Grecia se viste de negro

Por Julen Rekondo - Viernes, 27 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

la peor tragedia natural en la historia reciente de Grecia ha dejado desde el lunes al menos 85 muertos y decenas de desaparecidos tras el paso de una lengua de fuego por el norte y noroeste del Ática, la región que rodea la capital griega. Hasta el pasado lunes, el peor incendio en la historia reciente de Grecia era el declarado en el verano de 2007 en el Peloponeso y la isla de Evia, que se cobró entre 70 y 77 vidas.

Incendios que han provocado en el Estado español graves tragedias hemos tenido muchas, pero ni aquí ni allí se pueden decir que han sido solo “accidentes”. Son producto de causas concretas más allá de la existencia de pirómanos asesinos. Vivimos en el Mediterráneo, un ecosistema maravilloso, pero muy frágil, por lo que el cuidado de las tierras y bosques es fundamental. La gestión preventiva es esencial.

En los últimos tiempos, la situación se ve agravada por el cambio climático y los riesgos crecen con un urbanismo especulativo, a lo que hay que añadir las políticas de recortes que se están imponiendo en casi todo, y por supuesto también en las inversiones necesarias en sectores estratégicos para evitar la tragedia: políticas preventivas, gestión forestal, gestión del recurso agua, políticas de emergencia y evacuación, etcétera.

Los violentos incendios que están ocurriendo en últimas horas en Grecia figuran entre los más mortíferos en Europa en lo que va de siglo, con los de Portugal en 2017, donde murieron 64 personas y más de 250 resultaron heridas en un gigantesco incendio forestal que se declaró en Pedrogao Grande, en el centro del país.

Asimismo, el cambio climático enfrenta a los países nórdicos a un riesgo que hasta este momento desconocían. Por primera vez los bosques de Finlandia, Noruega y Suecia están sufriendo las temperaturas y el estrés hídrico que hacen posible los grandes incendios.

Los expertos en la lucha contra este tipo de siniestros que se comportan como más destructivos, más rápidos y más imprevisibles, coinciden en que la aparición de esta nueva familia de incendios, denominados de 6ª generación, es una consecuencia más del cambio climático. Suelos extremadamente secos, extenuados ante la ausencia de agua, y la inestabilidad de una meteorología que se salta los patrones estacionales habituales son el escenario idóneo para que se produzcan estas “tormentas de fuego”.

Estamos, pues, en la era de los Incendios forestales de última generación (6ª), que cuando las condiciones meteorológicas hacen pensar que el incendio va a ir perdiendo virulencia progresivamente es cuando realmente desarrolla su mayor agresividad. Esta situación hace que pierda sentido que se siga apostando en los países mediterráneos, como España, por campañas contra los incendios circunscritos al verano. Se necesita una estrategia más decidida contra el cambio climático a nivel general, y a corto plazo, hay que seguir luchando contra los incendios reforzando los aspectos más olvidados. Así, la extinción no es una solución al problema, sino únicamente la respuesta del sistema a la alarma puntual. No, el bosque pide que se invierta en prevención. Que no se gaste el dinero público en apagar fuegos, sino en evitarlos. Una inversión a largo plazo que afecta a múltiples políticas, sobre todo a la forestal, que se resiste a abandonar sus objetivos meramente productivistas. Una inversión que, sin duda, terminará por dejarnos mayores réditos a todos. En estos momentos, cabe expresar la máxima condolencia por las víctimas y la plena solidaridad con sus familias.

El autor es experto en tema ambientales y Premio Nacional de Medio Ambiente