Javier Moro | escritor

“La esencia de Hollywood no ha cambiado;es una sociedad llena de tiburones”

Antes de que Banderas o Cruz llegaran a la meca del cine, Conchita Montenegro ya la había conquistado en los años 30. Javier Moro lo cuenta en 'Mi pecado', Premio Primavera

Una entrevista de Ana Oliveira Lizarribar | Fotografía Iñaki Porto - Martes, 17 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Javier Moro, hace unos días en Pamplona.

Javier Moro, hace unos días en Pamplona. (IÑAKI PORTO)

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Javier Moro, hace unos días en Pamplona.

PAMPLONA- Creo que supo de la existencia de Conchita Montenegro hace unos diez años, pero ha aguardado hasta ahora para contar su historia.

-Los proyectos a veces llegan por carambolas. La primera vez que oí hablar de esta mujer fue hace muchos años, a través de mi padre, que me contó algo, pero muy poco, y la conocí más de la mano de un amigo, José Rey, que fue el último que la entrevistó. Más tarde, Cristina Morató también se la cruzó cuando escribió un libro sobre Lola Montes y me dijo que era un personaje que me iba muy bien. Así que, de repente, como andaba buscando tema para mi próximo libro, se me juntaron todas esas ideas en la cabeza, empecé a tirar del hilo y me pasó un poco como conPasión india, que a través de los ojos de una española se descubre todo un mundo. En este caso, cómo era Hollywood en los años 30, cuando allí se reunió una comunidad de artistas españoles de la que tampoco se había escrito apenas... Pero, sobre todo, la historia de esta mujer me venía dada;es que es de novela, con espías, con Leslie Howard, el famoso actor, enviado por Churchill para hablar con Franco... Ni una película puede recoger la vida de esta mujer;si me la hubiera inventado, nadie me habría creído.

¿Qué elementos tiene que tener una historia para que se fije en ella?

-Yo siempre me fijo en que tenga un buen final. Tienes al lector viajando durante quince o dieciséis horas, que es lo que se tarda en leer un libro, y no quieres decepcionarle. También necesito buenos personajes con sus contradicciones, a los que se les pueda palpar la humanidad. Y luego, que la historia sea interesante, por supuesto.

Y esta historia, además, le dio la alegría del Premio Primavera.

-Sí, el premio fue una alegría, pero es que, además, me divertí mucho escribiendo esta historia. Yo viví en Hollywood cinco años y para mí ese mundo no era nuevo, conozco el percal, fue más fácil hacer la investigación, tenía fuentes en las que basarme, sabía adónde ir, dónde preguntar. Y ha sido un gusto descubrir todas las anécdotas que he descubierto, como, por ejemplo, que John Huston mató, conduciendo borracho, a la mejor amiga de Conchita Montenegro.

Y, como ya ha comentado, la cantidad de españoles que había allí en los años 30.

-Muchos. En el año 30 inventaron el cine sonoro y hubo un intervalo entre ese momento y la invención del doblaje en el que Hollywood no quería perder la cuota de mercado que tenía en todo el mundo con el cine mudo, así que hacía varias versiones de la misma película. Usaban el mismo decorado y vestuario, el mismo guión, pero traducido, y con distintos actores. Primero llegaba el equipo americano, luego el francés, luego el español, el polaco, el alemán, etcétera. Contrataron a actores y actrices que eran famosos en sus respectivos países, pero esto solo duró cinco años, porque cuando se inventó el doblaje se desmanteló y cada cual volvió a su casa. Entre los españoles estaban Luis Buñuel, Edgar Neville, con el que Conchita tuvo una tórrida historia de amor, Jardiel Poncela, Ladrón de Guevara...

Y les invitaban a todas las fiestas.

-Allí se formó un ambientazo. Formaron su pandiy, además, como Edgar Neville estaba muy integrado socialmente, conseguía que les invitasen a todas partes. Por ejemplo, Conchita pasó la Navidad de 1931 en el magnífico castillo que William Randolph Hearst tenía en San Simeón. Y Chaplin siempre tenía su casa abierta para los españoles. Allí iban los domingos y le hacían un cocido, por ejemplo. Su presencia giraba muchas veces en torno a la comida. A veces se reunían en la playa y uno llevaba tortilla de patatas, otro empanadillas, otro croquetas... También se iban a ver a Uzkudun, viajaban a Tijuana... Aquellos años fueron un paréntesis en sus vidas. Más tarde, cuando tuvieron que volver a España en el 35, se encontraron en un país al borde de una guerra civil.

La novela cuenta la vida de Conchita entre los primeros 30 hasta 1943, pero arranca al final, ¿por qué?

-Porque es un momento clave en la vida de Conchita Montenegro. En el 43 se da cuenta de que le ha salido una arruga, de que el tiempo pasa y se hace las preguntas que se hacen las actrices a medida que cumplen años, sabiendo como saben que sus posibilidades se van reduciendo. Es un momento en el que debe tomar una decisión: o sigue en su mundo o toma otro camino. Entonces se encuentra con un hombre, Ricardo Giménez Arnau, del que se enamora y que se convertirá en su marido.

