Montes, Mares, Pueblos y Gentes

Toubkal (Atlas, Marruecos) 4.167 metros

por juna L. Erce Eguaras - Sábado, 7 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

En dos ocasiones he ascendido esta montaña, a cual de ellas más divertida, ocurrente y también con sus dosis de aventura. En la primera de ellas nos acompañó Mohamed, un muchacho de Safi a quien habíamos conocido en la playa de Lalla-Fatna, donde estábamos acampados Asís, mi amigo de Donostia, y yo. El anfitrión marroquí logró tanta cercanía con nosotros, después de unos días en la orilla del Atlántico y con un incidente de peligro de ahogamiento de uno de sus amigos, que nos condujo a su casa, en lo más recóndito de la medina de Safi, una población de varias decenas de miles de habitantes con una abundante flota pesquera. Allí, tras pasar el umbral de la puerta de acceso, tan baja que había que agachar no sólo la cabeza, nos presentó a su madre viuda, Fátima, y a sus dos hermanas. Eran una familia muy humilde, que habitaban aquella casita sin apenas mobiliario;pero que derrochaban simpatía, acercamiento y curiosidad hacia nuestras personas. Nos mostraron nuestro aposento y fuimos a pasear por las calles concurridas y animadas de la ciudad. Más tarde volvimos y nos esperaban con la cena preparada, que degustamos todos juntos tras entregar a Fátima un vistoso ramo de flores que acabábamos de adquirir en uno de los puestos callejeros.

El caso es que, transcurridos unos días, Mohamed se apuntó a la ascensión al Toubkal, pero al ver la mole imponente desde una de las pequeñas poblaciones de su base, decidió, tal y como decía, alquilar una habitación y esperarnos hasta nuestro regreso. Aún antes, debo contar, habíamos realizado una travesía de dos jornadas a pie, desde Oukaimeden a Imlil, pernoctando una noche en una chavola en compañía de los pastores que por allí pasan con sus rebaños de ovejas y de cabras el periodo estival. De paso vimos una boda, cuyo cortejo iba de una aldea a otra, y nos invitaron a pasar a una casa de adobe con techumbre vegetal, donde nos ofrecieron pan, aceite de oliva y miel.

Bueno, mi amigo Asís y yo logramos cumbre en el día, desde la base de la montaña donde habíamos dormido la noche anterior en la tienda con Mohamed, a escasas horas de Imlil. Hay que puntualizar que normalmente se realiza la ascensión por esta ruta normal en dos jornadas, aunque lo hicimos así por falta de previsión. Lo más gracioso que quedó en mi memoria, aparte como es lógico de los paisajes soberbios y sobre todo del desierto del Sáhara desde la cumbre, fue una anécdota sucedida en el último refugio. Pedimos al guarda dos tés con menta y ni corto ni perezoso, sin mediar palabra y con cara de pocos amigos, nos encajó dos coca-colas. Además, Asís creyó escuchar campanas de una mezquita cuando llegaba a la cima, según me dijo después que yo tañía para animarle a superar el último tramo rocoso. Se quedó anonadado cuando llegó arriba y vio que no había ni campanas ni mezquita.

La segunda remontada la hice con Rubén y Fran, dos colegas de Echávarri y Riezu respectivamente. En aquella ocasión, tras la obligada visita a Marrakech y sus atracciones numerosas: comida callejera, pinchitos morunos, encantadores de serpientes adormecidas, y a un hammán, o sea un baño árabe, recalamos en Imlil. Allí nos ofrecieron monturas con insistencia para portar las mochilas, oferta que aceptamos gustosos tras regatear un rato. En una jornada alegre alcanzamos las inmediaciones del refugio, atestado de inmundicias, por lo que decidimos instalar la tienda a una distancia más que prudencial, junto a las aguas del arroyo que tampoco ofrecía mucha confianza. Después de una noche incómoda, sin apenas movimiento posible y con una humedad agobiante, amaneció el día y nos pusimos en ruta. Logramos cumbre sobre las cuatro de la tarde, sin apenas encontrar algún montañero más por las inmediaciones. Descendimos por valles encajonados, aldeas perdidas, acompañados de niños, observando a mujeres vistosas, junto a mulos estoicos, entre risas y recuerdos de nuestra última vivencia y con el deseo de pasar la siguiente noche de la forma más cómoda y placentera.