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Hora punta

Recorremos la calle Estafeta durante el tiempo del vermut en el primer fin de semana
Aglomeraciones puntuales y una densidad de viandantes holgada

Daniel Burgui Iguzkiza Unai Beroiz - Domingo, 8 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Momento de máxima aglomeración durante el sábado a mediodía en la calle de la Estafeta.

Momento de máxima aglomeración durante el sábado a mediodía en la calle de la Estafeta. (UNAI BEROIZ)

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Momento de máxima aglomeración durante el sábado a mediodía en la calle de la Estafeta.

pamplona- Cada vez que llega el primer fin de semana de las fiestas de San Fermín existe un rumor entre los pamploneses, un temor casi primitivo de aquellos tiempos en los que algunas calles aún tenían adoquines en los que quebrarse un tobillo y las aceras bordillos en los que tropezarse: “La ciudad va a estar petada”, “no se puede andar por ningún lado”, “no ves el suelo”... estos y otros chismes sobre aglomeraciones, asfixia y orden urbano recorren el imaginario colectivo todos los años. Dicen que durante días como el de ayer -un sábado 7 de julio- la ciudad puede llegar a quintuplicar su población. Esta aberrante afirmación haría suponer que dentro del escaso medio kilómetro cuadrado de superficie (unos 450.000 metros cuadrados) que tiene nuestro circunspecto recinto amurallado tendríamos que embutir a un millón y pico de viandantes, esto es casi tres personas por metro cuadrado y ponernos en una densidad de población digna de ciudades como Dhaka, la capital de Bangladesh;una de las urbes más abarrotadas y con más “esencia humana” del planeta, unos 23.000 habitantes por kilómetro cuadrado.

La realidad es que los fines de semana ya no son lo que eran, los últimos años ha bajado el número de visitantes y la sensación generalizada es de cierta holgura en las calles. Pero la pregunta clave sigue siendo “¿cuánto es mucha gente en Sanfermines?”.

A falta de otro método científico, elaboramos un sencillo ejercicio de observación: tomamos una muestra de la ciudad, un lugar representativo por concurrencia de gente y demanda de vía pública en un momento clave que debería ser el más atestado en este momento y de estas fiestas. Así pues, recorremos la calle Estafeta en lo que sería la hora punta diurna: el vermut, entre las 12 y las 14 horas.

Arracamos en la esquina de Estafeta con Duque de Ahumanda, en el bar Txirrintxa, donde pedir una caña de cerveza nos demora aproximadamente 6 minutos y 30 segundos. Una hora más tarde, pedir una caña en un bar de Navarrería se dilatará en el tiempo más de 9 minutos. Para acercarnos a la barra esquivamos a un grupo de visitantes de Funes y una despedida de solteras vascofrancesas. A unos les delata el escudo de su villa y a otras el lema “Mariage Christinne et Ross” que llevan sobreimpresionados en sus pañuelicos rojos.

Desde ahí hasta la esquina del bar Fitero caminar por la calle es relativamente sencillo. Hilamos los pasos sin interrupción por amplios huecos, permitiéndonos pasear a un ritmo digno sin agobios. Desde aquí hasta el bodegón Sarria la densidad de viandantes comienza a espesarse. De pronto, un vendedor de gorros ambulante. Un hombre come un bocadillo en cuclillas. Agachado, escondido. Cruzamos dos sillitas de bebés, un globo de un unicornio tropieza en nuestra cara, una simpática gitana nos quiere vender un ramillete de romero -driblamos su obsequio y nos quedamos solo con su piropo-, aprovechamos que un grupo de txistularis se abre paso entre la muchedumbre para seguir su rebufo y ganar metros más rápido.

Es al llegar a la peña Muthiko Alaiak donde sí observamos ya la fatídica proporción de 3,2 personas por metro cuadrado. Este es uno de los puntos de máximo apelotonamiento. La calle da un respiro y se desahoga hacia la Bajada de Javier. Mientras una riada de gente sube para la Plaza del Castillo, otro flujo humano se precipita hacia Calderería.

Circunstancialmente, a la altura del Mesón Pirineo tropezamos con una delegación de políticos, entre ellos la presidenta de Navarra, Uxue Barkos, y el consejero de Cultura del Gobierno Vasco, Bigen Zupiria, que previamente habían asistido a la final de pelota en el frontón Labrit. Desde aquí hasta el restaurante de Alex Múgica sufrimos el embotellamiento y el gentío más intenso. El resto de la calle Estafeta discurre hasta casi el cruce con Mercaderes alternando espacios.

Finalizamos el recorrido: cruzar los 250 metros de la principal arteria de la ciudad nos ha demorado 8 minutos y 35 segundos. Un ritmo de paseo de 1,6 kilómetros por hora, tan solo la mitad de la media a la que camina un ser humano. La hora punta no es tan agobiante ni estresante. Conclusión: la ciudad no está tan imposible.