Es un momento de conflicto personal para Conchita, pero también es el momento en que se activa el plan del espionaje británico.

-Así es. Es el momento en que los servicios estadounidenses y británicos empiezan una operación que consistió en enviar a Leslie Howard a España y que comenzó con una proyección de Lo que el viento se llevóen el cine Avenida de Madrid organizada por la embajada americana. A aquel pase asistió la flor y nata de la sociedad, incluido el obispo de Madrid, que era íntimo de Franco, al que le recomendó ver la película. Este la vio en una sesión privada en el Pardo y ahí se dio cuenta de quién era Leslie Howard, precisamente la persona que Churchill envió meses más tarde para hablar con él y conseguir la neutralidad de España en la Segunda Guerra Mundial.

Leslie Howard también era el amante de Conchita Montenegro.

-Sí. Conchita estaba acostumbrada al éxito desde muy pequeña. Era muy pizpireta, muy sexy, elegía a los novios y los dejaba con la misma facilidad, bailaba y cantaba muy bien... Gustaba mucho. Hasta que se encontró con Leslie Howard, del que se enamoró hasta el tuétano. Él era mucho mayor que ella, estaba casado y tenía dos hijos y ahí es cuando Conchita sufre. Se encuentra prisionera de su historia de amor y no sabe qué hacer. Decidir le costó mucho y la hizo madurar;se convirtió en una mujer más cauta y cerebral. También él cambió. Era un actor muy preocupado por su carrera y acabó siendo un héroe de guerra. Era judío húngaro y se entregó en cuerpo y alma a la causa de los aliados. Fue de los primeros que alertó en Estados Unidos de lo que estaba sucediendo con los judíos en la Alemania nazi y pidió la intervención mucho antes. También produjo las primeras películas en las que se denunciaban los campos de concentración.

Ha leído muchos libros, pero sobre todo ha mantenido muchas conversaciones para escribir este volumen.

-He hablado con gente que conoció a Conchita y a Ricardo cuando eran diplomáticos;con familiares, con otras personas. He intentado acumular la mayor cantidad posible de información. Por eso busqué también en los archivos de la Cinémathèque francesa, en Beverly Hills... He conseguido las entrevistas que ella concedió a la entrevista Cinegramas antes de la época del silencio, donde habla de lo que le gustaba volar, por ejemplo.

¿Es muy diferente el Hollywood de los 30 del que conoció Javier Moro?

-Sí y no. Ha cambiado la forma de hacer cine, pero la esencia de Hollywood no ha cambiado nada. Bajo esa apariencia de que todo es divino, con esas avenidas de palmeras y piscinas color turquesa, es una sociedad llena de tiburones. Allí vales lo que vale tu última película. Si tienes éxito te invitan a ciertas fiestas y si no, no. Allí va gente de todo el mundo a intentar jugar su baza y la competencia es bestial. Por eso hay tipos como Harvey Weinstein, porque allí hay personas con mucho poder y, a la vez, personas desesperadas por tener 15 minutos de fama. Mientras que esto siga así, siempre habrá alguien que abusará.

¿Se cansó?

-Me gustó los tres primeros años, pero luego me cansé porque, como digo, o tienes éxito enseguida o es una tortura. Y como escritor no eres nunca el dueño de lo que escribes y siempre estás dependiendo de la opinión de los demás. Es tan caro hacer una película que todo el mundo se cree con derecho de opinar.

En el caso se Conchita, sorprende que decidiera borrar su rutilante pasado.

-Quiso que la olvidasen porque quería respetabilidad. Durante un tiempo disfrutó del único espacio de libertad del que podían disfrutar las mujeres, que era el de la farándula. El problema es que cuando quiso casarse con un embajador de Franco, su pasado era un obstáculo para reinventarse, así que decidió borrarlo. Hasta el punto de que cuando el Festival de San Sebastián quiso homenajearla, no acudió, o cuando un amigo suyo quiso escribir un libro sobre los españoles en aquel Hollywood, ella fue la única que no participó. Yo entrevisté a Emilio, que fue su portero, y me contó que un día le llamó para bajar cajas enteras de fotos de su época de actriz a la caldera para quemarlas. Lo destruyó todo.

¿Y qué diría si se enterara de que hoy escriben libros sobre ella?

-Yo creo que me demandaría (ríe).


“Ni una película puede recoger la vida de Conchita Montenegro;si me la hubiera inventado, nadie me habría creído”

“Chaplin siempre tenía su casa abierta para los españoles, que iban los domingos y le hacían un cocido, por ejemplo”

“Antes de enviar a Leslie Howard, los servicios británicos y estadounidenses montaron un pase de ‘Lo que el viento se llevó’ en Madrid”