A la deriva

Por Ilia Galán - Lunes, 16 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

en esta lata vamos hacinados como ganado entre los vómitos que unos u otros expulsan por causa del mareo. Sí, lo sé, somos un grupo humano a la deriva en el Mar Nuestro, que mis maestros me lo enseñaron, pero para muchos solo somos números, una masa informe y oscura: nuestra piel es negra y en la noche de los temores se confunde con lo que en Europa, la Tierra Prometida, de nosotros imaginan. Ya me lo habían dicho mis compañeros, que no era ni tan fácil ni tan bonito, pero la desesperación siempre fue enorme acicate. Soy uno de los pocos que pudo disfrutar de unos estudios en la universidad, pero para nada me sirvieron en las peleas tribales que luego siguieron... Fui profesor como una estrella fugaz y uno de los pocos que en castellano hablar pueden. Aquí me veo rodeado de muchos que no sé luego que harán, vender por las calles, ir a los campos a cultivar, ¿acaso el robo o la mendicidad?

Nuestra nave, rechazada por Malta e Italia, fue acogida en la caritativa España. Las noticias que me han transmitido dicen que la alcaldesa (¡mujer!) de Madrid casas nos ofrece. Son tan ricos... Pero bien sé que la vivienda es carísima para ellos y que muchos de ella carecen... Nos envidiarán por ello;lo mismo ocurre con los puestos laborales, no todos tienen. Dicen que cada día llegan setenta y cinco inmigrantes a España, a la mayoría luego se les expulsa con grandes gastos: aviones, policía, trámites... En la fría Alemania pelean entre sí por nuestra causa y las de otros pueblos que ir allí a aposentarse quieren, pero hay broncas también entre italianos y franceses, y Bruselas habla de endurecer las medidas para defender la Unión Europea de nuestra presencia. Somos para ellos la gran amenaza. Si nos dejaran, es verdad, iríamos allí millones. Basta ver las imágenes de los que ya de los nuestros ahí viven, libres, algunos con trabajo y en unas sociedades envidiables, también lo vemos por medio de los televisores o los ordenadores.

Hemos tenido suerte de que no nos remolquen al puerto del que partimos, pero somos una ciudad de desesperados que en el mar anegarse puede y eso no puede tolerarse, también tenemos alma y sentimientos de esperanza. Preferiría que mi país fuese gobernado por una de esas grandes potencias y no por nuestros corruptos y feroces señores, mucho más podridos que lo que dicen de italianos o españoles. Finalmente, en Valencia nos han aceptado, Dios sea alabado, son buenos cristianos. Quizás mi familia llegue entonces este verano, con buenos amigos, en el próximo barco.