El rincón del paseante

De la salud, el ruido y el clasismo

Por Patricio Martínez de Udobro - Domingo, 5 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:01h

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Hola personas, ¿qué tal va todo? Pregunta retórica, no se espera respuesta.

Hoy voy a relatar un paseo inclasificable, un paseo por el que alguna vez en la vida casi todos paseamos, un paseo que no se suele dar de forma voluntaria, sin embargo, es muy aconsejable realizarlo cuando llega el caso, puede ser cuestión de vida o muerte, y no es figura literaria, hacer caso a quien te lo manda, acudir a pasear por su sendero, cuando así el destino lo requiere, es cosa fundamental. Es curioso, nadie quiere hacerlo pero haciéndolo todo el mundo lo agradece. Para muchos suele ser el primer techo al que sube su llanto, otros no lo acaban y despiden sus días en él, los más entran off y salen on.

¿Está claro ya a dónde me han mandado esta vez los hados de los paseos? Efectivamente: al hospital.

Un golpe bajo de mis interioridades me ha mandado tres días a dar un repaso, nada grave, pero tres días metido en una habitación dan para mucho, si bien solo diré dos cosas sobre mi estancia.

Diré que me hospedaron en la parte nueva y que es muy confortable, las habitaciones y el baño son muy grandes y la climatización perfecta, cuidaron tanto el detalle que me pusieron de compañero de habitación a un tío cojonudo, Javier V. G., un irunsheme de la Merced que fue a pasar la ITV. Hablando, hablando se declaró lector de El Rincón del paseante con lo cual ganó infinidad de puntos ante mis ojos, pamplonés de pura cepa, gran conocedor de tabernáculos y parroquianos, buen conversador y dueño de silencios. Aúpa Javier, todo irá bien, ya sabes dónde estoy.

Y diré que el personal sanitario que me atendió fue cariñoso, amable, educado, simpático y empático. Pero he de hacer una pequeña queja. Podía haberla hecho en Atención al paciente pero… ¿para qué?, prefiero comentarlo por aquí que a lo mejor toco alguna conciencia y se arregla un poco.

Una vez instalado en la suit el tiempo que en ella pasas eres atendido, fundamentalmente, por personal femenino. Son unas mujeres trabajadoras, amables, que se comen marrones tremendos a diario y que consiguen que no se les note, hacen un trabajo que yo nunca sería capaz de hacer, siempre sonríen, y te dicen “cariño”, hablan en diminutivo, dan calidez, dan compañía, tranquilizan si hace falta, pero… también hacen otra cosa, todas, el 90%, desde la enfermera más jefa hasta el servicio auxiliar de limpieza: hacen ruido, mucho ruido y hablan alto y entran en las habitaciones a las 7.30 al grito simpático de: hola majico ¿cómo estamos hoy?, sin tener en consideración al compañero de habitación que duerme plácidamente y que se muere del susto. Las trabajadoras de la noche hablan en tono de voz normal y eso en el pasillo de un hospital a las 5 de la madrugada es un trueno, siento decirlo pero yo así lo he percibido. Otro día hablaré del ruido que meten los carritos que pululan por allá, ¡¡¡3 en 1 por favor!!!

La historia del centro comienza en 1900, año en que Doña Concepción Benítez, Vda. de D. Nicanor Beistegui, dona generosamente una gran finca llamada el Soto de Barañáin y aporta los dineros necesarios para levantar en ella unos pabellones, unas viviendas y una capilla. El proyecto fue encargado al arquitecto bilbaíno D. Enrique Epalza, que había levantado el hospital de Basurto. Las obras fueron dando forma a las ideas entre 1906 y 1913, año en que Doña Concha cedió todo el conjunto al Ayuntamiento. En su nombre lo hizo D. Joaquín Mª Mencos y Ezpeleta, Conde de Guendulain.

La Ciudad aceptó el regalo pero no remató las obras y lo dejó en estado de abandono.

No consideremos este hecho con la mente de hoy en día. Hoy el hospital está más o menos céntrico, enclavado en el área sanitaria de Pamplona, en zona de pujanza urbanística y bien comunicado. Pero en 1913 estaba en el culo del mundo, en tierra de nadie, ni siquiera la aldea de Barañáin estaba cerca, del cinturón amurallado le podían separar 40 minutos a pie por caminos de labranza o por la carretera de Estella, a veces nevando, a veces a 35ºC, pedir ese esfuerzo a una población que estaba hecha a vivir dentro de un corsé, pedirle que saliese extramuros para ir a atender a sus enfermos a esa distancia era mucho pedir.

Durante el periodo de 1921 a 1927, se instaló allí, de prestado, la Casa de Misericordia, y en 1928 se cedió todo el conjunto al estado para que instalará en él el Patronato Nacional de Ciegos. El estado retomó las obras y recreció con una planta más cada pabellón respetando la línea marcada por Epalza. La capilla ya estaba acabada;de estilo neo-románico, por fuera está preñada de rosetones, vidrieras, arcos y arquillos. El interior muestra arcos de medio punto pero las bóvedas son apuntadas. Su cabecera recta ilumina la estancia con tres vidrieras, una central con San Francisco Javier, a su derecha San Fermín y a su izquierda Santa María la Real.

En ella está enterrada la donante y su familia. Es curioso templo y vale la pena visitarlo.

En 1932 la Diputación recompró todo y trasladó allí el viejo hospital de la Cuesta de Santo Domingo. El nuevo centro sanitario público era hospital y maternidad, ésta, hoy desparecida, estaba donde se levanta la actual escuela universitaria de enfermería.

La sanidad en Pamplona era tremendamente clasista, solo el pueblo llano era paciente del hospital provincial y sus instalaciones, las clases más adineradas eran atendidas y sus señoras alumbraban a sus retoños en clínicas privadas. Eran renombradas la de San Francisco Javier o clínica del Dr. Labayen, los doctores Juaristi y Arraiza regentaban la de San Miguel en el barrio de San Juan, en la avda. de Galicia atendía el doctor Arrondo en la de San Fermín, el doctor Alcalde se encargaba de traer niños al mundo, un servidor entre otros muchos, en su clínica Nuestra Señora del Pilar en la avda. de Roncesvalles y el doctor Gortari hacía lo propio en la suya de Baja Navarra.

En mi infancia fui muchas veces a visitar algún enfermo de la familia o alguna prima o tía que habían dado a luz, unos estaban en el centro público y otros en las clínicas mencionadas. No tenía nada que ver una cosa con otra, los enormes pabellones llenos de camas, de toses y de quejas, con un fuerte olor a Salfuman, lejía y otros desinfectantes me parecían un infierno comparados con las limpias y primorosas habitaciones que ofrecían las privadas. Lo único que tenían en común era que ambos eran atendidos por monjas. Las de Barañáin las recuerdo con unas enormes tocas que casi no les dejaban pasar por las puertas.

Hoy en día el hospital es ejemplo de buena medicina, de alta tecnología, está en el grupo de cabeza de los hospitales públicos del estado, con nuevos edificios técnicos y residenciales, muy confortables y cómodos, que hacen más llevaderas unas vacaciones forzosas que casi siempre son harto desagradables.

Es un buen centro médico, pero se come muy mal.

La semana que viene espero hablar de sitios más lúdicos.

Hasta entonces.

Besos pa tos.

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