Isidro López-Aparicio | artista y activista

“A todo el mundo le gusta ser rey mago;pero las transformaciones con el arte tienen otros tiempos”

Con años de arte y compromiso social a sus espaldas, el creador andaluz participó ayer en una mesa redonda con motivo del Día Mundial de las Personas Refugiadas

Una entrevista de Ana Oliveira Lizarribar | Fotografía Oskar Montero - Jueves, 21 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Isidro López-Aparicio, ayer en Pamplona.

Isidro López-Aparicio, ayer en Pamplona. (OSKAR MONTERO)

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Isidro López-Aparicio, ayer en Pamplona.

PAMPLONA.- Formación. Proceso. Empatía. Son tres de las palabras que Isidro López-Aparicio (Santisteban del Puerto, Jaén, 1967) usa constantemente cuando habla de su posicionamiento en el mundo del arte y el activismo. Crítico con los creadores que buscan el escándalo o picotear en temas que están de moda, cree en la cultura como transformadora de conflictos, aunque alerta de que a veces las buenas intenciones generan el efecto contrario. En cuanto al mercado, le parece un medio adecuado para dar mayor difusión a sus obras, de cuyo retorno económico siempre dona una parte;aunque, eso sí, siempre y cuando él pueda controlar el quién, el cómo y el dónde. Por ejemplo, ahora trata de distribuir su película Latidos de mina, documental sobre las minas antipersona del Muro del Sáhara Occidental. Y si contara con la ayuda de Lady Di, la aceptaría encantado.

Viene a Pamplona en el Día Mundial de las Personas Refugiadas, y en una semana intensa por la llegada del buque Aquarius y de numerosas pateras. ¿Urge más que nunca hablar de arte y activismo?

-Urge siempre, pero es positivo que existan fechas que ayuden a aunar iniciativas y a visualizarlas. Dentro del mundo de la cooperación hay muchos espacios desde donde luchar, es un ámbito que hay que abordar de una manera holística. Dentro de la pirámide de las necesidades, todos sabemos que lo más importante es la subsistencia, por supuesto, y hay gente que piensa que la participación del arte en esos contextos es banal, cuando, como digo, los cambios y las modificaciones se pueden acometer desde distintos lugares. Y la creación de imaginarios que visualicen los conflictos en la sociedad puede ayudar tanto como otras actuaciones. Hay cosas que no son inmediatas, no tanto como dar comida, pero son igualmente necesarias, aunque necesitan más tiempo para ir penetrando en la sociedad.

¿Se refiere a las acciones artísticas?

-Sí. Es difícil conseguir obras inmediatas, pero, aunque el imaginario que generó el Guernica hoy nadie lo cuestiona, llevó su tiempo que consiguiera esa transformación social. Dentro del mundo de la cooperación hay ciertas controversias por esta cuestión porque hay personas que no se dan cuenta de que no es incompatible dar un filete a una persona que tiene hambre a la vez que se trabaja con ella desde otros espacios. Si los conflictos no se abordan de una manera integral, nunca se solucionarán.

Es miembro del Instituto de Investigación de la Paz y los Conflictos, ¿qué puede hacer el arte para contribuir a solucionar un conflicto?

-La formación es muy importante. Yo siempre he estado muy comprometido socialmente, empecé hace muchos años trabajando con la comunidad gitana y en temas analfabetismo, desintoxicación y otros y luego pasé a trabajar con la Unión Europea como experto informador para montar el programa de cooperación para África, El Caribe y Pacífico. ¿Por qué te cuento esto? Pues porque hay que reconocer que mucha gente se acerca a algunos espacios un poco gratuitamente, con una intención más bien formal y estética. La cooperación a veces está de moda en el mundo artístico, lo malo es que a veces puede generar conflictos en lugar de solucionarlos. Tengo un libro que se titula Arte político y compromiso social. El arte como transformación creativa de conflictos (Cendeac), en el que pongo un ejemplo. Resulta que un fotógrafo propuso ir a un barrio de fabelas, repartir cámaras desechables y luego montar un proyecto con las imágenes resultantes. A los comisarios que valoraron la propuesta les encantó. ¿Qué pasó? Pues que mataron a uno de los participantes lo asesinaron y que quemaron varias casas de otros. A veces el desconocimiento es tan grande... En ocasiones los artistas entran, generan un desequilibrio tremendo y volver a estabilizar algunos lugares es difícil.

A la vez, el mundo del arte da una visibilidad a ciertas situaciones. Aquí, por ejemplo, ha mostrado parte del documental ‘Latidos de mina’.

