Los pioneros de la UPNA

Por Patxi Aranguren Martiarena - Viernes, 29 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

en el principio el Parlamento creó la Universidad Pública de Navarra, pero ésta todavía no tenía forma ni contenido y el terreno de Arrosadía permanecía abandonado y yermo al fondo del barrio de la Milagrosa. Pasó un año y el Parlamento ordenó al Gobierno que crease una Comisión Gestora para activarla y ponerla en marcha. Era necesario encontrar a una persona con grandes capacidades, a un prestidigitador que sacase de la nada una institución educativa y le diese forma y le capacitase para formar especialistas en ingeniería, abogacía, economía y otras disciplinas que demanda la sociedad. Tras muchas gestiones, dieron con la persona idónea: un catedrático procedente de la Universidad de Alcalá de Henares. Se llamaba Pedro Burillo, tenía 42 años y era natural de Zaragoza.

Eran los primeros días de la primavera de 1988 cuando el profesor Burillo llegó a Pamplona con una maleta y un paraguas. Apenas conocía Navarra, pero le sedujo la proximidad a su ciudad natal y esa nobleza, fortaleza y tenacidad consustancial al carácter navarro. Los funcionarios forales le mostraron el proyecto y le enseñaron la parcela de 191.000 metros cuadrados, situada en el Plan Sur, donde debería erigirse la nueva universidad. Burillo vio que el reto era grande pero no se arrugó como el anterior candidato que acabó renunciando porque el proyecto le superaba. A la noche, en el hotel, pensó en la ardua tarea que le habían encomendado. Él había insistido a los periodistas en que esta universidad iba a ser distinta a las demás, su universidad debería ser una comunidad de estudiantes y profesores que se reúnen para pensar. Dándole vueltas en la habitación a su proyecto, dudó por un momento de si sería capaz de hacer realidad tal empresa. “Creo que tengo fuerzas para llevar el proyecto adelante” -les había dicho a los periodistas-. No podía defraudarles, pero estaba solo.

-Pedro, se dijo así mismo, necesitas un equipo que se ponga a trabajar.

Llamaría a media docena de amigos suyos, todos profesores de universidad, los engatusaría con su verborrea fácil y les vendería el nuevo proyecto universitario como la panacea que acabaría impulsándoles a las más altas cumbres de su vida académica. No sabrían decirle que no, porque el proyecto era realmente ilusionante. Les ofrecería venir a una tierra que manaba leche y miel, a una de las regiones más prósperas y ricas de Europa. La financiación estaba asegurada, los navarros son gente de palabra y pagan bien. Burillo confiaba en que esta nueva universidad atraería a profesionales de prestigio. Traería a los mejores profesionales. A los más brillantes.

Eran poco más de las 9 de la noche cuando Burillo se cambió de ropa, salió de la habitación, abandonó el hotel y acabó perdiéndose por las calles de Pamplona. Necesitaba dar una vuelta, despejarse y tomarse unos pinchos y unas cañas por el Casco Viejo de la ciudad. Tenía que relajarse. Apenas conocía Pamplona, pero al ser una ciudad pequeña le resultó fácil moverse por ella y patear las calles del Casco Viejo le proporcionó una agradable sensación. Visitó varios bares para tomar algo y pudo toparse con aquella juventud sana y noble que hablaba de sus prácticas deportivas y de sus salidas al monte. Se dirigió hacia el hotel rumiando una frase: los jóvenes son incansables. Esta universidad, que solo existía en su imaginación, necesitaba gente joven y jovial como la que acababa de ver en Pamplona.

Hacia las doce y media de la noche entraba en la habitación del hotel. Accionó el interruptor de la luz y de pronto lo vio todo claro. De la misma forma que aquel maestro de Nazareth no eligió como apóstoles a hombres brillantes sino a hombres humildes, pero con carácter, Burillo también se dio cuenta de que no debía romperse la cabeza buscando a los profesores más eminentes ni a los más destacados profesionales para incorporarlos a su proyecto, entre otras razones, porque esas personas no se arriesgarían a involucrarse en un proyecto que todavía estaba en el aire. Tampoco era cuestión de intentar competir con la universidad privada que ya llevaba varias décadas instalada en Pamplona. Necesitaba jóvenes con carácter, jóvenes profesores y jóvenes sin experiencia, pero con ganas de aprender, para cubrir los puestos de la Administración que quería crear. A esta universidad se incorporarían los que tenían poco que perder. Mientras construía sus castillos en el aire e ideaba su proyecto, se sorprendió a sí mismo hablando en voz alta y danzando en la habitación. Eufórico, continuó con su monólogo: “Mis amigos no me van a fallar, lo dejarán todo y vendrán a trabajar conmigo, luego contrataré a 10 personas para la administración, no importa que no sean los más brillantes, no importa que carezcan de experiencia, solo quiero personas que lo den todo y que sientan este proyecto como algo suyo, personas jóvenes que establezcan entre ellos lazos tan fuertes como los familiares, jóvenes que se enamoren entre ellos. Necesito poetas, soñadores, personas ávidas de aprender que vayan creciendo en esta universidad. Necesito integrar en este proyecto la nobleza y valentía de la juventud de esta tierra”.

Burillo, de joven, fue un comunista radical y antisistema y cuando se produjeron las revueltas estudiantiles de Francia en mayo del 68, él estaba estudiando en la Facultad de Matemáticas de la Universidad de Zaragoza. En 1988, 20 años después, el gobierno socialista de Navarra le encargó la tarea de levantar una universidad pública en el feudo de la prestigiosa universidad privada del Opus Dei. Él quería hacer algo distinto, tenía claro que quería una universidad moderna, de puertas abiertas. Antes de Sanfermines del 88 ya había completado su equipo de trabajo, equipo que aún tuvo que superar el intento de un partido político navarro de tumbar el proyecto de la universidad pública.

El éxito del primer rector en la elección de su primer equipo de trabajo sigue apreciándose treinta años después: la UPNA es una universidad consolidada que cuenta con 8.200 alumnos (más de 40.000 titulados han salido de sus aulas) y dispone de una plantilla de más de 1.300 personas. Aún quedamos siete personas de las que comenzamos a trabajar en 1988. Burillo nos decía que había que bautizar los bienes del patrimonio de la universidad con los nombres de sus pioneros. Sería bonito que, algún día, paseando por el campus de Arrosadía se pudiese leer: Avenida de Pedro Burillo, Plaza de Lucía Jimeno, Paseo de Patxi Aranguren, Alameda de Fátima Baigorri, Rincón de Camino Oria, Calle de Maite Gutiérrez, Camino de Inés Alastuey o Cuesta de Belén Cenoz. Una manera de agradecer a los pioneros de la UPNA su dedicación y valentía.

El autor es economista de la UPNA

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