Música

Un tipo extraordinariamente normal llamado Manolo García

Por Javier Escorzo - Viernes, 8 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

CONCIERTO de manolo garcía

Fecha: 03/06/2018. Lugar: Baluarte. Incidencias: Lleno, con las entradas agotadas. Público de todas las edades que disfrutó de las tres horas de concierto, aplaudiendo y levantándose de las butacas. Manolo García se esforzó al máximo. Estuvo acompañado por: Ricardo Marín y Víctor Iniesta (guitarras), Iñigo Goldaracena (bajo), Charly Sardá (batería), Juan Carlos García (piano y percusión), Olvido Lanza (violín) y Mone Teruel (coros).

como un tipo normal, paseando tranquilamente por el patio de butacas que a esa hora ya estaba repleto (las entradas se habían agotado con semanas de antelación): así subió al escenario Manolo García. Allí agarró su guitarra acústica, se sentó en el borde del mismo y, junto a sus dos guitarristas, interpretó una desnuda versión de El frío de la noche, tema extraído de Geometría del rayo, su séptimo disco en solitario, recientemente publicado. Tras saludar y agradecer al público su presencia, ascendió al tablado, donde le esperaba su banda al completo. Acto seguido, la violinista hizo una sentida introducción para Fragua de los cuatro vientos, en cuya letra abundan las palabras castellanas en desuso. En eso el catalán comparte maneras con Kutxi Romero, excelentes escritores ambos, con tendencia a introducir términos rurales poco frecuentes en el léxico del día a día. Sirva de ejemplo el título de su siguiente canción, Humo de abrojos. En cualquier caso, su público recitaba los textos de memoria, como si fuesen ensalmos, acompañando los cantos con salvas de aplausos. Algunos no pudieron contenerse y vivieron el concierto entero de pie, bailando y vitoreando al que fuera líder de El Último de la Fila.

En su antiguo grupo comenzó su idilio con el éxito, pero su carrera en solitario cumple ya dos décadas y el catalán no ha perdido jamás el apoyo de sus seguidores. Sabedor de su fortaleza, no recurrió a viejos ases y buscó ganar la partida con su cancionero más reciente. Sin lugar a dudas, lo consiguió. Se recostó en un butacón de cuero para cantar la animada Las puntas de mis viejas botas, a la que siguió Pan de oro, de su anterior álbum, Todo es ahora. Bajó a cantar Ardió mi memoria entre las butacas, donde fue besado y abrazado. Fue su primer “baño de masas”;luego vendrían dos más, todos igualmente efusivos y calurosos, con apretones de manos y carantoñas a niños y ancianas. Cuando subía al escenario, Manolo se entregaba al máximo al fragor de una electricidad sabiamente manejada por su banda (con presencia navarra en el bajo a cargo de Iñigo Goldaracena). Presentó Un alma de papel con una introducción contra la violencia (“la de género y todas las demás”, dijo), cantó con su hermana Carmen Ruedo, rodaré y pisó el acelerador con la trotona Nunca es tarde, Un año y otro año y la explosivaA San Fernando, un ratito a pie y otro caminando, que puso el Baluarte literalmente patas arriba.

Quedaban los bises, claro, y no escatimó con ellos. Abrió la primera tanda con un alegato en favor del arte como vehículo que nos conduce a la libertad. Aquí cantó En tu voz, Océano azul o Si te vienes conmigo. Dejó para la traca final la frenéticaPrefiero el trapecio, dedicada a los que lo están pasando mal en esta crisis, Nunca el tiempo es perdido, Sin llaves (único recuerdo a su antiguo grupo), o Pájaros de barro, junto a sus músicos al borde del escenario, en acústico. Extraordinario triunfo de un tipo normal, en el mejor sentido de la palabra.

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