Turismo rural

Por Julen Rekondo - Martes, 17 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

mientras en este verano encontraremos progresivamente multitudes de personas que van a las playas, que más parecen aglomeraciones sin poder casi colocar la toalla en la arena que espacios de asueto, miles de personas están descubriendo los parajes campestres. Es la apoteosis del turismo rural, donde hay paisaje austero y paisanaje cabal y sabio. Propicia el contacto con la madre naturaleza y el duro bregar del ser humano con la tierra nutricia, que Virgilio describió con belleza sublime en sus Bucólicas.

A algunos y a algunas quizás esto le suene a nostalgia decadente o a ensoñación. No es más que una incitación a recobrar el origen de las cosas naturales, para que el ambientalismo no se quede en mera pose o en palabrería. Unas cuantas cosas se pueden mejorar en contacto con el campo, con la naturaleza. Porque, ¿qué decir de quien no distingue un mulo de un burro, un buey de un toro, un tordo de un gorrión, un gallo de una gallina, un mochuelo de una urraca, un vencejo de una golondrina, una espiga de cebada de una de trigo, un sembrado de avena de uno de centeno, un campo de remolacha de un patatal? Se sabe mucho de nuevas tecnologías, de internet, y fotografía digital, pero se ignoran cosas elementales.

Sin duda, el paso de una sociedad rural a otra urbana supone ventajas evidentes para sus miembros. Por ejemplo, el acceso a la educación y la sanidad es más fácil, al tiempo que aumentan la libertad y las oportunidades de emprender una nueva vida. No hay duda de que la alternativa urbana ha resultado muy atractiva para cientos de millones de personas y que en el siglo XX el éxodo de gentes del campo a las capitales y sus alrededores ha sido masivo.

En general, los humanos tenemos tendencia a agruparnos en función de la disponibilidad de recursos. Los grupos cazadores y recolectores eran menores que los de agricultores y, cuando los excedentes de producción y la capacidad de transporte hacen posibles aglomeraciones mayores, éstas crecen hasta extremos sorprendentes.

Pero, junto a las ventajas, hay también inconvenientes. La ciudad nos aleja de la diversidad que forman los demás seres vivos y nos hace perder nociones ambientales intuitivas que sí tiene la gente del campo. Los amantes de la naturaleza y los conservacionistas, entre los que me incluyo, nos hemos lamentado de ello muy a menudo. Son precisamente los habitantes del mundo rural los primeros en percibir los cambios negativos, la disminución de las poblaciones silvestres, la degradación de las aguas y el medio, y así podríamos seguir con más cuestiones. Aunque tampoco debemos caer en tópicos simplistas. El habitante rural siente próxima la naturaleza, pero no necesariamente aprecia todos sus componentes, como bien sabemos. Durante siglos, el hacha excesiva, el fuego fácil o el veneno cruel han sido manejados por agricultores y ganaderos. Como en botica, de todo hay: quien intuye, aprecia y respeta los valores de la naturaleza, y quien abusa de ellos y los destruye;quien observa, reflexiona y aprende, cerca de quien ignora y desprecia.

De todas formas, bienvenido sea el turismo rural, que en Navarra tiene una amplia oferta, con visión integral, innovadora y de futuro. El reencuentro con la naturaleza nos devuelve a nuestros orígenes, seamos o no oriundos del campo, porque el ser humano fue primero cazador y después labrador, antes de diluirse en Babeles de asfalto y soledad. El estrés y otras enfermedades modernas son la hecatombe que sobreviene al ser humano tras la ruptura del equilibrio con la naturaleza. Estamos aún a tiempo de reconciliarnos con ella y con nosotros mismos.

El autor es experto en temas ambientales y Premio Nacional de Medio Ambiente