-Yo empecé a trabajar en el Sáhara en 1997. Es frecuente que algunos artistas vayan a un sitio, hagan algo y se vayan, como pasa un poco con Fisahara, que va la gente del cine, está una semana y se marcha. Mi compromiso con ellos dura ya más de diez años. Monté un festival de arte que dura todo el año, con estancias de distintos artistas en diversos momentos. Pero esto es muy difícil, porque muchos creadores tienen su ego y quieren figurar. Otros, además, pretenden gritar eslóganes como ‘Sáhara libre’ y cosas de esas, y no se dan cuenta de que así cabrean a Marruecos y eso no favorece a los saharauis. Yo sí soy experto y llevo toda mi vida trabajando en esto, prefiero abordar los conflictos de otra manera. Por ejemplo, no he trabajado sobre el tema de autodeterminación, lo cual también me ha causado problemas. Ser rey mago es maravilloso, llegar y regalar cosas a quien lo necesita es genial y de eso hay mucho en el mundo de la cooperación, pero yo prefiero hacer las cosas de otra manera. Con otros tiempos. Y preferí hablar de las minas antipersona. Fíjate lo que hizo Lady Di, una labor magnífica, aunque luego hay gente que la criticaba por pertenecer a una clase determinada. Hay una superioridad ética en el mundo del activismo... Y no se dan cuenta de que a la gente afectada le da igual y si lo que ella hizo les ayudó, y lo hizo, les vino bien y ya está.

Allí construyó toda una obra junto al muro.

-Partí de una frase, que es que allí está la concentración de minas lineal más grande del mundo y me pasé 24 horas de aislamiento en un cráter del desierto para conseguir empatía con ellos, que viven en un aislamiento a lo bestia. A partir de ahí establecí la relación y yo por mi lado también me puse a estudiar toda la legislación internacional sobre minas, a saber armarlas y desarmarlas y construí un artefacto que las explota.

Un artilugio muy curioso.

-Sí, me lo han reclamado desde el MUSAC y desde otros sitios, pero hay que reconocer que el mundo del arte no tiene capacidad de modificación social. Por eso di el paso de la película, para hacer algo que no generara más conflicto, sino que ayudara a resolverlo. Es decir, que no me dé a mí una satisfacción inmediata, sino que lleve el trabajo que tenga que llevar y que a la vez tenga un poder simbólico grande. El cine llega a más gente. Fíjate que el primer pase lo hice con marroquíes muy convencidos de que el Sáhara es suyo. Y no cambiaron de opinión respecto a eso, pero sí al hecho de que no quieren vivir en un país que tenga minas antipersona sembradas a lo largo de kilómetros. Es un paso. Si las minas desaparecen, la gente podrá pasar y a partir de ahí tendrán que volver a sentarse a hablar. Quizá yo solo he movido un peón, pero solo con eso el resto de piezas deben moverse. Me parece muy pretencioso llegar allí y directamente ir a por la independencia. Hay gente que ahora va a los campos de refugiados sirios porque está de moda, pero no sabe nada de los campos de palestinos que yo visito desde hace años. A veces el arte parece vacuo porque le faltan raíces.

¿Y cuál es su punto de partida a la hora de abordar una temática?

-Una de las peores cosas que han pasado en España es la sacralización de la palabra proyecto. En Bellas Artes y en otras carreras creativas todo son proyectos y el arte se genera en el proceso. Un proyecto busca la eficiencia;en cambio, no existe posibilidad creativa si uno no asume el error. La investigación es un proceso, no un proyecto. Hay una generación de artistas que solo hace proyectos y se presenta a todas las convocatorias que salen. Yo vivo en el proceso. Cuando el Pompidou me llamó para hacer algo sobre la inmigración en el Mediterráneo, generé una instalación con distintas piezas que metía al espectador en el mar. Y todo comenzó cuando un día de vacaciones en Salobreña empecé a remar mar adentro y me paró una patrullera. Eso me dio que pensar y empecé a investigar sobre los sistemas de vigilancia, los controles en el Mediterráneo... Primero hice dibujos, no funcionaban;luego grabé sonidos... Es mi manera de hacer.

Y no cree que todo el arte pretendidamente político lo sea en realidad.

-En el libro que citaba antes hay un capítulo que se refiere a que hay acciones que no alcanzan rango de arte, como un cartel o una pequeña performance, que tienen lenguaje artístico, pero no son arte. También están los artistas que usan iconografía política -banderas y otros elementos-, pero eso sin más no es arte político, y luego están los que utilizan lo político para generar un impacto mediático inmediato. Por ejemplo, el caso de Santiago Sierra conPresos políticos. Yo le produje el grafiti más grande del mundo en el Sáhara y sé que su obsesión es hacer obras que tengan impacto a través del escándalo o de lo que sea. Hay gente que trabaja lo político, pero sus obras no tienen ningún compromiso social.