A pie de obra

Fundidos

Por Paco Roda - Lunes, 11 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Cada mañana, al coger La Villavesa, veo a cientos de personas que despiertan ya cansadas. En sus ojos puedes ver el sofoco de una vida extenuada, agotada por obligaciones autoimpuestas y encargos pendientes. Como si no hubiera un mañana. Muchos apenas han dormido, a otros se les nota todavía el Alprazolam en la comisura de los labios. Y en ese silencio blanco de la mañana sabes que muchos tienen un día de perros por delante. Cargado de ese nuevo activismo diario que preside nuestras vidas asfixiadas de producción. Y es que, a juzgar por la vida que llevamos, pareciera que estamos en guerra con nosotros mismos. Porque libres de la explotación externa, de la cadena de la fábrica y libres también de la obediencia debida, nos entregamos al consumo exigente con nosotros mismos. Es la nueva dominación. La de una época que se libera de la disciplina para inaugurar el tiempo del rendimiento. Vivir para rendir, cuanto más mejor. Aunque ese nuevo sujeto sea el jefe más cruel de ti mismo.

Byung-Chul, filósofo surcoreano, es uno de los teóricos de última generación que mejor ha diseccionado los males que aquejan a nuestra sociedad híper todo. En su opinión, se ha pasado del deber de hacer cosas a poder hacerlas, sin limite, sin fronteras. Y así vivimos, corriendo para atrapar a ese tránsfuga que llevamos dentro, angustiados por no cumplir con la agenda. Como si participáramos en esa carrera infame por llenar cada hueco de nuestro cuerpo convertido en la nueva máquina de producción. Porque si no triunfamos a diario, si no respondemos a las expectativas, entramos en la curva de la autoinculpación neoliberal.

Dice Byung-Chul que esto pasa porque “Ya no hay contra quien dirigir la revolución, no hay otros de donde provenga la represión”. Y es que nos basta y sobra con autoexplotarnos a nosotros mismos en nombre del rendimiento, del activismo cotidiano y la vitalidad positivista de obligado cumplimiento. Pero estamos fundidos. Lo demuestran esos ojos cansados y esos cuerpos arrastrados, como el mito de Prometeo, ese sujeto exprimido, presa de su cansancio y fatigas infinitas.

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