Fermintxo y yo

Por Bitor Abarzuza Fontellas - Sábado, 14 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

I. Torito Fermintxo. Es pequeño y abundante, como un cabritillo, tan tierna su carita de juguete y tan trasero inquieto, que parece querer decir: vamos, saltemos, coceemos y gocemos del prado allá a los lejos. Dos canicas negras de cristal sus ojos, envidia de las inquietas libélulas azules, donde se esconden los secretos de los padres de Fermintxo, heredados de los padres y madres de sus antepasados. Mosquitos y tábanos zigzaguean alrededor de su carita, como queriendo atrapar sus sueños y pensamientos... Me pregunto si sus ojos no tendrán memoria, pues se queda mirando al horizonte Fermintxo, como si la tuvieran;el recuerdo de los primeros antepasados, del Uro, más allá de las niñas de sus ojillos.

Pasta en el prado y corretea de vez en cuando hacia mí, como incitándome a acompañarlo en sus juegos. Se acerca hacia los dos árboles gemelos que mecen el columpio invisible, donde me escondo y sueño, mientras la gente me busca, asustada, creyendo que me he perdido. A veces, se queda allí, comiendo tranquilo y cuando intento rascar su trasero, se reposa como un gato que ronronea y campanea la cola de contento. Otras veces, cuando le das una cariñosa palmada en el lomo, su piel estornuda una pequeña polvareda de tierra rojiza y huye trotando alegremente.

II. Noches de pesadillas rojas. Es libre, no es de nadie Fermintxo ni hace daño a nadie. Es negro como la piedra redonda de la playa bajo el sol húmedo, acarbonado. En ocasiones, cuando está dormido parece que sueña, porque su cuerpecillo algodonado tiene como pequeños espasmos. En sus sueños es capaz de volar y tan largos son sus saltos como los de la pulga, por lo menos desde el fardo de paja que cuelga de la polea hasta el suelo;con las cosquillas pajareando en su barriga.

Pero Fermintxo, en ocasiones, también tiene sueños rojos. Sueña hacerse cada vez más grande y fuerte y que lo lanzan al sol que quema en una gran cuadra cuadrada, donde le pinchan, le arponean dos veces y le clavan una lanza afilada en la espalda;le cortan y lo rasgan, y grita y llora, hasta que una espada lo atraviesa de lado a lado y siente el desgarro de su piel por dentro, y gime y llora, aturdido, va muriendo envuelto en un dolor intenso entre una andanada de aplausos. Fermintxo recuerda, cuando era más pequeñito, que las madres y los padres les gritaba (¡asesinos!, ¡asesinos!) a los hombres que se llevaban las vaquillas de las chabolas y se escondía en el regazo de su madre.

Fermintxo teme a la noche roja, a su agonía, miedo al miedo... y yo intento mecer su inquietud, queriendo calmarlo, le susurro palabras de alfalfa, le hablo de moras y frambuesas, de hierbas muy frescas y muy verdes, de tiernas terneras de largas pestañas que velan sus sueños..., hasta que se tranquiliza y se siente a salvo, en paz. Cuando Fermintxo llora no parece toro, parece burrito zamorano, pues sus orejas son largas y graciosas;incluso parece gato mimoso y zalamero, de querer abrazos y rascaricias, como mete su morrito debajo de mi mano.

Aplausos, risas, gritos, jaleos lanzados a costa del sufrimiento... ¿Cómo podríamos interpretar todo eso en el lenguaje humano? ¿Los malos tratos que os infringen no dañan la dignidad de los humanos? ¿Hacer legítima la crueldad no es insultante para la familia del planeta? ¿Es una cuestión de gustos? ¿De libertad de elección? ¿Tan poco valéis los animales que merecéis tan semejante trato desagradable? ¿Cuándo será la justicia más compasiva, menos salvaje y más civilizada, más empática con los seres de la Tierra? ¿Tiene la muerte de nadie en una plaza de toros algún aspecto positivo? Pobres de nosotros, animales humanizados por la “cultura”, y pobre de tí, Fermintxo, domesticado por la fuerza.