Música

Julián Ayesa y el amén de Dresde

Por Teobaldos - Martes, 31 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h

concierto de órgano de julián ayesa

Lugar: catedral de Pamplona. Fecha: 29 de julio de 2018.

como cada mañana de estos domingos de verano, la catedral está luminosa y sus rincones más sombríos guardan una frescura acogedora, sin aires acondicionados asesinos. La misa mayor es el refugio de las únicas músicas que, en estos días, se escuchan en interiores, pausadamente. La música de calle, es la que manda. Como cada mañana es además, un poema de Luis García Montero, de su libroEl Jardín Extranjero que ganó el premio Adonais en 1982, y que describe la ciudad madrugadora del domingo, y su resaca del sábado: “… casi nadie pasaba / sólo había / cuarenta sillas rojas / de los bares cerrados / y alguna soledad / definitiva…”. Contrastan estos mundos, y se complementan. En la catedral, fieles, peregrinos y turistas -de todas las edades-, coinciden en el culto y la liturgia, hoy presidida por el Deán -de altísimo bonete y voz timbrada, que recupera algo de latín y la monodia recitativa-;y todos disfrutan de la música que el titular del órgano de la catedral -Julián Ayesa- interpreta. Julián -haciéndose eco de los famosos festivales wagnerianos de Bayreuth, que acaban de finalizar- interpreta en el ofertorio, el amén de Dresde, o lo que es lo mismo, el leitmotiv de la ópera más sagrada que existe: El Parsifal de Wagner. El Amén de Dresde es una breve estrofa musical entonada en los oficios, en Dresde, que coquetea con el intervalo de quinta, una armonía que, en su día, era desaconsejada por la curia. Esta es la grandeza de las catedrales: que un grupo de peregrinos alemanes se pasmen al escuchar algo tan cercano para ellos, y, a la vez, tan universal, y comenten -y admiren- la cultura del organista, inmutable a las corrientes superfluas;y que, en una ciudad lejana de provincias, reverbere, nada menos, que el festival de Bayreuth. Ayesa, además, en esta función que nos ocupa, tuvo que cambiar de órgano, al engancharse una nota del gran órgano de la catedral, pasándose a la consola del presbiterio, más modesta, pero que cumplió con su cometido. Me gusta rendir homenaje, de vez en cuando, a estos grandes músicos que mantienen el patrimonio -también el más inmaterial- calladamente, diariamente, sin aspavientos, humildemente, y que, además de su preparación artística, tiene preparación artesanal. Porque, al finalizar la misa, el organista-organero, tuvo que subir a la enorme caja -venciendo el vértigo, a sus setenta y cuatro años, y después de muchos coscorrones, como él dice- para arreglar la nota, que, por cierto, asombrosamente, localiza a la primera, entre los cientos de tubos. No sé quien continuará esta labor -se lamenta-. Desde aquí, siempre hemos deseado organistías dignas y bien pagadas, como en el resto de Europa.

Ese leitmotiv del Parsifal wagneriano, tiende, como todo el edificio, irremediablemente, hacia la elevación. Y a la redención, claro, según el compositor, de esa soledad definitiva. Aunque, -y vuelvo al poeta- queda poco de aquel mundo “echo en latín y números romanos”.