UNA VENTANA A LA CULTURA ORIENTAL

Aurizberri-Espinal | Inmersión literaria

De la mano de la artista Leire Urbeltz, los vecinos convirtieron ayer esta localidad navarra en un espacio abierto a otras culturas desde la narración oral y la instalación artística, un proyecto en auzolan enmarcado en la iniciativa Landarte.

Un reportaje de Amaia Rodríguez Oroz/Patricia Carballo | Fotografía Patricia Carballo - Domingo, 5 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Varios vecinos y vecinas vestidos de estelas funerarias hechas por ellos mismos actuaron ayer en la ‘performance’ cerca del cementerio.

Varios vecinos y vecinas vestidos de estelas funerarias hechas por ellos mismos actuaron ayer en la ‘performance’ cerca del cementerio.

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Varios vecinos y vecinas vestidos de estelas funerarias hechas por ellos mismos actuaron ayer en la ‘performance’ cerca del cementerio.

La narración oral y la instalación artística han sido las protagonistas indiscutibles de los últimos días en Aurizberri-Espinal. Hasta allí se mudó, hace diez días, la artista Leire Urbeltz, quien ha guiado a los vecinos y vecinas de esta localidad en una inmersión literaria que ha pretendido abrir una ventana a la cultura oriental. Una experiencia que se ha llevado a cabo a través de la lectura y la escenificación y cuyo resultado pudieron disfrutar todas las personas que se acercaron hasta dicho pueblo navarro la noche de ayer. Un espectáculo que, según la propia Urbeltz, se presentaba “muy emotivo” y en el que se pudo mostrar “el pueblo desde una perspectiva completamente diferente a la que sus habitantes están acostumbrados”.

Esta es la segunda edición de Landarte, el programa de arte y ruralidad del Instituto Príncipe de Viana, que parte de un proyecto cultural participado por la población local, en el medio rural, y gestiona la fusión con otras actividades artísticas transversales o complementarias acompañadas por residentes. Leire Urbeltz fue una de las seleccionadas para participar en la edición de este año y, por este motivo, acudió a Aurizberri-Espinal con el objetivo de inspirarse en el Festival de la Flor de Loto de Corea y usar esta referencia de creación de objetos, instalaciones y performances para escenificar una leyenda que se escribió sobre la fundación de la localidad navarra.

Su actuación es la primera edición de Panoramak, un proyecto de experiencias inmersivas en torno a la literatura que se desarrolla en la biblioteca de la localidad. Allí, los vecinos y vecinas de Espinal, guiados por Urbeltz, han trabajado en torno a la observación de la filosofía oriental. Los primeros días, la artista partió de la leyenda que había escrito Ainhoa Agotz, vecina de Espinal, para realizar un análisis de diferentes espacios y personajes y poder plantear así una narración expandida a lo largo del pueblo. Después, junto con los lugareños, comenzó a trabajar con el material que había llevado hasta allá y fue recogiendo otros elementos para configurar las instalaciones. “Al principio, a los vecinos y vecinas de Espinal les costaba visualizar la idea que yo tenía en la cabeza, pero cuando comenzamos a trabajar con las manos empezaron a verlo y a emocionarse de verdad”, señaló ayer Urbeltz.

El resultado de todo esto han sido diferentes instalaciones con un diseño de iluminación y acciones performativas, donde también se han integrado las manifestaciones culturales del pueblo. El recorrido comenzó ayer por las calles del pueblo, que se adornaron con elementos decorativos reutilizables y lumínicos. Posteriormente, se pasó a la narración oral de la leyenda, que se centraba en los personajes de Teobaldo y Leila. Fueron un total de 5 performances, cada una situada en un punto diferente del pueblo, en las que fueron participando diferentes vecinos y vecinas. Los primeros en salir a escena fueron los más pequeños, disfrazados de abejas, que simulaban su sonido en el parque evocando la historia de una mujer de Aurizberri-Espinal que hace muchos años hablaba con las abejas para que estas no les picaran. De ahí, el espectáculo se trasladó al cementerio de estelas, a unas calles iluminadas con tejados rojos, a un callejón que simulaba ser el monte Berragu y, finalmente, a la plaza, donde terminó la actuación con pan, queso y vino.