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Sucederá tal día como hoy: 15 de julio de 2098

Por Txus Iribarren - Domingo, 15 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Ilustración: J.J. Aós

Ilustración: J.J. Aós

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Ilustración: J.J. AósTxus Iribarren.

R oy Batty, el replicante de Blade Runner (1982) creado por Ridley Scott también se adelantó a su tiempo muchos años. El diálogo final de su película, ambientada en 2019, ha pasado a la historia de la filmografía: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”, decía este robot que empezaba a tener sentimientos. Aunque en 2098 el ser humano, aún no se había atrevido a enviar máquinas con inteligencia artificial a Iruña porque sus circuitos podrían quemarse ante la dinámica surrealista e improvisada de la fiesta, sí se colaron varios replicantes procedentes de otros planetas que devolvieron a sus bases grabaciones similares a las de la película de Scott. “Estos días en Pamplona he visto cosas que no creeríais. He visto cómo una ciudad se transformaba en cuestión de horas de una urbe tranquila y gris el día 5 de julio hasta conformar una olla a presión multicolor que estallaba en fiesta horas después. He sentido ese hormigueo y vacío en el estómago mirando el cielo azul a las 12 del mediodía del 6 de julio pensando en otros replicantes que ya fueron desactivados. Me he dejado contagiar de esa alegría colectiva y euforia que se desparrama por las calles a partir de ese momento con humano y humanas abrazándose, saludándose, bebiendo, viviendo, cantando, bailando como impulsados por baterías de litio. He escuchado el sonido silencioso de los toros en la penumbra vespertina de Santo Domingo al subir desde el puente de Curtidores en lo que esta gente llama el encierrillo. He visto al día siguiente a habitantes de este planeta correr a escasos centímetros de las astas de minotauros jugándose la vida como si fuera lo más normal de la galaxia. He olido, no obstante, el miedo en el ambiente al paso de los astados. Me he dejado llevar por la música pegadiza de la Pamplonesa en un intermibable Riau riau y en unas dianas locas del día 7. Me ha parecido ver un tipo con una rastra de ajos colgada del cuello, como venido del satélite Recoletas o perdido en el túnel del tiempo. He notado cómo todo el dinero que me dieron para esta misión espacial se me iba en pocos días comprando gorros y diferentes utensilios inútiles pero que me los he puesto en la cabeza sin alterar mi microchip. He saboreado veinticinco líquidos diferentes que han sido procesados con cierta dificultad por mi disco duro interno al recalentarse con treinta chulas de jamón de Orion, 34 huevos de neón y 22 kilos de ajoarriero sideral. He presenciado preciosas historias de amor bajo el cielo de los fuegos artificiales y abrazos matinales cerca del vallado del encierro despidiendo una noche con aurora boreal. He visto humanoides generosos que invitaban y sacan rondas para todos, sean de su planeta o de la luna vecina, que reían y hacían bromas como no sucede en el resto del año. He intuído el miedo, la emoción e ilusión en los ojos de miles de pequeños terrícolas subidos a hombros de sus progenitores mientras seguían los pasos de unos enormes robots movidos por la energía de gaiteros y txistularis. He confirmado cómo el track diseñado desde mi base espacial para la incursión en el planeta se desconfiguraba a la quinta vez que me topaba con terrícolas o replicantes -ya uno se confunde- desconocidos pero que se han convertido en amigos de toda la vida tras invitarnos a varias rondas. He comprobado cómo el punto de encuentro para la salida de Matrix iba cambiando de calle y de bar conforme avanzaba el día. De la noche ya ni me acuerdo. He visto a miles de personas comer, beber, cantar, bailar y ser felices durante casi tres horas en el tendido de sol de la Plaza de Toros. He gozado mirando a unas enormes figuras bailar y girar como si fuera un ballet. He escuchado músicas de todo tipo en la calle y espectáculos improvisados en cada esquina por los que hubiera pagado miles de nexus en otras galaxias. He sabido que no hay escafandra con mayores superpoderes que el pañuelo, la camiseta y el pantalón blanco sujeto con una faja a la cintura, indumentaria con la que es posible casi gravitar a varios centímetros de los adoquines, si aciertas al seguir el paso de una txarangas detrás de la pancarta de una peña. He visto cómo otros seres vestidos también de blanco le pegaban manotazos a una esfera de material duro contra la pared de un lugar que llaman Labrit mientras el público del frontón les animaba en las gradas. He visto cómo la ciudad se reiniciaba cada día una y otra vez en un complejo puzzle para organizar el encierro matutino implicando a miles de personas para que todo saliera bien. Me he subido en un primario aparato con luces que daba vueltas en un eje hasta lograr unas vistas sobre la ciudad que no tienen nada que envidiar a las que se disfrutan desde el anillo de Júpiter. He visto miles de velas y las caras de pena el último día. Y todos estos momentos se perderán como lágrimas en el Pobre de mí hasta que podamos reivirlos juntos y juntas el año que viene. ¡Ya falta menos para 2099! Gora San Fermín! El futuro ya está aquí.”