Del futuro de un pasado

Por Julio Urdin Elizaga - Miércoles, 20 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Por paradójico que pueda parecer, este Monumento a los Caídos pertenece a la “historia del presente”, siendo aquella basada en un acontecimiento vivo en el recuerdo de al menos una de las generaciones con las que cuenta el momento actual. Y ello mismo parece querer obviarse con acelerada prontitud. Estamos, eso sí, en el límite de poder hacerlo superados ya los ochenta años del luctuoso acontecimiento que homenajea. La mitad de ellos bajo un régimen dictatorial y la otra mitad dentro del constitucionalismo que en ocasiones aparenta pugnar por ser tan autoritario e intransigente como el anterior, contando con manifestaciones primo-riveristas (joseantonianas) de enconada actualidad. Al menos aquí, en esto, la visión radical de la nación no constituye único patrimonio del abertzalismo, estando participada por ese retorno de las esencias patrias bajo camuflaje de régimen democrático garante de frenar otras aspiraciones a desempeñar parecido papel cimentando el presunto orden de lo establecido como si de un renovado despotismo se tratara. Esta circunstancia en buena medida complica asumir el debate con la equidistante tranquilidad que se necesita para abordarlo. Lo que está obligando hacerlo a golpe de decreto según sea quien en su momento gobierne. En este caso la Ley de Memoria Histórica de marzo de 2009 y aún anteriormente por la polémica Ley de Símbolos navarra de abril de 2003.

En los años en que discurren estas dos fechas se perdió la oportunidad para una operación auspiciada por la regeneración cultural de la zona. Aunque teniendo en cuenta la extracción social de sus residentes, claramente de clase media alta, que optaban por desplazarse a las nuevas urbanizaciones de la periferia, lo que ya suponía en este sentido un gran obstáculo, y pudiendo haber sido favorecida, no obstante, por la proximidad a ella de la Escuela de Artes y Oficios, así como la presencia de las salas de exposición Castillo de Maya y Conde de Rodezno (ambas de la desaparecida Caja de Ahorros de Navarra). Se constata la continuidad en la zona de esta actividad en la última (privatizada) y por la cercanía de la Galería Ormolú. Hablo, por supuesto, del tipo de gentrificación, en este caso invertida, basado en el “modo de producción artístico” que en aquella época de abundancia hubiera posibilitado lo que Stephen Squibb, en introducción al libro de la artista Martha Rosler Clase cultural,considera fuera lo propiamente acontecido en otros lugares con algún tiempo de adelanto: “En su ejemplo, el modo artístico de producción es un fenómeno urbano y se refiere no solo a la creación y la celebración de patrones de consumo como nueva base para la identidad artística, sino también a su despliegue activo en la conversión de barrios de clase trabajadora y de centros industriales en lofts de artistas y en áreas de consumo. Este desplazamiento en el uso de la tierra y la composición de la clase tiene profundos efectos sobre la estructura política y social de la ciudad, al reemplazar electorados rebeldes por artistas valorados por las aplicaciones comerciales de su estilo de vida vanguardista antes que por su producción en sí misma”. No es que me guste en demasía este modelo, pero ello no obsta para llamar la atención sobre una nueva oportunidad que se diera ya perdida y pasada.

Esta gentrificación hasta cierto punto tradicional, basada en la hibridación de arte y futurible negocio, ya fue ensayada en mi localidad, Uharte, con un resultado rayano al rotundo fracaso, al poner muy poco énfasis en lo cultural y más bien excesivo interés en el plano económico, dando como resultado el que ahora mismo se continúe incidiendo en políticas continuistas aunque si bien es cierto con la particularidad de haber permutado el arte por el deporte con igual finalidad y similar, si no peor, resultado. Esta última gentrificación además pasa por la cesión a la iniciativa privada de espacios dotacionales y la asunción pública de ruinosos negocios abandonados por dicha iniciativa. Por tanto, la política patrimonial al servicio del poder, y en ocasiones también de su negativo, está consiguiendo hacer que aquello que para el historiador Pierre Nora consistía en ser considerados prioritariamente como lugares de la memoria cuente ahora con un doble registro tanto oficial como extraoficial, incluso o excluido del considerado propiamente como marco institucional.

Como lugar de la memoria, nos relata Andreas Huyssen, en el Berlín posterior a la reunificación se propuso la construcción de un memorial en recuerdo del Holocausto justo en las proximidades donde Albert Speer ideara el suyo para las víctimas de la Primera Guerra Mundial. Esta acción fue rechazada, pero lo realmente interesante para el caso que nos trae de qué hacer con nuestro monumento a los Caídos, es la argumentación utilizada en ello desde dos perspectivas completamente diferentes. La primera, incidiendo en el hecho paradójico de que resultara “llamativo que un país cuya cultura fue guiada desde hace décadas por un deliberado antimonumentalismo de cuño antifascista deba apelar ahora a las dimensiones monumentales cuando llega el momento de la conmemoración pública del Holocausto para la nación reunificada. Hay algo aquí que está fuera de sincronización”. Aunque según el posicionamiento antitético, se corra el paradójico riesgo de que en “la observación de Robert Musil de que no hay nada más invisible que un monumento, Berlín (junto con todos esos alemanes obsesionados por el monumento conmemorativo) está optando por la invisibilidad. Cuantos más monumento haya, más invisible se torna el pasado, más fácil resulta olvidar: la redención, entonces, a través del olvido. En efecto, muchos críticos describen la actual obsesión de los alemanes por los monumentos y los sitios conmemorativos como un intento no demasiado sutil de Entsorgung: la eliminación pública de la basura radiactiva de la historia”.

Si tomáramos como modelo resolutivo el esquema que el historiador Alain Guerreau nos aporta en su ensayo El futuro de un pasado(del cual evidentemente tomo prestado el título) aplicándolo a esta cuestión sobre el qué hacer con el mencionado monumento a los Caídos, las propuestas a realizar sobre la viabilidad de su mantenimiento, conversión o destrucción necesariamente habrán de contar con las perspectivas de interdisciplinariedad correspondientes de carácter estético, histórico y normativo. Y como nos recuerda el antropólogo J. A. González Alcantud, tratando de estas cuestiones en el de El malestar en la cultura patrimonial, no debiendo nunca perderse de vista la inherente condición política de la patrimonialidad tal y como es afirmado cuando escribe: “Si el patrimonio es tan sensible a los cambios ideológicos y puede pasar de ser sacral y unitario a ser plural, a pesar de sus pretensiones transhistóricas, es porque no es en esencia ni económico ni cultural, es político...”.

El autor es escritor