Música

Urroz y su Liszt grandioso

Por Teobaldos - Domingo, 5 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:01h

festival de mendigorría

Alberto Urroz, piano. Programa: sonatas K 208 y 209 de Domenico Scarlatti. Sonata Hob XVI: 50 de Hydn. Sonata 30 de Beethoven. Sonata 178 de Liszt. Lugar: Iglesia de San Pedro de Mendigorría. Fecha: 3 de agosto de 2018. Público: buena entrada (10 euros).

La música de Liszt depende, como ninguna otra, de la calidad de su interpretación. Exige del intérprete un gran estilo, intimismo y pasión. Son palabras de Alfred Brendel. Alberto Urroz, en su comparecencia a solo en esta decimoquinta edición del festival de Mendigorría, nos ha ofrecido un concierto completísimo e importante, fundamental para entender la evolución de la sonata, arrancando de Domenico Scarlatti y llegado a la cumbre de la sonata en si menor de Liszt. Cumbre del piano y cumbre de la velada, con una soberbia versión que explicó, como pocas veces se escucha, toda la riqueza de la obra: su expectante comienzo, su abrumadora sonoridad que pasa de ser casi amenazante y violenta, a la más íntima amabilidad;su profunda nobleza, su grandiosidad y majestuosidad. Toda la sonata -de arriba abajo- fluye de un pianista de plante y movimiento austero, logrando lo más difícil en Liszt: que el altivo, efectista y salvaje compositor, llegue al oyente con la fluidez de lo que parece sencillo. Y es que un gran pianista da esa sensación de hacer las cosas lo más sencillas posibles, pero en absoluto simples. Y así, consigue ese Listz de puro ensimismamiento -el final- después de la explosividad de la búsqueda;quedando todo felizmente equilibrado.

Primera virtud de la versión: el haber dado con el tempo exacto para dominar la acústica de la iglesia. Siempre nos ha parecido que el piano estaba reñido con la acústica reverberante de las bóvedas;no en este caso. Urroz supo sacarle partido, y con un pedal magistral, se apropió del lugar para extender el sonido del piano hacia el sinfonismo, con unos fuertes envolventes -y sin emborronar-, desmoronados, por arpegios muy controlados, hasta los matices más cristalinos y tenues. Otro hecho fundamental: la regulación. Todo en esta sonata es un ir y venir por reguladores que se abren y cierran con pasmosa maleabilidad, aupándote con fuerza arrebatadora, para luego descansar en codas pacíficas. Hay detalles técnicos que apabullan -la mano izquierda que introduce el endiablado tema fugado, por ejemplo-, pero se olvidan;todo virtuosismo -que no es poco- se hace música. Todo debidamente dosificado. Dejando que se expandan las sonoridades wagnerianas -esta sonata gustaba mucho a Wagner-, y recreando lo que el teclado susurra al oído. Este Listz de Urroz puso en píe al auditorio.

Pero este festival siempre ha sido, y es, muy pedagógico. Y el intérprete muestra de dónde viene la pulcritud sonora de los dedos, la soltura del clavecín en el piano, con dos sonatas de D. Scarlatti. Es el comienzo. Le sigue la primera gran evolución de esa forma musical: Haydn;más difícil de encajar en la acústica del templo -todo hay que decirlo-, y bien resuelta en una adornada mano derecha, y hermosa voz media del teclado. Y, claro está, Beethoven, con su sonata opus 109: más equilibrada con el lugar. Resaltan los tramos más staccato;y vuelan, muy hermosamente, los adagios. El prestísimo, vigoroso y altanero. Es una sonata un poco rara para el oyente, por su libertad formal, porque sus dos primeros movimientos parecen ir por un lado y el último por otro;en todo caso, muy bien programada para lo que se pretendía. Pero, sin duda, y sin quitar nada al resto del concierto, lo que pasará a la historia, porque pocas veces se interpreta con esa calidad, será Liszt. Aunque después de la gran sonata final no hacía falta propina, Urroz correspondió a los aplausos con el comienzo de El canto de la mañana de Schumann, al que Liszt dedicó la sonata 178.