Un paraíso insolidario

Jaime Aznar Auzmendi Historiador - Miércoles, 13 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Italia y Malta han vetado la admisión del buque Aquarius y su peligrosa carga: 629 seres humanos que lo han perdido todo. Hasta que España anunció la acogida de estos migrantes, el pasado más tenebroso volvió a tomar forma.

El 13 de mayo de 1939 el transatlántico St Louis partió de Hamburgo con 937 pasajeros, en su mayoría judíos. Con la llegada de los nazis al poder (1933) y la entrada en vigor de las Leyes de Nuremberg (1935), los judíos alemanes fueron víctimas de una presión insoportable. Tras el Anschluss de Austria (1938) el número de hebreos atrapados en el Tercer Reich aumentó. Ese mismo año, la conferencia celebrada en Evian-les-Bains evidenció que ningún Estado quería acoger a los judíos oprimidos por Hitler. El apoyo moral no fue suficiente para relajar las restricciones migratorias. Así las cosas, la travesía del St Louis fue un intento desesperado por escapar de la muerte. Su destino eran las costas americanas, alejadas de un continente enfermo y ensimismado. Cuando el transatlántico llegó a La Habana el 27 de mayo, las autoridades cubanas prohibieron el desembarco del pasaje. Solo 28 personas, 22 de ellas judías, lograron ponerse a salvo. La insistencia del presidente Laredo Brú hizo zarpar al St Louis el 2 de junio, hacia las costas de Florida. Pero los Estados Unidos también cerraron sus fronteras. Según la Ley de Inmigración (1924) el cupo para 1939 estaba cubierto, y Roosvelt decidió no hacer nada. La última esperanza, Canadá, tampoco quiso recibirlos. En consecuencia el St Louis tuvo que dar media vuelta y regresar a Europa. Arribó al puerto belga de Amberes el 17 de junio. Allí diversas organizaciones judías negociaron la acogida de los refugiados en países como Francia, Bélgica, Holanda o Gran Bretaña. La mayoría de estos territorios fue invadida por los nazis durante la primera mitad de 1940. La singladura del St Louis había sido en vano.

No importa el tiempo transcurrido, las experiencias vividas o la legislación desarrollada, tarde o temprano nos vence la insolidaridad. Podemos señalar a Donald Trump y criticar sus decisiones, pero los europeos también hemos levantado un muro en el Mediterráneo.

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