Renació la aldea

Por Ilia Galán Díez - Lunes, 2 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Las risas infantiles volvían a resonar entre los cantos de las aves y las paredes que poco tiempo antes se iban derrumbando fundiéndose con el polvo de los caminos. El campo ya no solo volvía a alegrarse con la primavera, sino que renacía también en verano. Paseó por los alrededores, donde la fronda iba creciendo sobre las antaño tierras de labor, y lo comentó con su acompañante;la abuela parecía renacida, pues habían vuelto los nietos. Las acciones conjuntas de la alcaldía y el gobierno provincial habían funcionado. Casas vacías y con riesgo de derrumbe, penalizadas con impuestos progresivos, fueron vendidas o alquiladas;incluso regalaron viviendas a quienes habitarlas pudieran, como habían hecho en el Pirineo, allí donde, como en León, cae en el otoño la lluvia amarilla de los árboles, sumiendo a los hombres en las fauces de la muerte, congelada bajo las cercanas nieves, según relata, magistralmente, Julio Llamazares.

No era lo ideal, pues pocas familias se quedaban todavía a vivir los meses sombríos, pero al menos los veraneantes llenaban las habitaciones de lo que ahora llamaban “casas rurales” y no eran pocos quienes habían pasado de la labranza a la hostelería, aunque todo seguía de un modo u otro, germinante. Se habían librado de la extinción, gracias a los veraneos, puentes, Semanas Santas e incluso Navidades. Quedaba ahora esperar que se mejorara la conexión con los hospitales regionales, que los niños pudieran ir a una escuela cercana, pues estos y sus familias casi habían desaparecido. Aldeas y pueblos se habían convertido en sinónimo de cementerios, lugares donde los viejos aguardan su destino hacia el otro mundo. Iglesias, casuchas, caserones hermosos y más de un castillo o palacio sufrían el abandono y los colmillos del paso del tiempo, derrumbándolos sin piedad.

Reinos como Castilla y León son los que más gentes pierden. Huyen los jóvenes buscando trabajo en las ciudades. Quienes más crecieron fueron vascos y navarros, en Madrid o en Barcelona, allí donde hay oportunidades laborales... Provincias como Zamora, Ciudad Real, Ávila, León o Cáceres están entre las que más decrecen.

Las noticias cada vez son más contundentes y empieza a ser un problema nacional. La población española disminuye, nos morimos, y si aumenta es por los inmigrantes, pero estos nuevos problemas traen, como vemos en toda Europa. No nos reproducimos, apenas se organiza un porvenir firme para nuestros jóvenes, que siguen huyendo a otros países. Sin jóvenes no hay futuro o entregaremos, como estamos haciendo, el país a otras naciones que tal vez vengan con velos a imponernos sus credos o costumbres y quizás no nos agraden: sin niños, los hechos son contundentes.

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