Ikusi makusi

El escritor que no inventó el final

Por Alicia Ezker - Viernes, 15 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

El escritor tenía en sí mismo al mejor protagonista para su historia, al ministro llegado del mundo del periodismo y la cultura, al que desde el primer momento se criticó y miró con lupa y no se le perdonó ninguna de sus palabras, ni de antes, ni de ahora. Pero él sabía que no estaba en una novela sino protagonizando la vida real, y que en la realidad, cuando alguien adquiere un compromiso público de tan alto nivel y más en un Gobierno que llega a serlo tras una moción de censura que tumba al anterior por la corrupción y la falta de transparencia, no sirve ocultar una parte de la verdad. Y tampoco sirve justificarse después diciendo que lo que él hizo era práctica habitual entre autores, periodistas de ingresos como los suyos (nada que ver con la profesión), actores, actrices, escritoras, novelistas... Que lo hicieran muchos no lo convierte en bueno. Una cosa es lo legal y otra lo moral. Huerta fue sancionado a pagar 366.000 euros a Hacienda por 218.000 euros que dejó de pagar en sus declaraciones de 2006, 2007 y 2008, porque declaraba a través de una sociedad, lo que le permitía tributar menos. Solo por esto Huerta nunca debía haber sido ministro ni de Cultura ni de nada, y menos de Sánchez, que duramente había criticado esta práctica fraudulenta hasta llegar a decir que echaría de su equipo a quien creara una sociedad para pagar menos impuestos. Huerta no tenía otra salida que irse. Pero en su despedida y en el acto que le convertía ya en personaje no de novela sino de la historia de la política al ser el ministro más breve, con tan solo siete días de mandato, tuvo algunas frases propias de un escritor que merece la pena recoger. Dijo Huerta, y comparto sus palabras, que “vivimos en una sociedad ahogada por el ruido y la información interesada, donde la inocencia no vale nada ante la jauría”. Pero olvidó añadir que programas televisivos como el que le encumbraron poco aportan a la verdadera información y mucho menos al mundo de la cultura -al que dijo amar y defender con su salida del Gobierno, más bien lo contrario- forman parte del ruido mediático que tantas veces ahoga la verdad. Su llegada al ministerio no ha hecho otra cosa que dañar aquello que dice defender, la cultura, un sector que necesita en su gestión pública profesionales capaces de dejar su ego para trabajar por los demás. Se equivocaron los dos, Sánchez al proponerle y Huerta al aceptar. Conocían el guión, pero creyeron que podían cambiar la realidad como si fuera una novela más, en la que el autor dirige el final de la historia. Esta vez se lo escribieron.