Música

Misión cumplida

Por Teobaldos - Sábado, 9 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:03h

recital del pianista miguel ituarte

Programa: Sonatas 22, 16 y 29 de Beethoven. Estudios 7 y 15 de Ligeti. Sonata 3 de Jesús Rueda (1961). Programación: ciclo Beethoven actual de la Fundación Baluarte. Lugar: sala de cámara. Fecha: 5 de junio de 2018. Público: un centenar (12 euros).

No cabe duda de que el reto de programar la integral de las sonatas para piano de Beethoven -(y con pianistas patrios)- es tarea de titanes para todos;primero para los intérpretes, claro, que han tenido que enfrentarse, en una misma sesión, a tres o cuatro sonatas del genio de Bonn;también para los oyentes, -solo los más fieles aficionados han respondido a la cita-, asustados, algunos, por la abrumadora propuesta -aderezada, además, con diversos estudios de Ligeti, a modo de cortina entre las sonatas-;y, por último, para los programadores, que, indudablemente, asumen el riesgo de un programa granítico y sin concesiones. Pero, también es cierto que estas cosas hay que hacerlas desde una institución como Baluarte, en un momento, además, en el que el plantel de pianistas españoles es de indudable calidad. De lo que yo he escuchado, no todo ha alcanzado una cima de calidad absoluta, pero, lo cierto es que, para los amantes del piano, ha sido un acontecimiento.

El último concierto ha corrido a cargo de Miguel Ituarte: de los que yo he escuchado, el que ha aportado más sabiduría y madurez. Ituarte, además, ha estado pedagógico, y ha explicado someramente, su visión de las obras interpretadas. Y sus explicaciones no han sido mera palabrería, sino que quedaban demostradas con hechos, con su consecuente forma de tocar. Así, por ejemplo, la fuga de la sonata opus 106, fue impresionante en la versión del pianista de Getxo, y se corresponde con la admiración hacia Bach que compositor e intérprete comparten. Ituarte, con la impecable forma de tocar a Bach, que ha grabado en disco y que demostró en la propina, se acerca, de la mejor manera, al gran Beethoven.

Durante todas estas veladas hemos constatado que, superadas de sobra las dificultades técnicas por todos, la cuestión está en los tiempos elegidos. Es el problema de siempre, si se va a un tiempo lento, se corre el riesgo de que se pierda el fraseo, si se abunda en los tiempos rápidos -ésta es la tónica entre los intérpretes más jóvenes- muchos compases pasan como puro trámite. Ituarte comienza el concierto con la sonata 22: su arranque es sosegado, tiene fuerza, y lo hace todo con claridad. En el allegretto acelera el tempo, hace gala de virtuosismo, hasta un fulgurante -quizás demasiado- final. En la sonata 16 prevalece el sentido del humor, con un virtuosismo y percusión de teclas, desenfadado. En el segundo movimiento toca el tema como un aria de óperabellcantista, o de Rossini -lo dice en la presentación-. Muy lírico, cantable, más hacia los postbethovenianos. Y la gran sonata número 29 es la cumbre de la velada: arranque fulgurante;el scherzo muy suelto y claro. El adagio muy lento, tenido, hondo y con enjundia. Y, excelente la expectativa creada hasta que comienza la fuga, que nos mete en esa sonoridad infinita que parece no tener desenlace, hasta que viene la calma, vuelve a retomarse el allegro y nos introduce en la vorágine final.

Entre el bosque beethoveniano, un muy curioso Ligeti (estudio número 7), que se va a tímbricas de gamelán indonesio -ese morse de los dioses que dicen por allá-, y que Ituarte logra del teclado del piano. Verdaderamente delicioso el sonido desmigado que parte del teclado agudo y que baja en cascada. Y un reestreno que gustó mucho: la sonata número tres de Jesús Rueda, una obra sorprendente en dos partes contrapuestas y radicales: muy austera en la primera, y de endiablado jazz de mucho virtuosismo en la segunda, con un espléndido ostinato final, que arrastra.