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Años de mucho, vísperas de nada

Por Patxi Barragán - Lunes, 9 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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con los Escolares por la calle y con la que estaba cayendo hasta el más optimista de los humanos pensaba que algo sonado podía pasar en la segunda matinal pamplonesa. Los toricos avileños llevaban sobre sus espaldas ese estigma tan anecdótico de sus tres anteriores presencias en nuestras calles de hacer la guerra por su cuenta y dejando a su paso ocho chavales con las carnes perforadas por sus pitones. Y es que, como apuntaba el año pasado el ganadero José Escolar, “mis toros son imprevisibles y listos, con mucho sentido y capacidad de responder a cualquier estímulo”.

Si a eso añadimos la cantidad de agua que estaba cayendo nos juntábamos, a priori, con un cóctel peligroso que ni pastores, mansos o antideslizante iban a poder superar.

Además, domingo.

Y se supone que mucha gente.

Pues va y resulta que nada de nada. Y eso que el inicio tuvo suspense porque desde que se abrió el portalón de Santo Domingo y los bichos se asomaron a la calle -con un toro en cabeza, por cierto- pasaron unos segundos de incertidumbre que parecían presagiar imágenes de tiempos pasados cuando algún Escolar pasaba de sus hermanos y decidía ir por libre a conocer el maravillosos casco antiguo pamplonés.

Luego todo salió a pedir de boca y cuando los sesudos periodistas ya se (nos) frotaban (frotábamos) las manos pensando en titulares grandilocuentes para encabezar sus crónicas, se quedó todo en agua de borrajas (por utilizar un símil que tenga relación con el líquido elemento). Así que nada de “Llueve sobre mojado”, “Nunca llueve a gusto de todos”, “A Noé le vas a hablar tú de la lluvia” y cosas de esas. Tampoco se podía utilizar el recurso estudiantil de “Suspenso escolar”, “No se sabían la lección” o “Escolares sin estudios” (ahora que recuerdo, éste lo utilice en esta misma columna el 11 de julio de SF2015) porque fueron dos minutos y cincuenta y dos segundos relativamente plácidos. O todo lo plácidos que pueden ser ciento setenta y dos segundos por las calles de la ciudad con seis toros que van a galope tendido en un ambiente totalmente hostil para ellos.

Tan solo uno de los dos cinqueños del grupo, Sentido I, un cárdeno bragado que había dado en la báscula 560 kilos de peso, quiso poner un poco de picante. Se resbaló cuando ya Santo Domingo llegaba a su fin y la torada embocaba la plaza Consistorial. Lejos de seguir la estela que marcaron en 2015, 2016, 2017 Curioso I, Cuentacuentos o Diputado dándose la vuelta, arreó para no perder de vista a sus congéneres (estoy seguro de que alguno ya pensaba que iba a poner la manada, pero dejé muy claro en mi primera columna que esa palabra estaba vetada) y galopó en solitario por Mercaderes y la Estafeta hasta llegar a la plaza con total nobleza, permitiendo a la chavalería correr junto a él sin sobresaltos y sustos mayores que los que te pueda dar tu entidad bancaria cuando te explica las comisiones que te han aplicado.

Aún le dio tiempo antes de enchiquerarse de revolverse un par de veces. Supongo que para que no se enfriasen los de los capotes (ya saben aquello de “dejen trabajar a los dobladores”), por las fotos o por esa orgullosa huella tan imprevisible que caracteriza a este hierro.

Aprobados.

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