Capacidad de empatía

Jesús Pérez Artuch - Jueves, 28 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Reconozco que la noticia me cambió los planes para la primera tarde de verano. La última hora televisiva anunciaba que el militar Alfonso Jesús Cabezuelo, el guardia civil Antonio Guerrero, Jesús Escudero, Ángel Boza y José Ángel Prenda podrían salir provisionalmente de la cárcel si pagaban una fianza de seis mil euros. Mi reacción instantánea fue unirme a la masa que estaba seguro saldría a la calle a protestar la decisión del TSJN. En efecto, Iruñea reaccionó una vez más.

Desde que se conoció la sentencia provisional para la autodenominada Manada me cuestiono de manera constante la capacidad de empatía de estas cinco personas. En mi cabeza les sitúo en el rol de jueces o de jurado popular. Ellos dueños del mazo condenatorio o clarificador de inocencias. En el banquillo de los acusados, cinco varones perfectamente desconocidos, unos “verdaderos imbéciles”, pero al fin y al cabo “buenos hijos”, acusados de haber mantenido relaciones sexuales en grupo, uno detrás de otro, con una mujer a la cual robaron el móvil para evitar que pudiese comunicarse e introdujeron a la fuerza en un portal a las dos de la madrugada en una noche de fiesta. A pesar de lo que aparentemente pueda parecer, todo transcurrió en un ambiente de “regocijo y jolgorio” entre ellos. Ella mostraba “menos actividad y expresividad”. En el puesto de la víctima se encuentra una de las madres, hermanas, parejas o amigas íntimas de cualquiera de los miembros del jurado. Es decir: ¿Cómo actuaría, qué pensaría, qué decisión tomaría cada uno de los cinco sevillanos acusados y provisionalmente ya condenados si tuvieran la capacidad-posibilidad de analizarlo en un caso ajeno a sus personas? Simplemente ponerse en la piel de la otra persona, de la víctima. Atenerse a las consecuencias producto de sus propias acciones. Va más allá de una decisión judicial. Son comportamientos de convivencia en sociedad, ética, lógica, moral, valores, incluso sentido común. La Manada puede de nuevo volver a su estado salvaje, primario, de libertad. El rebaño expectante, indignado, rabioso se mantiene firme ante los mordiscos de la incredulidad.

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