo lo descrito. Irán limpias a la cama. Me dice un amigo mío que soy un abuelo cebolleta porque me meto con la juventud, pero no me meto, de lo suyo gastan, que hagan lo que quieran, yo solo lo cuento.

Por fin he rebasado la Catedral y he llegado a mi recoleta plazuela de San José. En sus bancos había un par de cuadrillas con unas litronas que reían y hablaban alto, pero no llegaban a profanar la paz que ella siempre tiene.

He llegado al Caballo Blanco, y reinaba el silencio, por fin. Hasta él solo había llegado una pareja que, con más ganas de amor que de humor, se daban con gusto el uno a la otra y viceversa. Hacían ruido, pero sordo, solo ellos oían sus pulsos.

Al final de la cuesta y frente al Portal de Francia he llegado a mi destino: la calle de Barquilleros. Ésta es una antigua calle casi desconocida, amabilizada de toda la vida, ya que nunca ha tenido tráfico rodado. Formada entre las traseras de las casas de la Calle del Carmen y el lateral del convento de las adoratrices, tiene una buena longitud, pero sin embargo solo tiene cuatro portales en los pares y ninguno en los impares. Era una calle sin nombre a la que en 1876, al finalizar la III guerra carlista, llegó un paisano de la Vega del Pas llamado José Goméz López. A la sazón barquillero, se instaló en el número 17 de la calle del Carmen y dado que su casa tenía salida a la parte de atrás D. José montó allí su pequeño negocio de helados y barquillos que vendía por toda la ciudad ayudado de un carro y un cubo de barquillero, enseguida se unió a él su esposa llamada Josefa Martínez y echaron raíces entre nuestros abuelos, el negocio duró en el mismo sitio hasta 1960 año en que falleció la única hija del matrimonio.

La popularidad que la familia Gómez ganó en Pamplona hizo que sus paisanos empezase a llamar a esa innominada calle con el oficio de sus vecinos: Barquilleros. El ayuntamiento, siempre tan rápido él en elevar a oficial lo popular, en un pleno de 1936 asignó tal nombre “a la calle que sube de la del Carmen a la del Dos de Mayo”. Solo tardó 60 años, una cosa normal.

Al final de Barquilleros, efectivamente, llegamos a la pequeña y abandonada calle del Dos de Mayo de 1808, si giramos a nuestra derecha salimos al antiguo convento de las adoratrices, hoy hotel de 4 estrellas, donde antiguamente bordaban sábanas y mantelerías para la calle, recuerdo que de niño alguna vez acompañé a mi madre a recoger algún encargo y alucinaba con la pedazo de barba que lucía la monja que nos atendía, dicho convento también era una especie de reformatorio para chicas “descarriadas”. Olía mal.

A continuación se pavonea uno de los edificios más emblemáticos de Pamplona: el Archivo General de Navarra, levantado por Moneo sobre los restos y terrenos del antiguo Palacio Real de San Pedro, así llamado porque éste era el Santo titular de la iglesia medieval que se levantaba donde hoy está la de San Fermín de Aldapa, frente a Palacio, el barrio recibía el mismo nombre y su calle principal también, era la anteriormente nombrada del Dos de Mayo.

Levantado en el 1189, fue primero palacio de los reyes de Navarra y más adelante, de los obispos de Pamplona, con un montón de pleitos entre iglesia y estado por su uso y propiedad. Tras la conquista del reino en el XVI pasó a ser palacio de los virreyes, tras la pérdida del título de Reino paso a ser sede de la Capitanía general de Navarra y desde la restauración borbónica y hasta el año 1971 fue el Gobierno Militar. En este edificio planeo y dirigió el golpe de estado de 1936 el general Emilio Mola, de él salió el bando que proclamaba el estado de guerra.

A mi izquierda queda el convento de los corazonistas con su pequeña iglesia de San Fermín de Aldapa, lo rodea un pequeño y tranquilo jardín. En uno de sus bancos otros dos amantes se entregaban al rico arte de darse el uno al otro y el otro al uno, en esta ocasión el género era monocromo.

Y de vuelta a casa he visto más cosas, y he oído chismes ajenos y he admirado naturalezas perfectas, pero… el espacio de mi paseo es limitado y he de cumplir.

El próximo domingo más.

Besos a puñaos.