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Txomin testigo de excepción

El testimonio vital de Txomin, un hombre centenario que vivió los años posteriores a la masiva fuga de presos del Fuerte de San Cristobal de Pamplona y pudo saber de cerca como eran las condiciones que allí se daban.

Un reportaje de Javier Rodrigo - Lunes, 18 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Fotografías de Txomin en su juventud durante su etapa de mili en Pamplona.

Fotografías de Txomin en su juventud durante su etapa de mili en Pamplona. (Foto: Efe)

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Fotografías de Txomin en su juventud durante su etapa de mili en Pamplona.
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Su nombre es Domingo Concepción Solana, “Txomin” para la familia y los amigos. Su edad ronda ya los cien años. Su vida, una odisea que le llevó desde los bombardeos en la Guerra Civil en Getxo hasta el servicio militar en Pamplona, incluido un mes de guardia en las garitas del Fuerte San Cristóbal. Nacido en Leioa (Vizcaya) en 1921, la guerra le alcanzó a los 15 años, cuando su familia vivía en Las Arenas, un barrio del municipio de Getxo. Desde muy joven, él y sus amigos tomaban el tren hasta la estación de Luchana, a las afueras de Barakaldo, y desde allí recorrían unos 20 kilómetros hasta Mungia para comprar huevos y leche en los caseríos de la zona.

“Íbamos andando por el monte, por el ‘cinturón de hierro’ de Bilbao. Veíamos las trincheras y todo”, relataba en una entrevista. Txomin conserva los recuerdos de aquellos años terribles grabados a fuego en su memoria.

En abril de 1937, cuando el grupo caminaba por el monte, oyeron ruido de aviones y el retumbar de los bombardeos. “Oíamos ‘bum, bum, bum, bum’ y nos metimos en una trinchera”. Txomin aguardó a que el bombardeo cesara protegiendo en el regazo la docena de huevos que había comprado ese día. Era el 24 de abril. Dos días más tarde, los aviones de la Legión Cóndor alemana arrasaron Gernika.

El grupo se apresuró a volver a Las Arenas. Cuatro bombas habían caído en el barrio, una de ellas en la casa de la familia de Txomin, que quedó destrozada. “Cuando volví, estaban llorando (sus padres y sus tres hermanas). No se podía ni abrir la puerta. Otra bomba cayó en la carretera. Estuvo ardiendo tres o cuatro días la gasolinera”. Sus padres y sus hermanas pasaron la noche con unos vecinos y Txomin se quedó a guardar la casa: “Le pegué una patada a la puerta y entré. Quité los cristales de la cama y dormí”.

en pamplonaA los 21 años, con la guerra ya acabada, Txomin empezó el servicio militar y supo cuál era su destino: Pamplona. Aquellas eran unas “milis” largas. La suya duró 42 meses.

Eran años de escasez y privaciones en la ciudad, aunque “aquí había pan blanco y todo”. A las tardes, había tiempo para dar vueltas por el Paseo Sarasate. De vez en cuando, caía un bocadillo de albóndigas en Casa Paco.

Un año después, Txomin fue nombrado furriel (el cabo que tiene a su cargo la distribución de suministros a la tropa), “en la unidad administrativa, donde estaban los enchufaos”, bromeaba.

“Hubo varios entierros de presos en un cementerio que había fuera de la prisión”

Domingo Concepción Solana

Testigo

Fue su primer contacto con los reclusos del Fuerte, a los que veía de lejos al descargar el carro en el que transportaba los materiales: “Los presos me daban miedo, pero, claro, también me daban pena”.

Más tarde, le mandaron durante un mes a hacer guardias en las garitas que rodeaban el Fuerte. “Habían siete puestos de vigilancia por todo San Cristóbal”, aseguraba Txomin.

Las condiciones de vida en el Fuerte eran duras incluso para los soldados: “Dormíamos en los catres sin colchones, por miedo a los piojos. Dormíamos encima de las tablas. Hacía mucho frío. No había calefacción”.

Durante ese mes Txomin observó que “hubo varios entierros de presos”, a los que sepultaban “en un cementerio que había fuera de la prisión”. Él no sabía entonces que aquél era el conocido ahora como Cementerio de las Botellas, por los recipientes que colocaban entre las piernas del cadáver con su identificación.

Txomin veía poco a los presos. A veces hablaba con ellos, sobre su procedencia, para ver si alguno era de la zona de Bilbao.

Sí mantuvo más relación con un preso de Huarte que cuidaba de los cerdos del Fuerte y que cada día sacaba a los animales a comer al monte Ezcaba, con Txomin vigilándole. Una mañana, el preso “me dijo que iba a cagar” entre unos arbustos y “no aparecía”. Txomin nunca olvidará el miedo que pasó pensando en las consecuencias que tendría una fuga del de Huarte, que, ante sus gritos, terminó asomando la cabeza entre las matas.

Una vez licenciado, Txomin se marchó a Bilbao para trabajar en La Naval como electricista de barcos. En 1948, se casó con Vitori en la Iglesia de San Nicolás de Pamplona y se fueron a vivir a la capital vizcaína donde vivieron la infancia de su primer hijo.

De vuelta a Pamplona, Txomin entró a trabajar en la fábrica de Imenasa y, junto a su mujer, vivieron durante décadas en el Rincón de San Nicolás, donde criaron a sus tres hijos.

La vida de Txomin, a nuestros ojos, parece excepcional, pero no lo es en absoluto entre esa generación de personas a las que la guerra marcó para siempre, dejándonos un legado de vivencias en las que la alegría trataba de abriese hueco entre carestías y tristezas.