Narrativa prohibida

Por Adolfo Muñoz ‘Txiki’ - Lunes, 30 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

NO se debe hablar bien del sindicalismo reivindicativo. Al contrario, los gobiernos y el poder económico lo desprecian para presentarlo como algo anacrónico e inútil. Algo así como: “no les hagáis caso, están locos”.

En cambio, sí hay que hablar bien de los empresarios porque los intereses empresariales “coinciden” con los de la sociedad. Es lo que defienden el Gobierno Vasco y las Diputaciones al afirmar que protegiendo los intereses empresariales “ganamos todos y todas”. Por ejemplo, cuando les bajan los impuestos o les ayudan a aplicar las reformas laborales. Jornadas, seminarios, masters... Universidades que colaboran con la patronal extendiendo sus “valores” y socializando un “modelo de empresa” sin sindicatos. Se trata de que el poder político les ayude en eliminar obstáculos. En esos actos que organizan, con presencia y apoyo de las instituciones, se evita a toda costa un tema esencial: que el fin principal de los empresarios es ganar dinero, influir para que los gobiernos hagan lo que ellos quieren y, con la ayuda de estos, eliminar obstáculos sindicales. Es lo que hace unos meses PwC defendió en Bilbao con presencia del Gobierno Vasco y de la dirección del PNV, al calificar como una “anomalía” la existencia de un sindicalismo reivindicativo en nuestro país. Revelador y descarado.

Comparten, también, que a las personas explotadas no les lleguen referencias sindicales de éxito. No las deben conocer para evitar que cunda el ejemplo.

En Euskal Herria hay ejemplos de luchas sindicales con logros importantes que no tienen el altavoz que merecen. Se ocultan. Nos gustaría -vana ilusión- que los medios de comunicación, sobre todo los públicos, dedicaran espacio a narrar luchas contra las injusticias;luchas de militancia comprometida, de personas que deciden complicarse la vida por los demás... Desarrollar una narrativa que favorezca una sociedad más justa debería ser una obligación de los medios públicos de comunicación y no, como sucede, convertirse en un aparato de propaganda del Gobierno al servicio de una sociedad cada vez menos informada. Sin embargo, esa narrativa que saque del anonimato a la gente que lucha y ponga en valor los éxitos sindicales, está prohibida por el poder.

En un artículo en The Guardian del pasado 29 de junio, Michelle Chen, corresponsal en Nueva York, hablaba del valor del sindicalismo. Contaba la historia de una joven de 23 años que “trataba de compaginar una jornada de trabajo agotadora en una cocina del aeropuerto de Newark, sus deberes como madre y una crisis médica en la familia. Necesitaba apoyo y lo encontró en un sindicato”. Decía Chen que en la “era de la desigualdad, del trabajo inseguro y de Donald Trump ha empezado a cristalizar la frustración en una generación que con frecuencia ha sido tachada de egoísta. Ahora los hiperconectados millennials descubren el potencial de la organización sindical”. Y añadía que “la solución ha existido desde siempre, aunque la gente quizá no se haya fijado en ella: es la sindicalización”.

ELA se alegra del éxito de las luchas sindicales allí donde se produzcan;las necesitamos y debemos colaborar en su propagación. El sindicalismo reivindicativo debe compartir los éxitos, sea cual sea el sindicato que los lidera.

En los éxitos sindicales que protagonizamos en Euskal Herria la huelga es un elemento determinante. Hacemos frente a estrategias compartidas entre gobiernos y patronales que imponen miseria laboral. Hemos logrado convenios con incrementos salariales del 20%, del 30% y hasta del 54%. Reducciones de jornada muy importantes… Frenar la externalización y reconocer la subrogación. Demuestra que hay margen para reivindicar. Esas huelgas, a veces, son largas. No porque ELA desee que lo sean (sería una estupidez), sino porque quienes imponen precariedad quieren, básicamente, dos cosas: seguir ganando mucho dinero explotando a nuestra gente y que no se mueva nadie;que nadie proteste, que la gente no se organice. Nos quieren debilitados por el miedo y la desunión.

Son éxitos de lucha sindical. Sin embargo, la narrativa de esas luchas, de nuestros triunfos y, por qué no, de nuestras alegrías y llantos de emoción, no nos la va a hacer el poder. Podemos esperar sentados. Ellos seguirán organizando saraos donde el gobierno y los empresarios hablarán bien los unos de los otros, siendo cada vez más difícil distinguir a un representante público de otro empresarial. Y, por supuesto, hablarán mal de nosotros y nosotras porque “estamos locos”. ¡Bendita locura en un mundo tan plano! Esa narrativa de éxito sindical, que es muy importante, la debemos extender nosotros y nosotras, con nuestros medios;explicando a los colectivos precarios que el sindicato ayuda a vencer el miedo y que, si nos organizamos, se puede. Los ejemplos de éxito así lo demuestran.

ELA está haciendo ese trabajo y pone al servicio de esas luchas todos los medios de que dispone, incluida la caja de resistencia. Optamos por llegar a esos colectivos, muchos de ellos compuestos fundamentalmente por mujeres discriminadas.

Llegar, explicar, afiliar, organizar y pelear.