la carta del día

Animales y los ruidosos festejos veraniegos

Por Jose Javier Yabar Jimeno - Lunes, 2 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

durante el verano nuestra tierra encadena festejos por doquier, pero ¿todos lo pasamos bien?

Las personas, cuando manifestamos alegría colectiva, tendemos a hacernos notar y una forma muy usada para transmitir a nuestros congéneres lo contentos que estamos es la de meter ruido.

Música en la calle, petardos, cohetes y voces por encima de lo habitual suponen para muchos animales señales de amenaza.

Si la capacidad auditiva de un perro le permite detectar, mientras sestea en su casa ubicada en un 5º piso, el momento en el que su dueño aparca el coche en la calle;o a un gato escuchar los pasos que da el ratón en la escayola del sobretecho, imaginen lo que es un petardo para ellos. Muchos animales sienten terror ante sonidos fuertes.

El miedo es algo que no se puede medir solo por la intensidad del estímulo que lo produce. Además de dicha intensidad debemos contar con la capacidad de cada individuo para asustarse, y por supuesto con el aprendizaje. Efectivamente, lo que estoy expresando es que un animal puede aprender a tener miedo ante determinados estímulos y además puede terminar padeciendo una fobia difícil de controlar.

Para evitar que los animales sufran ataques de pánico o estrés por culpa de nuestros ruidosos festejos debemos actuar ante ellos de manera coherente con su entendimiento, con su manera de relacionarse y entender al entorno. Para ello necesitamos observar a la naturaleza y ver cómo se comportan en casos similares. Pongo un ejemplo para que se me entienda:

mamá perra descansa con sus cachorros en un lugar seguro cuando de pronto se desencadena una tormenta. Los truenos asustan a los cachorros, sin embargo, su madre no muestra ninguna actitud protectora. Se limita a permanecer tranquila. Al cabo de un tiempo los cachorros comprenden que ese ruido no es una amenaza y dejan de sentir miedo.

Nunca debemos intentar consolar al animal asustado. Le proporcionaremos, eso sí, un refugio donde pueda cobijarse en el lugar de la casa más alejado del estruendo y si es posible, intentaremos que el refugio amortigüe los ruidos. Una caja de cartón envuelta en mantas puede servirnos.

Si la reacción del animal es muy evidente, debemos consultar al veterinario. Él nos preparará unas pautas de terapia conductual y nos explicará el tratamiento más adecuado para cada caso. Actualmente tenemos a nuestro alcance remedios que van desde la terapia natural basada en las feromonas, hasta ansiolíticos para los casos más graves. No existe ningún remedio que sirva siempre y para todos. Se trata de adecuar la terapia a cada caso. Confíe en su veterinario, no improvise y no automedique nunca. Por favor, no busque la receta infalible en internet. Deben entender que cada individuo tiene una capacidad de percepción del entorno y una manera individualizada de elaborar una respuesta ante los estímulos que percibe. Solo un experto puede pautar la solución más correcta. Ante la duda póngase en su lugar y piense en qué le convendría. Evitar el sufrimiento de nuestro animal no es una opción, es una obligación.

El autor es vocal del Colegio de Veterinarios de Navarra

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