¿Recuperar la memoria?

Viernes, 6 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

No a la resignificación, pero tampoco al derribo, sino a una reconversión del Mausoleo en un centro de la memoria por la paz, por la conciliación de las clases sociales y por el amor universal que debe guiarnos a todas las personas. Esta es, sin necesidad de tanto alambique pedagógico, terminológico y conceptual, la última propuesta publicada en este periódico.

La memoria. He aquí, al parecer, la madre del cordero de todas las batallas dialécticas del momento. Resulta que, ahora, lo preocupante de verdad no es el Monumento, sino la memoria, de documentar la memoria, de archivar la memoria, de contar desde la memoria, de vivir en la memoria, para que así comprendamos el pasado y vivamos mejor el presente. Jamás los estudiosos de la psicología cognitiva encontraron tantas valencias positivas al mecanismo cerebral de recordar.

Y para que tenga efectividad este revival de la memoria será necesario que dicha liturgia se lleve a cabo en el mismo edificio, una vez reconvertido en Centro de la Memoria por la gracia de no se sabe quién, y que durante más de cuarenta años ha estado glorificando al golpismo navarro, una dictadura, un Estado de Excepción permanente y una política de exterminio como nunca se había visto en esta tierra. ¿Quizás, consideren que recordando el pasado dentro del edificio la memoria se impregnará de valores más universales, más tolerantes y más plurales?

Para ello, dicen que es necesario no “derribar” el edificio, sino reconvertirlo, que no resignificarlo. La reconversión evita discusiones estériles. ¿De verdad? ¿Qué más dará llamarlo mierda reconvertida o mierda resignificada si la esencia putrefacta de este monumento de la infamia sigue siendo la misma?

La reconversión es una resignificación camuflada interesadamente. En vez de llamarlo Monumento a los Caídos, lo llamaremos Centro de la Memoria. ¿Hay alguna diferencia de significado en este cambio de significantes? Ninguno.

Sorprende la contradicción que se evidencia entre la ilusa pretensión de “profanar” el monumento y la ausencia de un relato oficial significador sobre quiénes fueron los asesinos y los responsables y cómo llevaron a cabo la masacre. Silencios fraudulentos que también se constatan cuando las instituciones han abordado la tarea, como con la querella argentina. Tampoco, durante este debate, han mostrado crítica alguna a los promotores oficiales de mantener el monumento en pie, con desprecio por las víctimas, defendido reiteradamente en diversos medios. Un objetivo coincidente con el de la Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz y el de diversas ideologías herederas políticas de la Victoria: ¡Que no se tire! Algo que ya consiguió Yolanda Barcina con su reconversión.

El Monumento a los Caídos es un edificio exclusivamente simbólico, a mayor gloria de los golpistas que llenaron de víctimas las cunetas de Navarra, para mantener constancia permanente de quiénes ganaron la guerra. Por eso extraña sobremanera que se confunda a conciencia edificios que sí son muestra de la barbarie (que sí se afanan en eliminar, como la cárcel o el espacio represivo del Fuerte) de los que son pura exaltación nacionalcatólica. Es extraño que dada la fiebre de la reconversión terminológica con la que se ven afectados algunos, no hayan defendido, por ejemplo, la “reconversión” de Escolapios, sede de la Junta de Guerra Carlista, centro de detención y de numerosas sacas, con el Tercio Móvil, para refrescar memorias.

La base argumental que subyace a esta reconversión es intrínsecamente inmoral o, si les parece que aminoremos la expresión, intrínsecamente peligrosa. En su apelación, resulta que el mausoleo es un “monumento a la infamia, un mausoleo fascista, un signo de la barbarie, una megalomanía del dictador, una máquina de matar, una exaltación del golpismo,” pero, finalmente, a pesar de encontrarnos ante un monstruo le perdonamos la vida y lo dejamos suelto, “porque sabemos que eliminándolo no desaparece el problema” (sic). ¿A qué suena esta vergonzante pirueta argumentativa?

Pero, si la pedagogía de la propuesta conservacionista es tal, ¿por qué no recuperar toda la simbología golpista eliminada, convirtiendola en una catarsis pedagógica de “iconos antibelicistas”?

Navarra no necesita ningún monumento de estas características para recordar que lo que sucedió en 1936 fue una masacre. Son muchas las familias de esta tierra las que sufrieron la desaparición y el asesinato de sus abuelos, padres, tíos, madres y hermanas, y ese recuerdo, esa memoria sin trampas, debería estar activada en las diversas instancias educativas, construida sobre las ruinas de la infamia. Una infamia que sigue todavía presente, por ejemplo, en numerosos e ilegales monolitos en cementerios en honor de los caídos por Dios y por la patria.

¿A qué esperan las autoridades para cambiar los manuales de historia donde apenas se detalla el horror del golpe de 1936 y el genocidio nacionalcatólico y carlofranquista?

Pero si se desea establecer hitos de la memoria que lleven, no solo a recordar lo que sucedió -a estas alturas solo los indiferentes ignoran lo que devino tras el golpe de Mola-, sino los nombres de quienes dieron por la República y por la libertad su vida, su familia o su dignidad, existen propuestas sencillas, como que los ayuntamientos colocasen en las fachadas de las casas del pueblo un recordatorio visible donde figurasen los nombres de las personas asesinadas de forma impune e ilegal por los requetés y los falangistas, con una leyenda elemental y sencilla: “Nunca más”.

Se quiere dar a entender que a Navarra le va a pasar como a los Lotófagos, que perdían la memoria comiendo el trigo de Zeus, la flor de loto. Aquí parece que si se derriba el monumento a los Caídos nos va a invadir una plaga de olvido que nos va a dejar con el encefalograma plano. Seguiremos igual que ayer, que hoy y que mañana. Con nuestras diferencias interpretativas sobre el pasado y el presente. Además, ¿qué necesidad tenemos de mirar a un edificio para recordar y odiar a golpistas y asesinos?

No es ético que una glorificación belicista e injuriosa contra las víctimas, que siguen en las cunetas, tenga sitio en el espacio urbano. Si lo tiene, es porque hay gente similar a la que lo construyó y mantuvo. Ese es el peligro al que nos enfrentamos de verdad.

Firman este artículo: Víctor Moreno, Pablo Ibáñez, Clemente Bernad, Fernando Mikelarena, Carlos Martínez, Carolina Martínez y Txema Aranaz Miembros del Ateneo Basilio Lacort

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