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Gavilán o paloma

Por Patxi Barragán - Jueves, 12 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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Corría el año 1985 y yo ya llevaba un tiempo tonteando con María Luisa, la que hoy es mí mujer (sí, sí a pesar de todo llegamos a casarnos y sigue aguantándome). En ese año, el mejicano José José compuso la balada romántica titulada Gavilán o Paloma que, por estas tierras, popularizó veinte años después un gallego de melena rubia y bigotes interminables llamado Pablo Abraira.

El resumen de este hit es un tipo que quiere y no puede. Va de machito y al final se raja: “Pobre tonto, ingenuo charlatán, que fui paloma por querer ser gavilán“.

Pues va y resulta que los de Núñez del Cuvillo también tenían su particular Gavilán. Un cuatreño de 520 kilos, precioso de estampa, marcado con el número 82 en los costillares y que, dentro de la terminología taurina se definiría como castaño claro, bragado, corrido y axiblanco.

Ni más ni menos.

Con todo eso a sus espaldas, lo normal es que hiciese llamativo. Cuando apenas quedaban siete u ocho postes del vallado para llegar al callejón de la plaza, Gavilán perdió las manos y se fue al suelo en un barullo de toros, mansos y chavales del que le costó levantarse a pesar de los ingentes esfuerzos de varios corredores mostrándole diferentes estímulos en la cara y agarrándolo de la cola (yo si tuviese rabo me levantaría ipso facto porque me imagino que tiene que ser harto molesto que un tipo te lo coja, lo estire y lo retuerza como si no hubiese un mañana). Entre eso y los varios paseítos que se dio por el albero pamplonés haciendo que los dobladores se ganasen sobradamente el almuerzo de esa mañana, retrasó cincuenta y seis segundos el exploto del cuarto de los cohetes que avisan a la ciudadanía de la peripecia taurina que se vive en el casco viejo todas las mañanas entre el 7 y el 14 de julio durante unos minutos.

Por cierto que cada vez menos minutos porque a pesar de las peripecias de Gavilán (al final, como en la canción, mucho ruido y pocas nueces) los toricos de Vejer de la Frontera aceleraron como alma que lleva el diablo y otro encierro más -van cinco y ya empezamos a descontar porque quedan menos por correr que corridos- que se finiquita sin llegar a los tres minutos.

Si además tienes un hermano de camada que limpia la Estafeta él solito por delante del resto de la torada y obliga a los demás a ir con la lengua fuera para seguir su estela, se explica más fácilmente la velocidad de crucero de los morlacos gaditanos. Y es que Tramposo, uno de los dos astados jaboneros -el marcado con el 212- que traía a Pamplona Álvaro Núñez metió un tranco largo desde la zona de los antiguos Almacenes Unzu (¡qué tiempos aquellos cuando no existía el iPad, Instagram o Uber y lo más moderno eran las escaleras automáticas de ese afamado comercio local!) y se enchiqueró en dos minutos y cuatro segundos. Eso sí, empujando constantemente con los riñones, apartando con la pala de sus cuernos a quien entorpecía su camino y sin lanzar un mal derrote. Más o menos como hicieron el resto de sus hermanos.

Nobleza absoluta para un hierro cuyo comportamiento en el encierro suele ser sinónimo de peligro en forma de cornadas (siete agujeros en ocho apariciones por aquí, si no me fallan los datos) y de velocidad (apenas sobrepasan los ciento cincuenta segundos en sus últimas galopadas) . Lo primero, lo obviaron y lo segundo lo cumplieron. Normal, porque estos también son de los que vienen a la feria con entrenamiento invernal por delante.

Y aún pudo ser más rápido si no llega a ser por el gatillazo de Gavilán.