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Domingo de resurrección

La muchedumbre del sábado deja un ostentoso rastro de mugre y del barrillo nocturno resurge la ciudad

Un reportaje de Daniel Burgui Iguzkiza - Lunes, 9 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Varios visitantes duermen en la estación de autobuses de Pamplona, el domingo por la mañana.

Varios visitantes duermen en la estación de autobuses de Pamplona, el domingo por la mañana. (Javier Bergasa)

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Varios visitantes duermen en la estación de autobuses de Pamplona, el domingo por la mañana.Dos jóvenes, agotados al amanecer.

PAMPLONA. Miroslav Radman es un prominente biólogo franco-croata. Apunten su nombre. Hay que invitarle a los próximos Sanfermines. Coja también un cuaderno y anote detalladamente Deinococcus radiodurans. Es el nombre de una bacteria. Uno de los organismos conocidos más resistentes del planeta: puede sobrevivir en condiciones de calor, frío, deshidratación, vacío y ácido. Si usted caminó, bailó y festejó ayer o antes de ayer por las calles de Pamplona, quizás tenga alguna Deinococcus radiodurans agarrada en la suela de la zapatilla. No se preocupe: son inofensivas.

Aún ayer a mediodía dos operarios de Limpiezas Iraola-Arteta, junto con esforzados trabajadores de la Mancomunidad, estaban desciegando una arqueta en mitad de la calle Pozo Blanco. Inquietante ironía: el pozo distaba mucho de ser blanco. La calle estaba aún anegada de mugre. Habían metido una manguera directamente en el orificio y como en uno de esos pozos de petróleo del desierto tejano, salía a borbotones una pastuza negra y densa: el barrillo de la noche licuado, aguado por las lluvias de la tormenta matutina y fermentado unas horitas de sol en la calle. Es esa magnífica pasta: el engrudo que deja el primer fin de semana de San Fermín en nuestras calles. El hedor era intenso. Excedía lo que consideramos como aroma sanferminero (esa mezcla tradicional de vinurcio, cerveza y orín) y era la más intensa de las podredumbres. Sin embargo, esto no es nada nuevo. Ahí, ahí, es donde se abre paso el maravilloso milagro de la vida.

Los Sanfermines se repiten en un bucle sin fin, sus efectos y sus historias también. Cada año que comienzan las fiestas en jueves o en viernes, soportamos un sábado de destrucción de la ciudad, a la que sigue un digno domingo de resurrección. Casi un segundo chupinazo y reinicio de las fiestas.

Los visitantes, faltos de hogar, agotados y derrotados se envuelven en sus propios sudarios. Encuentran improvisados sepulcros, lo mismo en la estación de autobuses, que en jardines, recovecos y esquinas. Sus camisetas son sus únicas sábanas santas, en las que los corronchos de vino y manchas diversas lo mismo dibujan también la cara de Jesucristo. Mientras ellos se marchan, la ciudad se queda "para los de casa".

Pasado ese trance de la cochambre matutina, el "domingo de resurrección" es un día de ambiente básicamente familiar. Se pueden ver a padres y madres (algunos sufren también los daños colaterales de la primera corrida de toros) que además de seguir a la comparsa de gigantes se esfuerzan en entretener a sus pequeños. No solo se renuevan los mayores, también los niños. Por ejemplo, en la segunda edición del Birjolastu, el espacio de juego de la Taconera para niños de 0 a 12 años vinculado al reciclaje que estaba ya ayer desde primera hora de la mañana muy concurrido. Lo mismo las barracas, el Kirol Ari de la Media Luna o los hinchables de la plaza de la Libertad. Allí es otro lugar donde las energías se agotan y se renuevan. De una forma más sana.

¿Y qué pasa con Miroslav? El biólogo Miroslav Radman es uno de los pocos científicos que ha teorizado sobre el proceso de resurrección de un ser vivo, en concreto de esta citada bacteria –la Deinococcus radiodurans–, que una vez muerta, pasadas unas horas vuelve a la vida.

Desde que se descubrió esta bacteria en el año 1956, numerosos científicos han tratado de hallar las claves que permiten a este organismo recomponer sus cromosomas hechos pedazos cuando su material genético ha sido destruido por completo. Miroslav afirma haber comprendido los mecanismos de la resurrección de la carne (literalmente porque la bactería en cuestión se descubrió después de que varios científicos bombardeasen en un laboratorio de Oregón con radioactividad unas latas de carne en conserva). Aquí aún queda otro fin de semana por delante y cuando nosotros desaparezcamos, otros y otras nos sucederán. ¡Aupa Miroslav!


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