Tesoro inmaterial

Por Patxi Aranguren Martiarena - Sábado, 16 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

(A mi amigo Koldo Asiron, euskaldun y gran defensor del euskera)

en la web The Culture Trip, la norteamericana Lani Seelinger publicó un informe en el que hace un estudio de las 10 lenguas más antiguas del mundo. La autora ha escogido diez de esas lenguas que han conservado su carácter propio a lo largo de un larguísimo intervalo de tiempo, y entre las diez seleccionadas está, cómo no, el euskera. No es fácil saber cuáles son las lenguas vivas más antiguas que pueden llevar esa etiqueta. Quizás existan otros idiomas en el mundo que pueden pugnar por llevar ese calificativo y no han sido incluidos en ese ranking de antigüedad, pero casi con total seguridad se puede afirmar que el euskera siempre figurará entre los idiomas más antiguos del planeta.

Es una evidencia que algunos idiomas se han perpetuado a lo largo de los siglos como una realidad autónoma, por lo que pueden ser considerados el mismo idioma aunque hayan sufrido algunos cambios inevitables. Pero también es cierto que las interrelaciones entre los idiomas han hecho que estos evolucionen de tal manera que aun siendo el mismo idioma es difícil, e incluso imposible, que alguien que lo hablase hace, por ejemplo, 2.000 años pudiera entenderse con alguien que lo hable hoy.

El euskera ha sido ratificado por la mayor parte de los lingüistas, expertos e investigadores de todo el mundo, como la lengua viva más antigua de Europa y su origen es un auténtico misterio porque no existe otra lengua emparentada con él. Su antigüedad se remonta al menos a los tiempos neolíticos, aunque hay evidencias que llevan a pensar que su origen puede remontarse aún mucho tiempo atrás. Importantes lingüistas e historiadores defienden la creencia de que el euskera puede ser heredero directo de la lengua que hablaban, hace 15.000 años, los habitantes de las cuevas de Altamira, Ekain o Lascaux. Y es que, casualmente, es en el sudoeste de Francia y norte de la Península Ibérica donde se encuentra la mayoría de los yacimientos paleolíticos más relevantes y la mayor parte del arte rupestre del continente. Además coincide con el área geográfica de mayor concentración humana de Europa Occidental durante el periodo glaciar, lo que sería significativo a la hora de remontarse a las raíces lingüísticas europeas.

Theo Venneman, un reconocido lingüista de la Universidad Ludwig-Maximilian de Munich, afirma que todas las lenguas tienen su origen en algún sitio, muchas veces no sabemos dónde. Pero en la época que tratamos aquí, el euskera no parece haber venido de ninguna parte, ya que estaba aquí cuando llegaron las demás lenguas. Bajo este concepto, el euskera es la lengua más antigua de Europa. Todas las otras lenguas son idiomas foráneos que vinieron del Este y que fueron lo suficientemente influyentes como para imponerse a la población autóctona. El euskera es la única lengua superviviente de toda una familia idiomática europea. La pregunta es ¿por qué solo ella ha sobrevivido? El verdadero enigma del euskera no es su origen, sino cómo ha conseguido perdurar hasta nuestros días, aunque tal vez haya subsistido por su capacidad de integrar palabras de otros idiomas vasconizándolas.

Solo por su interés filológico sería motivo suficiente para valorarlo y más si se considera su perfil diferenciado, al no estar inserto en ninguno de los grandes troncos lingüísticos. Al no tener el euskera parentesco con las demás que la rodeaban, este carácter diferencial fue percibido, desde siempre, por los ajenos al país, en términos de extrañeza, lejanía e ininteligibilidad, que se traducía en dos visiones distintas: o bien se consideraba una jerga bárbara, propia de campesinos no cultivados o bien, por el contrario, un idioma antiguo, misterioso y milagrosamente conservado.

La portavoz del Partido Popular en Navarra ha sostenido de forma reiterativa que la mayoría de los navarros no quiere que el euskera sea oficial en toda Navarra. Y lo argumenta diciendo que los navarros han tenido la posibilidad de aprender el euskera durante 30 años y no lo han querido aprender. No lo han querido utilizar para su vida ordinaria ni para su trabajo. En esta declaración se nota que su autora quiere resaltar la prevalencia del idioma castellano sobre una lengua marginal que hay que arrinconar en los valles del norte de Navarra, pero además en sus palabras subyace un desprecio hacia esta lengua nuestra que tiene el mérito de haber sobrevivido, casi milagrosamente, a los avatares del tiempo, sorteando mil peligros, motivo más que suficiente para ser mimada y protegida por los poderes públicos.

El español o castellano es una de las lenguas más importantes del mundo, ya que ocupa el segundo lugar del planeta, tras el chino, en número de hablantes, según datos del Instituto Cervantes. En Internet, el español ocupa ya el tercer puesto como idioma más utilizado, tras el inglés y el chino. Su presencia en la red registra un crecimiento sostenido de más del 800% en los últimos 10 años. El español es una lengua de gran difusión que le está comiendo el terreno al inglés y al chino, por eso no se entiende de ninguna manera los intentos de frenar la vasconización de toda Navarra, el solar de los vascones: un territorio de 10.420 kilómetros cuadrados en el que viven poco más de 600.000 personas. ¿Qué son 600.000 vascoparlantes si los comparamos con los 600 millones de hispanoparlantes de todo el mundo?

¿A quién perjudica la extensión del euskera por todo el territorio foral? Si ya es difícil de entender la apatía del Estado hacia ese tesoro que pervive en una parte de su territorio y que, según los más prestigiosos lingüistas del mundo, tiene un valor incalculable, todavía resulta más difícil de asumir que haya políticos navarros que desprecien nuestra vieja lengua. Y es que los enemigos del euskera los tenemos dentro de casa.

Y para despejar dudas ahí tenemos a quienes el pasado 2 de junio, según sus convocantes, se atrevieron a manifestarse en contra de la imposición del euskera en Navarra y en defensa del español, como si esta lengua internacional necesitase el apoyo de unos pocos miles de navarros que no son capaces ni de defender su propia lengua vasca.

El autor es economista de la Universidad Pública de Navarra