El futuro de las zonas protegidas

Por Julen Rekondo - Sábado, 21 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

el próximo 22 de julio de 2018 se celebrará la declaración del primer Parque Nacional de la Península Ibérica, el de la Montaña de Covadonga, ahora Picos de Europa, y el próximo 18 de agosto, el de Monte Perdido y Ordesa. Es decir, su centenario. En Navarra no hay parques nacionales, pero hay una catalogación de espacios naturales protegidos absolutamente envidiables como Parques Naturales, Reservas de la Biosfera, Reservas Integrales, Reservas Naturales, y Enclaves Naturales, que forman la Red de Espacios Protegidos en Navarra (RENA), y la Red europea Natura 2000, por Lugares de Importancia Comunitaria (LIC/ZEC) y Zonas de Especial Protección para las Aves (ZEPA). Humedales de Importancia Internacional, como la Laguna de Pitillas y la Laguna de las Cañas (Viana), forman parte de ambas redes.

Mirando hacia atrás, se puede considerar que la declaración de espacios protegidos fue un paso necesario para conservar la diversidad biológica, aunque insuficiente. Entre otras cuestiones, porque el destino natural de un espacio protegido es ser abandonado por las especies que en su día lo propiciaron y justificaron.

Pero, al fin y al cabo, hay que considerar que toda esa política de protección fue absolutamente necesaria cuando las Comunidades Autónomas, entre ellas la de Navarra, adquirieron competencias en materia ambiental. La naturaleza se encontraba en cotas muy bajas de conservación. En ese contexto los espacios protegidos fueron un acierto. Pero es importante darse cuenta de que los primeros espacios protegidos fueron creados donde había fauna. Y que tales espacios no eran los mejores para esa fauna, al menos en algunos lugares. Eran los que se denominan ahora “refugios ecológicos”, es decir, espacios de menor calidad que los animales colonizan cuando los lugares óptimos han sido ocupados o transformados por la actividad humana.

Por otra parte, se han abandonado en no pocos lugares las fórmulas tradicionales de explotación agraria, ganadera y forestal, incluso dentro de los propios espacios protegidos, pensando que era mejor para la flora y la fauna que queríamos conservar. Por ejemplo, la interrupción de sacas, quemas y pastoreo ha dado alas a la sucesión ecológica y los espacios protegidos, antaño mantenidos en un estado infantil, han crecido hasta hacerse mayores. Lo cual ha beneficiado a unos cuantos especialistas forestales, pero a costa de perjudicar a muchos depredadores. Lo mismo puede decirse de las plantas que prefieren los ambientales soleados.

Como en cualquier familia bien avenida, la situación ideal es que los hijos vuelen por sí mismos y que se vayan de casa en busca de las condiciones que les parezcan idóneas. Lo importante es que condiciones existan en otra parte. A veces, la causa de la dispersión son los inevitables conflictos generacionales y no solo que la habitación sea haya quedado pequeña o la curiosidad por conocer nuevos horizontes.

Por tanto, lo mejor que podemos hacer es gestionar el territorio de forma integral. La prioridad más importante, hoy en día, debería ser aplicar la normativa protectora fuera de los espacios protegidos y ampliar así el campo de acción a territorios de alta calidad ahora “vacíos” de fauna. Nuestra actual legislación es más que suficiente para lograr ese objetivo. No nos ha ido mal en las últimas décadas, pero sólo habremos triunfado cuando la flora y la fauna sean similares tanto fuera como dentro de los espacios protegidos. Quizá sea un objetivo un tanto lejano pero que hay que tenerlo presente.

El autor es experto en temas ambientales y Premio Nacional de Medio Ambiente