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Con la venia

Esto tiene mala pinta

Por Pablo Muñoz - Domingo, 29 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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fuimos muchos los que celebramos la estampida de Mariano Rajoy y su vuelta a registrar propiedades tras prosperar la moción de censura presentada por Pedro Sánchez. Fuimos muchos los que aplaudimos que todas las fuerzas progresistas y nacionalistas presentes en el Congreso contribuyesen a desalojar del poder a un partido reiteradamente censurado por corrupto en los tribunales. Fuimos menos, por cierto, los que creímos que Pedro Sánchez tuviera suficiente solidez para darle la vuelta a la deriva derechista y neoliberal que los poderes del Estado han venido afianzando en los últimos años. Sin duda, Sánchez es un líder frágil pero quizá los más optimistas quisimos hacernos ilusiones de que el desconcierto por el triunfo de la moción provocaría un trauma en la derecha del que le costaría tiempo recuperarse.

Comenzó Sánchez su mandato con algún que otro bandazo a cuenta de que pillaron a un flamante y dimitido ministro con viejas trampas a Hacienda, un esperpéntico y estruendoso batacazo por su intento de renovación del Consejo de RTVE por decreto, o el tonto desliz de usar el avión presidencial para, además de varias visitas oficiales, asistir al Festival de Benicasim. La verdad es que en este mes y medio de ficción Pedro Sánchez ha gobernado como si tuviera mayoría en la Cámara y la oposición siguiera noqueada. Pero no es así. Hubo mayoría suficiente para echar a Mariano Rajoy, pero no está nada seguro de que la haya para gobernar y completar la legislatura.

El triunfo de Carles Puigdemont en la asamblea del PDeCAT y sus consecuencias posteriores en el independentismo catalán crean una preocupación añadida a la ajustada mayoría de apoyo a Sánchez, además de retrotraer el ambiente político de Catalunya al desequilibrio permanente con una Esquerra crecida en las encuestas y una resucitada Crida -criatura de Puigdemont- que se ha estrenado quebrando la unidad del partido y exigiendo pasar de los gestos a los hechos, pero ya.

Sánchez se ha abrasado en la primera prueba de fuego. El techo de gasto, el objetivo de déficit propuesto por el Gobierno, ha sido rechazado gracias a la abstención de Esquerra, PDeCAT y Unidos Podemos, sus presuntos socios en el desalojo de Rajoy. Maximalismos, tics electoralistas y afán de protagonismo han desalojado también la cordura, disparando con fuego amigo. Difícil entender qué clase de tajada han pretendido sacar a cuenta de la manifiesta debilidad del Ejecutivo socialista. La faena ensombreció el nombramiento in extremis de Rosa María Mateo como administradora única de RTVE, azaroso logro esta vez gracias al apoyo, aun en parte desganado, de todos los grupos que le apoyaron en la moción de censura.

Por el otro flanco, mientras Ciudadanos va recuperando el sentido tras quedar noqueado por la moción de censura, Pablo Casado sale lanzado y eufórico al frente del PP más extremo y anuncia una oposición implacable, una presión por tierra, mar y aire que no sólo cierre el paso al emergente partido de Rivera sino que marque paquete exagerando las señas de identidad del nuevo PP: España como único destino en lo universal, el independentismo y el populismo como objetivos perversos a derrotar, un endurecimiento -más todavía- del Código Penal y una descarada vuelta a los valores del nacionalcatolicismo con el aborto y la eutanasia como objetivos a combatir y la familia tradicional como objetivo a defender.

Los excesos revanchistas de Pablo Casado, en realidad, no deberían ser un riesgo desmesurado para cortar en seco esta nueva etapa bajo un Gobierno socialista, y menos teniendo en cuenta el aturdimiento que aún debilita a Ciudadanos. Pero la fragilidad de un Gobierno sostenido por los 84 y sólo 84 diputados del PSOE va a resentirse por su propia bisoñez, por el riesgo de que se le vayan diluyendo sus apoyos en la medida en que no pueda responder a las exigencias y a las urgencias de quienes le hicieron presidente y por un acoso implacable de la derecha mediática que no le va a dejar pasar ni una.

Huele a elecciones anticipadas. Y por si fuera así, todas las derechas españolas ya afilan los cuchillos clamando venganza no sólo contra Pedro Sánchez y su partido, sino contra la escoria de populistas y separatistas que le hicieron presidente.