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“Con el pescado vendido”

Los pasillos reflejaron mucha inquietud durante la votación mientras Rajoy acaparaba selfis

Un reportaje de J.M. Gastaca - Domingo, 22 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Mariano Rajoy abraza a su sucesor, Pablo Casado.

Mariano Rajoy abraza a su sucesor, Pablo Casado. (Foto: Efe)

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Mariano Rajoy abraza a su sucesor, Pablo Casado.

Mientras Rajoy se daba un auténtico baño de compromisarios -“le queremos mucho, presidente”- tras fotografiarse con Núñez Feijóo bajo los gritos de “se siente, Galicia está presente”, el PP buscaba a su nuevo líder entre 25 urnas en un ambiente caldeado por las reacciones emocionales a los discursos de los candidatos. La fotografía tenía mensaje porque los dos gallegos se habían saludado con cierta frialdad en la primera jornada del congreso, quizá porque no comparten el mismo candidato. Quizá así se entiende más fácil cómo antes de ir a votar “en secreto” una veterana afiliada lamentaba ante su amiga de Cáceres “la que nos ha dejado éste al marcharse”, justo cuando Rajoy pasaba por su lado, asaltado por una marabunta de cámaras y agradecidos seguidores en busca del selfi.

La pésima ubicación de la sede provocó kilométricos atascos que obligaron a muchos compromisarios a dejar el taxi y llegar a pie

Para entonces quedaba abierto el cara y cruz en medio de una sensación incómoda, predispuesta al abismo de la división como lo admitían decenas de cargos de historial curtido cuando les sondeaban su impresión. El aplausómetro del hotel Auditorium de Madrid acababa de avalar esta riesgo en medio de un ánimo desencantado por la debilidad orgánica que desprenden estas primarias demasiado volcadas al personalismo. Los pasillos no transmitían euforia, solo preocupación. “No teníamos que haber llegado hasta aquí”, reconocía un senador del PP contrariado por la manipulación de Casado al elogiar a Rita Barberá. “Después de lo que dijeron él y Maroto sobre Rita no tienen legitimidad para hablar de ella”, lamentaba. Para otro diputado se había asistido “a la diferencia entre la candidata a gobernar y quien viene a hacer carrera política”. En cambio, entre los críticos con Soraya la permanente alusión al estado de euforia del plenario. “Se ha demostrado que Pablo es a quien necesitamos”. Un votante de Dolores de Cospedal, con despacho aún en Génova, anotaba el nombre de Casado en la papeleta camino de la urna. “No creo que los discursos hayan hecho cambiar decisiones, alguno igual sí pero esta ducha fría nos tiene que venir”, reconocía con la credibilidad de haber vivido en su casa buena parte de la historia española. Luis de Grandes, presidente del comité organizador, lo ratificaba: “aquí se viene con el pescado vendido”. La voz de la experiencia acertó.

tensiones y prisas Había empezado la mañana con tensiones y prisas antes de llegar al hotel. Quizá suponía el reflejo inmediato de la intensa noche anterior donde el comunicado de Dignidad y Justicia desquició a los sorayistas más allá de la interminable revisión de los votos comprometidos. Sus rivales se habían encargado de propagar el panfleto entre asistentes y periodistas. Era el penúltimo golpe bajo en una campaña demasiado barriobajera y artera. En el día clave, la pésima ubicación de la sede del congreso provocó kilométricos atascos en los accesos que obligaron a muchos compromisarios a apearse del taxi para llegar a pie sin demasiado retraso. La escena sorprendió incluso a un policía local que les llegó a espetar sonriente a varios de los improvisados viandantes: “así no dan buen ejemplo porque se ponen en peligro con el paso de los coches”. Querían escuchar el primer discurso de la mañana, que correspondió por sorteo a Sáenz de Santamaría. No a todos. Mientras hablaba, las barras de la cafetería seguían a pleno rendimiento sirviendo a 5 euros un simple café y una tostada.