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Historias de Elizondo

¿Y qué tal si hoy vamos al cine?

Por Lander Santamaria - Jueves, 26 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

En tal día como hoy, proyección especial de fiestas con The Beatles y su ‘¡Help!’ (‘¡Socorro!’). Fotos: Archivo

En tal día como hoy, proyección especial de fiestas con The Beatles y su ‘¡Help!’ (‘¡Socorro!’). Fotos: Archivo

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En tal día como hoy, proyección especial de fiestas con The Beatles y su ‘¡Help!’ (‘¡Socorro!’). Fotos: ArchivoEl sello de caucho del antiguo Cine Maitena.

¡IMPOSIBLE! En efecto, porque ya no existen ni el Cine Parroquial ni el Cine Maitena, y tampoco el Cine El Pilar que les sobrevivió hasta finales de la década de los setenta y que, aunque fue objeto de una ruidosa inocentada que se montaron Mikel y otro que yo me sé, nunca proyectó El último tango en París(“la película que 250.000 españoles tuvieron que ver en Francia”, decía el más falso que Judas cartel del bromazo), ni Emmanuelle ni ninguna otra porno, semiporno ni absolutamente nada de porno. Ya no queda nada, pero Elizondo y Baztan vivieron una época dorada del cine con sesiones cuatro días a la semana -martes, jueves, sábado y domingo- y cuando era 3 R o “gravemente peligrosa” los adolescentes se buscaban la vida en la vetusta sala del arrasado Colegio de Lekaroz, allí donde los alumnos castigados por la severa disciplina capuchina eran obligados a ver la película de espaldas a la pantalla. Primero fue el Cine Parroquial, modesto y nido de pulgas pero cumplidor, anexo a la de Santiago Apóstol y con una pero que muy cuidada selección cinematográfica que estrenó el gran avance técnico del cinemascope con La túnica sagrada (1953) una de romanos interpretada por Richard Burton, Jean Simmons y Victor Mature, y primaba el más casposo cine español y las del oeste. Por su parte, el Cine Maitena lo promovieron Alfonso Echenique y otros, con instalaciones y tecnología más avanzada, que feneció siendo propiedad de Federico Valencia. Del Maitena se recuerda La espada de Damasco (1953) cuando el chico bueno (Rock Hudson) fallece inesperadamente al montar el segundo rollo en el proyector (obra y gracia del buenazo de Bruno Olabe) y resucita en el tercer rollo ante la sorpresa general. En fiestas, la sesión elegante era a las 22.30 horas, con afluencia de maridos y esposas lujosamente ataviadas que luego iban al bailongo privado del Casino. La competencia solía ser feroz, entradas a cuatro pelas en un cine, pues a 3,50 en el otro, a tres en el anterior, venga a 2,50 en su oponente para alegría del personal hasta que, como “a pérdidas” no podía ser, hubo pacem in terris y los precios volvieron a su cauce. Y “descanso único, 7 minutos”, ponía en pantalla.