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A paso de banderillas

El dulce dolor de la despedida

Por Lázaro Echegaray - Sábado, 14 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

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todo funcionó a las mil maravillas en la tarde de ayer. Lo primero la corrida de Jandilla, bien hecha, con movilidad, encastada, portándose en el caballo, entregados en las muletas con más o menos intensidad, pidiendo toreo por abajo y permitiendo triunfos. Por otro lado los nombres del cartel, atractivos a más no poder para toda clase de condición taurina. Por último, pero quizás lo más importante, la despedida de Padilla que puso a la plaza patas arriba, todos, ellos y ellas, coreando el nombre de su ídolo. Qué difícil tiene que ser abandonar la profesión de uno cuando una plaza entera le grita al unísono que no se vaya, que se quede, y en el esportón relucen tres orejas. Padilla dio a su público lo que éste pedía: ese toreo que tiene dentro, que puede gustar o no pero que le ha llevado a ponerse en donde se ha puesto. Largo en el primer tercio, con un repertorio emocionante, efectivo de muleta en donde también sabe adornarse y levantar al respetable. Ayer, además, Padilla estuvo especialmente bien con el magnífico cuarto al que toreó a placer, con la mano muy baja, pudiendo y dominando, ligando series cuajadas.

Había además en el cartel esa variedad de estilos: Padilla bullicioso, Cayetano suave y estilista, Roca Rey repartiendo valor y dominando con mano de hierro. El peruano no se amilana, busca una puerta grande en cada festejo y si el ídolo del lugar había cortado tres orejas a sus oponente, pues él, de quien se dice que es el futuro, no iba a ser menos. Y en medio de ambos ciclones, porque cómo negar que Roca es otro ciclón, la torería añeja y el toreo perfumado que ayer dejó Cayetano. Así pues, hubo tres ídolos en el redondel y tauromaquias para todos los gustos.

Fue una gran tarde de toros, una tarde estupenda para despedirse, si es que alguna tarde lo es. Visto lo visto, la reacción del público, el cariño mostrado hacia Padilla y el que Padilla ha mostrado por Pamplona, uno no puede dejar de pensar en un pasaje shakespiniano: La despedida es tan dulce pena… Tal y como se dieron las cosas, seguro que si por él fuera, Padilla hubiera estado despidiéndose hasta que amaneciera.