Demónica situación

Por Julio Urdin Elizaga - Viernes, 27 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

afirma Deyan Sudjic, cuya presencia entre nosotros con motivo del V Congreso Internacional de Arquitectura y Sociedad ha sido tan reciente, en su libro La Arquitectura del poder, eso sí por boca de Orwell, el que las dictaduras toleran con más facilidad el lenguaje crítico de la poética y, sobre todo, de la arquitectura que la prosa siempre perseguida y silenciada. Esta segunda estrategia es la convenientemente utilizada por los sistemas basados en la democracia liberal o capitalista para la cual todo requisito de publicación debe venir abalado por el apoyo pecuniario, financiero y el éxito comercial, meta última, teleológica, del cómo hacer dinero aun cuando de cultura o de religión se trate en su profanidad. Pero además existe otro importante hándicap relacionado con este descrédito del lenguaje escrito para entenderse, puesto que en la autorizada opinión de Edgar Morin, y en la actualidad, “la posibilidad de pensar y el derecho al pensamiento son rechazados por el principio mismo de organización disciplinar de los conocimientos científicos y porque la filosofía se ha encerrado en sí misma”.

Abortar la posibilidad del debate por la procedimental argucia del recurso a la ley, parece estar en la base de la sentencia dictada por un juez de esta Audiencia navarra, que por otras causas está siendo desafortunadamente demasiado conocida como para darle excesiva credibilidad, sobre el destino del Monumento a los Caídos, en un intento de perpetuación de la función para la que en su día fuera creado, evidenciando el excesivo amor basado en el culto a la muerte, de erótica tanatofilia, de épica, luego poética inspiración, a la que bien pudiera aplicársele la lógica con la que analiza el filósofo Ernesto Grassi al Eros en su devenir como fuente creativa a medio camino entre la existencia o inexistencia del ser : “Al estar en medio de unos y otros llena el espacio entre ambos, de suerte que el todo queda unido consigo mismo como un continuo”. Toda una maniobra impositiva por la que se pretende predeterminar cuál habrá de ser el destino a futuro, fuera de cualquier otro uso, que el mencionado edificio pueda desempeñar sin abandonar el trasfondo del culto a esa variedad de manifestación basada en la religión de la muerte, el amor que profesamos a nuestros muertos, de la que es muestra palpable y que bien pudiera parecer en ocasiones diera un cierto sentido, sin duda engañoso, a la vida.

Más prosaica, por otro lado, es la valoración que Sudjic realiza respecto de similar problemática, en este caso referido al estatus de la construcción mussoliniana en un país vecino como es Italia. En muchas ocasiones este legado es sensorialmente sentido de la siguiente manera: “El visitante percibe el hedor a orina rancia al refugiarse de la lluvia bajo las amplias columnatas, recortadas en la base de los edificios. La miseria está dolorosamente enmarcada con los materiales más selectos que encontraron los arquitectos de Mussolini: columnas de granito torneado adoquines colocados exquisitamente, bóvedas revocadas de un color rosa pálido e iluminadas con globos de cristal de proporciones generosas...” (Yo mismo he tenido esa curiosa sensación durante muchos años al pasear entre y por los alrededores de este complejo monumental que es el de los Caídos). Para concluir con la siguiente reflexión: “Lo que no está tan claro es cómo debemos responder ante el legado físico de los regímenes autoritarios desaparecidos. En la actualidad Italia está llena de edificios en ruinas, muchos de ellos de calidad, erigidos por los fascistas para albergar las organizaciones del partido. Tras la caída del régimen de Mussolini, fueron expropiados por el gobierno de la posguerra y ahora nadie sabe qué hacer con ellos. Derribarlos sería un despilfarro y un lavado de cara histórico, y sin embargo su restauración podría sugerir una rehabilitación del régimen que los construyó. Cincuenta años después, el país todavía no ha decidido qué va a hacer con la mayoría de ellos”. Una cuestión que sin duda alguna, filosóficamente al menos, tiene que ver con el devenir mismo. Y ya que de Italia hablamos nuevamente habremos de retomar en este punto el pensamiento de Ernesto Grassi.

Tratan todas estas cuestiones sobre un concepto fundamentalmente temporal como es aquel del devenir, “ ese estado entre no ser y ser” (pues se da un no ser antes de la vida y no ser después de la misma) que Grassi ya califica en sí mismo como demónico, consistente en un “no haber acabado, en estar en camino”. Justamente la antítesis de lo pretendido por este magistrado a través de la sentencia que da razón a los descendientes del general Sanjurjo y al que parecen lloverle todas los contenciosos capitalinos. No obstante, el cuadro al que asistimos, en esta situación de permanente confrontación, es difícil de ver al completo y, por consiguiente, muy complicado de ser igualmente abordado en su cierre categorial desde la imprescindible conjunción de los hechos con las teorías, en expresión de Gustavo Bueno. Como vimos con anterioridad la simple lectura del edificio nos dice que es un monumento que pertenece, por muy reciente que haya sido su construcción, al orden de lo antiguo. Este dato en sí mismo es muy esclarecedor puesto que si partiésemos del mismo evidenciaría el falso debate a tres alternativas en el que nos encontramos: mantenimiento, “resignificación” o derribo. O se conserva, “resignificándolo” o no, o se derriba siendo sustituido por otra cosa que no sea la Nada, pues ésta última, como de sobra es conocido, acoge al Todo en su interior.

“El devenir y la apariencia” hubiera sido una buena consigna para este debate entre políticos y especialistas, que pretende implicar a la opinión pública, de no haber sido en su día utilizado como título de un ensayo por el filósofo Manuel Ballestero. Pero si en algún arte tiene importancia el valor simbólico de la apariencia, éste es precisamente en el de la arquitectura. Y en esta tesitura, cabría hacer más de una matización como la que tras la dicotomización del debate en torno a la conservación o destrucción del complejo monumental ocultase una realidad que tiene que ver más con la mentalidad religiosa, sacra, anterior a toda modernidad, que con la aparente progresía pretendiendo una modificación parcial bien sea mediante y a través de la “resignificación” o de la propia alteración constructiva. Sólo en este sentido, el mismo que le diera origen, de derrota definitiva del símbolo de la dictadura habría de justificar su total destrucción tal y como fuera contemplado nuevamente por Ernesto Grassi respecto de dicho proceder en el mundo antiguo: “Por lo demás, tenemos una alusión interesante al carácter de realidad de las obras míticas y sacras en el hecho de que tras los enfrentamientos bélicos el vencedor intentaba destruir por completo las construcciones e imágenes sagradas. Éstas eran la única forma válida del ser. Una vez destruidas, la propia realidad del enemigo desaparecía. Estas destrucciones no deben ser entendidas en sentido moderno como signos de barbarie o de desprecio de los valores históricos, artísticos, museales.” En todo caso, tal vez, un pírrico triunfo de democracia aparencial.

El autor es escritor

etiquetas: tribunas, demonica